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UN MONSTRUO VIENE A VERME, MADRE

Alberto Moyano
ALBERTO MOYANO

Era obvio que algo iba mal en la cabeza de Michael Jackson, así que el documental 'Leaving Neverland' tan sólo reitera un relato sobre el que podemos pronunciarnos con la tranquilidad que da sabernos irrelevantes. Desde que Jackson se vio envuelto en dos juicios por abusos a menores y admitió que le encantaba dormir con niños -una práctica de la que, al menos en las culturas occidentales, se huye hasta en el refranero-, la posibilidad de que fuera un depredador sexual estaba ahí. Más estupefaciente es la distancia entre sus declaraciones y sus actos: mientras sostenía que los niños eran seres inocentes y puros en cuyos rostros contemplaba la cara de dios, el hombre se dedicaba a 'seducirlos' mediante los mecanismos inherentes a cualquier futbolista multimillonario, esto es, prestigio social, acceso a la zona VIP de la vida, el deslumbrante fulgor del photocall y, por supuesto, cantidades ingentes de regalos, bien en efectivo, bien en viajes, bien en fetichismo. Michael Jackson trataba a sus 'niños' como a 'escorts'. Y la cosecha de la siembra son toneladas de narcisismo infantil, una dolencia propia de cualquier edad: «Me sentía honrado de que entre todos los niños del mundo me hubiera elegido a mí», declaran las dos presuntas víctimas de Jackson en el documental. Un carácter exclusivo que se perdía a medida que el niño se convertía en adolescente y un nuevo querubín ocupaba su lugar. Lo opuesto a la inocencia considerada como una forma de afecto ajeno a materiales. Por 'Leaving Neverland' desfilan un presunto monstruo y por otro, un puñado de 'gente normal', subcategoría bajo la que se suelen agrupar los ejemplares más extraños. En este caso, desde abogados que no están para tonterías como la verdad hasta fans para los que la realidad es sólo otra opinión y no necesariamente respetable. Entre unos y otros, secretarias, asistentes y un personal de servicio que pululaba entre una red de campanillas de alerta en las inmediaciones del dormitorio del cantante. Según la leyenda, un vampiro sólo puede entrar en una casa previa invitación de su morador. En el documental, las madres se encargan de este trámite. Ante semejantes paisaje y paisanaje, la cinta ha de contemplarse antes que nada como lo que en realidad es: un documental de caza.