Cuántos zombis siguen vagando

Mikel G. Gurpegui
MIKEL G. GURPEGUI

Llegaban con expectación a Zabaltegi-Tabakalera dos franceses, Anthony Marciano y Bertrand Bonello. Hubo espectadores que abrazaron sus caminos hacia la orginalidad. No es nuestro caso. No teníamos día.

Estudiantes blancas por aquí, zombis negros por allá

«No sé sabe cuántos zombis siguen vagando hoy por Haití», puede leerse en el último de los rotulitos que cierra 'Zombi Child', de Bertrand Bonello. No se sabe qué les ha dado últimamente a los cineastas, o a los seleccionadores de Zabaltegi, con los muertos vivientes. Este año hemos tenido zombis en 'Atlantic', 'Repertoire des villes disparues' y esta (y en plan más poético de invocación de fantasmas hasta podríamos añadir 'Les enfants d'Isadora' y 'Ficción privada').

'Zombi Child' ofrece al final de su azaroso metraje casi un cursillo acelerado de zombis y cultura vudú en Haití. Si es que nunca saldrás del cine sin haber aprendido algo...

«¿Tu padre tiene la legión de honor?». «No, mi madre»

Claro que hasta llegar al cursillo acelerado hay que tener mucha paciencia, que Bertrand Bonello va alternando dos escenarios e historias distintas, que para colmo no avanzan mucho ni tienen demasiado chispa, y que solo convergen un tanto en la parte final. Por un lado, un colegio católico y elitista francés (para ingresar en el internado tus padres o abuelos han de haber recibido la Legión de Honor o la Orden del Mérito).

Bonello ya mostró su interés por los adolescentes nihilistas en 'Nocturama' (Sección Oficial 2016), aquella de los chicos que atentaban en París. Ahora nos mete con un grupo de chicas con uniforme pegadas al móvil. Que si una está enamorada, que si la alumna procedente de Haití es rara, que si les aburren las clases, que si se reúnen a las noches con velas y alcohol, que si tienen cierta crisis de identidad (y quién no).

'Zombi Child' va alternando las escenas en el blanco internado con la parte rodada en Haití y situada en tiempos pasados, con un hombre negro que aparentemente muere, al que luego sacan de la tumba y esclavizan para trabajar en los campos, de los que luego escapa y va vagando por ahí, mientras te preguntas qué tiene que ver con las chicas francesas y si es un zombi o no. Las explicaciones vendrán en la famosa parte final, un poco tarde, junto a una sesión de vudú algo ridícula. En fin, un pastiche al parecer muy sorprendente pero en el que este espectador se sintió como un zombi.

Al niño le han regalado una videocámara

Antes se habían escuchado risas en Tabakalera. Risitas gamberras dentro de la película 'Play', del galo Anthony Marciano, y también algunas carcajadas entre las butacas. En su tercer largometraje, Marciano nos cuenta la vida de un chico y su cuadrilla de amigos durante dos décadas y media a través de grabaciones hechas por el protagonista con una videocámara. O sea, mucha imagen movida y algunas bromas visuales.

Marciano no se esmera en ocultar que el supuesto material casero es falso: los cambios de actores por la edad se hacen malamente y en el elenco hay al menos dos estrellas conocidas del cine francés. La chica, Alice Isaaz, protagonizó 'La biblioteca de los libros rechazados' y a la madre, Noémie Lvovsky, la acabamos de ver en 'La casa de verano' (y, casualidad, actuó en 'Casa de tolerancia' de Bonello).

Descubierto el artificio, 'Play' reduce pronto su originalidad a cómo juega con el lenguaje del video doméstico (y, al final, de las cámaras de smartphones) y su interés a cómo marca el paso de 25 años usando una buena y significativa lista de canciones. Porque en cuando al contenido de la película, Anthony Marciano no quiere salirse de la superficial simpatía juvenil. O sea, que lo que vemos son gamberraditas estúpidas, intentos de entrada a discotecas, juergas alcohólicas y vomitonas entre risas. Y cuando piensas que no puede ir peor, se escora hacia la comedia romántica...