Así se construye la 'dolorosa maravilla' de un triste Mahler

Treviño dirige a los músicos ayer en el Kursaal. Al terminar 'congeló' la escena unos segundos para preservar la emoción. / FOTOS: USOZ
Treviño dirige a los músicos ayer en el Kursaal. Al terminar 'congeló' la escena unos segundos para preservar la emoción. / FOTOS: USOZ

DV vive «desde dentro» en el Kursaal el concierto de la OSE con Robert Treviño. «Dirigir esta obra es como compartir con el público la pérdida de un ser querido», asegura

Mitxel Ezquiaga
MITXEL EZQUIAGA

Minutos después de las siete de la tarde de ayer un hombre joven, vestido con vaqueros, entra por la 'puerta de artistas' del Kursaal y sonríe el vigilante. Va acompañado de su esposa y lleva en la mano la funda de un traje, como si fuese un turista. Pero el viaje que se dispone a vivir es a las profundidades del alma humana.

Este hombre es el director norteamericano Robert Treviño, la tripulación que llevará su nave es la Orquesta Sinfónica de Euskadi, los pasajeros son los más de 1.700 espectadores que llenan el Kursaal y la compañía bien podría llamarse 'Mahler Airlines'. La novena sinfonía del compositor, considerada por muchos «una dolorosa maravilla», marca la ruta de viaje.

Acompañamos a Treviño a su camerino en los sótanos del Kursaal. El maestro, considerado ahora en los circuitos internacionales como uno de los mejores expertos en Mahler, se enfunda en su uniforme negro. Cuando actúa en otras ciudades (viene de dirigir en Sao Paolo, en Brasil, uno de sus lugares favoritos) llega con tiempo al camerino y exagera los rituales. «En Donostia vivo ante el Kursaal y apuro el tiempo porque no tengo más que cruzar la calle. Hemos ensayado por la mañana y ya hemos ajustado los detalles. Para mí los días de concierto necesitan relax: apenas miro el correo, descanso, pienso en la partitura», dice ante su esposa, la pianista Julia Sicciliano.

Y habla de la obra. «A mí me gusta compartir emociones: las alegres y las no tan felices. Esta pieza de Mahler es maravillosa y triste: cuando la dirijo es como vivir con el público la muerte de un ser querido». Mahler compuso esta 'novena' dos años antes de morir y el tono crepuscular domina cada escena.

Los músicos afinan en el backstage del auditorio. / USOZ

Un móvil, una batuta en alto

Mientras, el largo centenar de músicos de la OSE se mueve entre los camerinos y el backstage del escenario. Afinan instrumentos, bromean, comentan compases complicados. El público ya ha tomado sus asientos y a las 20.05 Treviño entra en escena y comienza el viaje.

Pero eso ya lo cuenta aquí al lado María José Cano. Casi al final, cuando el 'piano' más triste atenaza las emociones, suena un móvil. Treviño detiene unos segundos el concierto. Tras la última nota mantiene la batuta en alto unos instantes que parecen eternos: quiere congelar la emoción. Luego estallan los aplausos y bravos. El director abraza a la concertina, Birgit Kolar, y a los solistas, luego se mete entre los músicos y va pidiendo ovaciones para todos. Vuelve al camerino como si llegara de un maratón. «No sé cuánto peso pierdo en cada concierto, pero sí que puedo correr el cinturón dos agujeros más. Bueno, en San Sebastián solo uno, porque aquí recupero fuerzas muy pronto comiendo tan bien», bromea.

El milagro se repite hoy en Pamplona, mañana en Bilbao, el jueves en Vitoria y en el Kursaal nuevamente el viernes. Son 75 minutos, según los cánones, que ayer de la mano de Treviño casi llegaron a 85. El viaje fue lento e intenso.