Este es el testamento de Sarriegui

El músico dejó a su muerte, en 1913, una fortuna de 77.650 pesetas. Luis Lasa, su heredero, guarda en una carpeta el testamento manuscrito del compositor

Luis Lasa muestra el testamento de Sarriegui conservado por su familia durante generaciones./USOZ
Luis Lasa muestra el testamento de Sarriegui conservado por su familia durante generaciones. / USOZ
Mitxel Ezquiaga
MITXEL EZQUIAGA

Son cuatro folios que Luis Lasa extrae de la carpeta con sumo cuidado. Fueron escritos en 1910 y contienen el testamento personal de Raimundo Sarriegui, el compositor de la Marcha de San Sebastián. Son las detalladas instrucciones que dejó para repartir su fortuna, 77.500 pesetas de la época. Buena parte de ese dinero fue para su familia (no tenía hijos) pero también hay amplias partidas para fines sociales en instituciones religiosas y de beneficiencia de la época.

Luis Lasa es sobrino-bisnieto del compositor y piensa que quizás ha llegado el momento de que ese documento deje de estar en una carpeta de su casa y pase a otras manos. «Ignoro el valor que este documento pueda tener, pero creo que tiene interés más allá del ámbito familiar: es el testamento de un personaje clave en la historia de Donostia, y también refleja una época de la ciudad. A mí me llegó de manos de mi madre, porque lo hemos ido guardando y transmitiendo así sucesivas generaciones de la familia, pero quizás un museo, un archivo o incluso un particular interesado por el tema quieran hacerse con este documento que nosotros hemos mantenido con mimo».

Sarriegui donó su dinero a su familia y a numerosas instituciones sociales

«Mi tío-bisabuelo hizo música festiva pero era muy serio», asegura Luis Lasa

«El documento con el testamento puede interesar a algún museo o institución»

«Como heredero aún he cobrado este año 9 euros de la Sociedad de Autores»

El peso de la herencia

Es una historia curiosa, como tantas otras de las que rodean la personalidad y la obra de Raimundo Sarriegui (1838-1913), el músico que puso la banda sonora a la fiesta de San Sebastián y a otras tantas celebraciones del calendario guipuzcoano. Hoy recordamos a Sarriegui como compositor, pero él se ganaba la vida como corredor de Comercio y atesoró lo que parece ser una respetable fortuna para la época. Legó a la cultura popular de Donostia su música, y a la familia y otras instituciones sociales su dinero.

Lo cuenta Luis Lasa en su casa del barrio del Antiguo con una mezcla de emoción y humor. Lasa tiene 80 años, su trabajo le llevó por numerosos países del mundo y enseña con orgullo la foto de cuando ganó con el club Aldapeta de San Sebastián, hace sesenta años, un campeonato de España de baloncesto. Pero muestra aún más satisfecho algunas de las piezas de Sarriegui que recuerdan sus raíces. Como una placa que todas las sociedades donostiarras le dedicaron al compositor en 1914, en la primera fiesta de San Sebastián celebrada tras su muerte, o la foto que reproduce el único retrato del compositor del que queda constancia, y que cuelga de una de las paredes del heredero.

«Raimundo Sarregui falleció en 1913, y como no tenía hijos nombró heredera a su hermana, Aurea Sarriegui, y a su sobrino, Nazario Lasa, que trabajaba en la Caja de Ahorros y le había ayudado con las cuentas. Nazario era mi abuelo», recuerda Luis Lasa. El 'peso' de la herencia familiar fue pasando de generación en generación, incluidos los derechos de autor. «Cada año nos llegaba la liquidación de la SGAE, aunque muchas de las obras ya no generan derechos, por el paso del tiempo», apunta Lasa. «De todos modos, este mismo año aún me ha llegado una pequeña liquidación por derechos de autor, de 9 euros, más simbólica que otra cosa», añade mientras enseña el recibo del banco con el ingreso.

