Ramón Cid y la poesía atlética

El donostiarra deja el cargo de seleccionador español tras seis años muy intensos

Ramón Cid
Ramón Cid, en el Miniestadio de Anoeta. / DV
Karel López
KAREL LÓPEZ

Del mismo modo que el poeta ama las palabras, Ramón Cid quiere al atletismo. Lo suyo es amor por este deporte tan variado y universal, como él no se cansa de repetir. «¿En qué otro deporte ves a países de menos de 100.000 habitantes ganar más medallas que otros de más de 50 millones?», ha solido decirme en más de una ocasión para valorar la dificultad de lograr medallas olímpicas o mundiales. Realmente, no hay mejor manera de expresarlo.

El donostiarra amó primero el triple salto. Fue durante su época como brillante saltador. Sinceramente, envidio a quienes tuvieron la fortuna de ver sus saltos en el pasillo, volando sobre el foso hasta aterrizar. He visto alguno de sus saltos grabados y su calidad, unida a su fortaleza física, eran envidiables. Un talento natural que se dejó la piel (y las zapatillas, esas de piel de canguro de las que tantas veces me ha hablado) hasta alcanzar dos Juegos, el récord de España...

Después amó los saltos. Fue responsable de la RFEA durante más de dos décadas hasta que Odriozola decidió que era el momento de delegar en el amaratarra la dirección técnica. Cid ha cumplido durante seis años. Su trabajo será recordado. Ha devuelto el buen ambiente a la selección, ha tratado a los medios de comunicación a las mil maravillas y ha sabido entonar el 'mea culpa' cuando la ocasión lo requería.

Ramón Cid ha llorado en la pista, ha sufrido... Pero sobre todo ha disfrutado. Ahora, lejos de un cargo que quema tanto, ganará calidad de vida. Su salud lo va a agradecer. Aunque el atletismo, como le ocurre al poeta que nunca se jubila y sigue escribiendo, continuará formando parte de su vida. A Anoeta va a seguir yendo en su vieja bici. Al maestro le queda mucho por enseñar.

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