Amy Winehouse, siete años de una muerte televisada

La cantante británica Amy Winehouse en una imagen incluida en una exposición sobre la historia del Rock and Roll que acoge el Museo de Brooklyn

Amy Winehouse falleció el 23 de julio de 2011 completamente sola en lo que fue una tragedia anunciada y casi televisada

INÉS RODRÍGUEZ

Amy Winehouse fue una estrella tan autodestructiva como brillante. Fue responsable de popularizar y revivir el soul durante la década pasada y también de acercarlo a las masas, en una época en la que el folk y la electrónica inundaban las pistas de baile. Este lunes 23 de julio se cumplen siete años de su muerte y aún hay muchos fans que se resisten a dejar que su recuerdo se borre.

La cantante Amy Winehouse es una de esas figuras que permanecen, que se convierten en una institución y no se dejan vencer por el fantasma de las desavenencias irrevocables de la vida, de las drogas, de las críticas o, incluso, de la muerte. La fórmula alquímica que ha garantizado la perpetuidad de su nombre se compone de tres elementos principales: la presencia mediática, el talento y un exceso de alcohol en sangre con final inigualablemente dramático.

No esperaba ser famosa, tampoco lo deseaba. Sí soñaba con vivir en los escenarios, pero en los de las pequeñas salas de jazz. «Nunca pensé en ser cantante. Tampoco creo que vaya a ser muy conocida, no sabría qué hacer. Acabaría volviéndome loca». Detrás del maquillaje, de los tatuajes pin-up y de su turbulenta relación con las drogas y el alcohol, Amy Winehouse (Londres, 1983) era una chica «encantadora y muy dulce». «No iba de sobrada. Era única, auténtica y atrevida», describe el rapero Mos Def. «Solo buscaba que la quisieran», afirma Nick Shymansky, amigo de la adolescencia y su primer mánager. Los suyos son dos de tantos testimonios que componen el documental 'Amy: la chica detrás del nombre'. Un retrato tierno de la diva de Camden antes de la autodestrucción fruto del desamor y de la incapacidad de lidiar con un éxito que le quedó grande. «Era una auténtica cantante de jazz, y a un cantante de jazz no le gusta tener 50.000 personas delante», reflexiona Tony Bennett, ídolo de la fallecida.

Amy Winehouse tenía las cualidades necesarias para convertirse en carne de cañón para la prensa: era talentosa, sensible y autodestructiva. También tenía el dinero necesario para conseguir aquello que la ayudaba a superar sus dificultades emocionales: cocaína, crack, ketamina y vodka. Fue su propia suegra quien aireó que en algunas temporadas llegó a gastarse más de 700 euros diarios en estupefacientes.

Aquel verano de 2011 no empezó bien para una Amy Winehouse que venía de 'dar el cante' a nivel internacional con un lamentable concierto en Belgrado en el que apareció totalmente ebria e incapaz de mantenerse casi en pie. Aquella gira iba a pasar por el Bilbao BBK Live Festival, pero no llegaría a Euskadi.

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«Cuanto más insegura me siento, más grande es el moño y más llena está la copa de vodka», reconocía en uno de los clips proyectados en el documental sobre su vida. Un par de noches antes de que su guardaespaldas encontrase su cuerpo sin vida tendido en la cama, este la había sorprendido de madrugada viendo sus propios vídeos en Youtube, como si pretendiera derribar su inseguridad con la obviedad captada por las cámaras: «Chico, sé cantar», le espetó. El 23 de julio de aquel 2011 apareció sin vida en su apartamento de Londres.

Para la eternidad deja obras de arte como el célebre tema que le lanzó a la fama:

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