Brillante reencuentro con Gergiev en París

El Donostiarra y el coro y la Filarmónica de Múnich en el impresionante escenario de la Philharmonie en el concierto de ayer. / DV
El Donostiarra y el coro y la Filarmónica de Múnich en el impresionante escenario de la Philharmonie en el concierto de ayer. / DV

El público premia con más de 15 minutos de aplausos al Orfeón y la Filarmónica de Múnich | El excéntrico director ruso consigue en la Philharmonie una 'Octava' de Mahler llena de matices con el Donostiarra y el coro y orquesta alemanes

ANE URRUTIKOETXEA

. Se repetió ayer en París la escena del 13 de octubre en Múnich. El Orfeón Donostiarra se reunió una vez más con el coro y orquesta de la Filarmónica de aquella ciudad alemana, orquesta que acaba de cumplir 125 años, y el coro infantil de Augsburgo. Y una vez más, con el inmenso reto de ser dirigidos por uno de los más prestigiosos y singulares directores del mundo, el ruso Valery Gergiev.

Esta vez el cuadro de solistas estuvo compuesto por las sopranos Simone Schneider Jacquelyn Wagner y Regula Mühlemann, las altos Claudia Mahnke y Katharina Magiera, más el tenor Frédéric Antoun, el barítono Michael Nagy y el bajo Evgeny Nikitin. El repertorio fue también el mismo: la '8ª Sinfonía' de Gustav Mahler, también apodada la sinfonía de los mil, una de las sinfonías más titánicas y complejas que existen. Pero en esta ocasión había una importante diferencia: el cambio de escenario. Quedaba atrás el Gasteig Kulturzentrum para disfrutar de la maravillosa acústica de la Philharmonie de París.

Una acústica excelente

La excelencia acústica que caracteriza la Philharmonie supuso todo un cambio entre la versión interpretada en Múnich en octubre y este fin de semana en Paris. Gergiev, que en el anterior encuentro, sabedor de que la acústica de la sala alemana no haría brillar su esfuerzo, apenas dedicó tiempo a buscar matices, pero en esta ocasión se esmeró. Y es que la Philharmonie goza orgullosa del título de ser una de las salas con mejor acústica del mundo.

Su aspecto es igualmente impactante; modernista y huyendo de toda estructura lineal, la sala de conciertos se diferencia de los modelos estrictamente frontales en forma de «caja de zapatos» y favorece una envoltura de la escena por el público, aumentando la sensación de intimidad entre el artista y los espectadores. No en vano, en los extremos del escenario parecía que público y cantores se fusionaban, para el deleite y asombro de quienes tenían su butaca prácticamente al lado de algunos coralistas.

Con esta estructura envolvente, la distancia entre el director y el oyente más lejano es de sólo 32 metros, según especifica la página web de la propia Philharmonie. Además, siempre en la búsqueda para asegurar un buen rendimiento acústico, el volumen total del espacio no excede de 30.000 metros cúbicos. Esto se resume en que la sala es perfecta para explotar los sonidos más pianos, una de las grandes especialidades del Orfeón Donostiarra.

Fue esta la gran obsesión de Gergiev; la búsqueda de los sonidos más pianos en una de las obras más espectaculares y sonoras que existen. Tan sólo observando la puesta en escena de tres coros, más de 200 músicos y todos rodeados por un enorme órgano, impresiona. Pero el ruido no es nada sin el silencio, y esta vez sí, Gergiev se quitó la máscara de genio taciturno y con sorprendente buen humor, paciencia y perseverancia, fue capaz de sacar todo el abanico de colores, contrastes y matices que esta singular obra esconde. Además, al ser el concierto retransmitido en directo por Mezzo TV y por Radio France Musique, el director pidió sonrisas y caras alegres, en especial a los niños cantores de Augsburgo.

«Bravo, coro»

El resultado fue una octava totalmente distinta a la interpretada en la capital bávara; con un Gergiev prácticamente irreconocible sobre la escena, salvo por sus siempre extraños y enérgicos movimientos de muñeca y su característica batuta no más grande que un mondadientes, el director ruso obsequió a ambos coros con palabras de admiración y pidió en más de una ocasión menos volumen a la orquesta, para que el abarrotado auditorio no perdiera ni un sólo detalle. «Bravo coro, ése es exactamente el sonido que busco» o «Orquesta, no dejéis nunca de escuchar al coro» fueron algunos de los comentarios con los que el director recompensó la labor de los cantores.

Así, el público parisino pudo disfrutar de una versión de la octava muy viva y a la vez brillante, algo más sosegada en ocasiones que la interpretada en tierras alemanas; eso sí, Gergiev dejó muy claro que aquella seguía siendo su visión particular de la obra de Mahler, dejando siempre una rendija abierta al caos, para que la maraña salvaje de sonidos entremezclados que define a esta gigante sinfonía se hiciera notar en la sala.

El público ovacionó en especial a los coros y la orquesta, aplaudiendo sin cesar durante no menos de un cuarto de hora, y llevando en perfecto unísono los aplausos, algo típico en escenarios franceses. Con este estreno tan brillante, el Orfeón se prepara para el siguiente reto en la capital francesa; los días 20 y 21, a las órdenes de Pablo Heras-Casado, abordará el 'Réquiem' de Berlioz junto a la Orquesta de París y su coro, más la Orquesta del Conservatorio de París. Las entradas para los conciertos están agotadas desde hace varias semanas.