Tierra de mil danzas

Ricardo Aldarondo
RICARDO ALDARONDO

No es necesario sentir la llamada de la danza ni tener un interés especial en los bailes tradicionales para dejarse atrapar poco a poco en el espectáculo visual, musical y emocional que Telmo Esnal, con intensa colaboración de Koldobika Jauregi y Juan Antonio Urbeltz, ha elaborado.

No es un catálogo pormenorizado de las danzas populares vascas, ni un muestrario de cómo se bailan. Se nota la devoción por las tradiciones que llegan hasta hoy sin saber muy bien cómo, pero se presentan con un espíritu contemporáneo que tampoco es disfraz moderno. 'Dan-tza' nace literalmente de la tierra. Y del ritmo, tan rico en la música vasca (la escena del hierro evoca los 'breakbeats' de la música electrónica). La azada de un hombre sobre el árido campo, la monotonía del trabajo que crea un ritmo al que se suman otros y un contrapunto que se multiplica. El milagro de la creación en sentido vital y artístico.

Esos inicios más tribales ya van desplegando un gusto por la coreografía, no solo de los bailarines, también de la propia construcción de las imágenes. Con un trabajo fastuoso en el imaginativo vestuario, en la fotografía y la luz, en los arreglos de la música de gran riqueza orquestal, 'Dantza' llega a un cénit con la larga y preciosa secuencia de las mujeres en corro y en coro, con una 'suite' de canciones que se acerca a ese punto conmovedor de Terence Davies, aunque también tenga el gusto geométrico de Busby Berkeley.

La escena del fruto recolectado podría titularse 'Siete manzanas para siete hermanos', tal es su jovialidad y su aire de western. En la fiesta callejera la cámara baila en majestuoso travelling, significativo de un filme que trasciende el reflejo de lo popular y se convierte en expresión propia, enraizada pero libre.