El padre de Luis Lasa (sobrino-nieto del músico) nació en 1908, así que solo tenía cinco años cuando murió Raimundo. «Le conoció, pero supongo que apenas tenía recuerdos claros de sus vivencias con él», explica el actual heredero. En la familia también se han ido trasladando de unos a otros los recuerdos de cómo era la personalidad del músico. «Todos los que le trataron coinciden en que era un hombre muy serio, pese al carácter festivo de su música, y también muy religioso, como prueba el hecho de que legara también importantes cantidades a diferentes estamentos relacionados con la Iglesia».

Muerte en la farmacia

También se repite entre los sucesores de Sarriegui el profundo carácter «koxkero» de Raimundo. «Era de los que no salía jamás de la Parte Vieja, dedicado a su trabajo como corredor de Comercio. Tocaba la guitarra y disfrutaba componiendo sus músicas, que ya tuvieron amplia popularidad mientras él vivía, aunque él ignoraba en lo que se acabarían convirtiendo hoy, tan repetidas en nuestras fiestas».

Sarriegui era también «un gran conversador», fijo de la tertulia en la farmacia de Telleria, en la calle Narrica, donde acabaría muriendo el día 23 de abril en una jornada que ha podido ser reconstruida por los historiadores, y que llegó incluso al Pleno municipal que se celebraba ese mismo día, con la conmoción de todos y el traslado del alcalde Marino Tabuyo al local donde había muerto el creador musical. «Cuando a la mañana siguiente se difundió la triste nueva gran número de donostiarras se apresuraron a depositar sus firmas en la casa mortuoria. Las sociedades populares colgaron sus banderas a media asta. El funeral tuvo lugar a las once de la mañana del día 25 de abril en la parroquia de Santa María con una solemnidad inusitada», escribe José Luis Ansorena en su biografía del músico.

El reparto del legado

Pero hablemos del testamento, firmado el 25 de mayo de 1910. «Raimundo Sarriegui y Echeverria, Corredor de Comercio de esta plaza, viudo, de mayor edad, natural y vecino de esta Ciudad de San Sebastián, hijo legítimo de los ya finados Dn. Francisco Sarriegui y Dña. Josefa Antonia Echeverria, con Cédula personal...y hallándome en el pleno uso de mis facultades intelectuales, otorgo este mi Testamento libre y espontáneamente y quiero y ordeno que se cumpla fielmente mi voluntad en todas sus partes».

El documento sigue: «Declaro que profeso la Religión Católica Apostólica Romana y que carezco de herederos forzosos, por lo que dispongo libremente que mis bienes se distribuyan en la forma que a continuación se espresan». A partir de ahí lega los bienes a sus descendientes, impone a su sobrina Norberta Goñi «mande celebrar mientras viva una misa rezada mensual en sufragio de mi alma y la de mi finada esposa Dña. Ramona Goñi, padres y hermanos». «A mi sirvienta Dña. María Ormazabal y Garmendia (dono) una cama completa y un armario y en efectivo pts. 2.500, siempre y cuando estuviera a mi servicio el día de mi fallecimiento».

Para los conventos

Sarriegui estableció así el reparto del dinero: «A la Santa Casa de Beneficencia de esta Ciudad, para invertir en la compra de instrumentos para la Banda Infantil de la misma, 2.500 pesetas. Al Asilo Matía de esta Ciudad, 2.500 pesetas. Al Asilo-Escuela de niños de San José, 2.500 pesetas. Al Asilo de Ancianos de las Hermanitas de los Pobres, 1.500. A los cuatro siguientes Conventos de Monjas, con encargo de que oren para sufragio de mi alma y la de mi esposa Ramona, padres, hermanos y tíos: a las Religiosas Dominicas, llamadas de Uba, situado en Ategorrieta de esta Ciudad, 1.000 pesetas; a las Religiosas Concepcionistas del barrio de Loyola, 1.000; a las Religiosas Agustinas, del Convento de Hernani, 1.000; y a las Oblatas de esta Ciudad, 1.000».

Raimundo Sarriegui sobrevivió a la redacción de este testamento dos años y once meses. Su muerte fue un suceso ciudadano y San Sebastián sigue honrando su memoria con la plaza que lleva el nombre del músico, presidida durante tiempo por un busto «que se corresponde con la única foto que existe de Raimundo», como denunció Lasa.

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