Víctor del Árbol halla la luz en las tinieblas del alma humana

Víctor del Árbol, posando tras la entrevista en un hotel de Madrid./Virginia Carrasco
Víctor del Árbol, posando tras la entrevista en un hotel de Madrid. / Virginia Carrasco

«El mal absoluto existe y lo alimenta nuestra indiferencia», constata el escritor, que novela tragedia de los niños soldados | «Nuestro bienestar está teñido de sangre, de ignorancia y del dolor de millones de seres humanos», denuncia

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

«Es mi mejor novela. Tenía que llegar a mi mayor grado de madurez para poder escribirla». Así avala Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) 'Antes de los años terribles' (Destino), un estremecedor relato sobre infancias robadas, sobre la insoportable tragedia los niños soldados en África, «que podría darse en el Salvador, México o Nicaragua». Una historia sobrecogedora en la que, a pesar de todo, caben el optimismo y la esperanza. Una novela que busca la luz en lo más tenebroso del alma humana a través de una emotiva recreación de 'El corazón de las tinieblas' de Joseph Conrad.

«El mal absoluto existe y crece parapetado tras el muro de nuestra indiferencia», asegura el escritor, que mete su bisturí literario en África. «No queremos saber de dónde sale el coltán de nuestros móviles y tabletas. No percibimos el dolor y la sangre que se derrama para obtener esos metales, los diamantes, el marfil y otros bienes, pero debemos saber qué hay detrás de nuestro bienestar», propone. Un bienestar «que está teñido de sangre, de ignorancia, y del dolor de millones de seres humanos», dice. «Vemos al mantero, pero no queremos saber nada de su historia», denuncia. «Nadie se va de casa por gusto abandonando a los suyos para embarcase en una patera tras miles de kilómetros a pie por junglas y desiertos en un viaje que se paga en muchos casos con la vida», apunta.

«Es muy fácil convertir a los críos en asesinos fanáticos que matan sin concienca ni culpa»

«Que te roben la infancia, que te arrebaten la inocencia, el alma y el futuro es lo peor que le puede ocurrir a un ser humano», sostiene el escritor. Y es lo que les ocurrió a miles de niños y niñas, entre 30.000 y 60.000 según las fuentes, secuestrados, mutilados torturados, violados y sometidos por la milicia de Joseph Kony, un señor de la guerra que sembró el terror hace dos décadas en Uganda y que aún hoy sigue libre. Entre sus víctimas estuvo Isaías Yowery, uno de esos niños forzados a asesinar que logrará rehacer su vida en Barcelona donde su vecino le conocen como 'el negro de las bicicletas' y que se enfrenta en la novela a su terrible pasado como cazador de negros albinos, víctimas de las peores supersticiones.

Nacido en 1961 creador en 1987 del aterrador Ejército de Resistencia del Señor (LRA, Lord's Resistance Army), desde 2006 Kony está desaparecido. Los 'SEALs', los mismos marines de élite norteamericanos que cazaron a Osama Bin Laden, intentaron atraparlo sin éxito. «Ha creado una estirpe de mercenarios. Se calcula que Kony tiene más de 80 hijos y que él y sus lugartenientes siguen secuestrando, matando y robando el futuro a miles de criaturas inocentes en Uganda, Tanzania, Congo y Sudán», explica el autor.

«Convierten a los críos en drogadictos, manipulan sus emociones y hacen de ellos asesinos fanáticos, sumisos y eficacísimos; un niño absorbe como una esponja; no cuestiona nada. Les empoderan con un AK-47 y matan sin conciencia ni culpa», explica Del Árbol. «Si tu padre, Kony, te ordena que mates, matarás sin rechistar», dice.

¿Olvidar y perdonar?

Algunos de estos críos logran huir del horror, cambiar su destino y rehacer su vida, como Isaías, que se plantea si es posible olvidar y si se puede perdonar. «Es la gran pregunta de la novela», admite su autor. «Pero para hacer un ejercicio sincero de reconciliación has de situar cara a cara a víctimas y verdugos, y eso es muy duro. Para que le perdones, tu verdugo debe pedírtelo, y si no asume su culpa, el perdón es imposible», dice del Árbol destacando como «la identificación con el verdugo es terrible, y más cuando tu captor, tu verdugo, acaba siendo tu padre».

«Es la gran historia de mi vida», insiste el escritor. «No sabía cómo contarla, busqué el referente de un viaje a lo más oscuro del alma y encontré 'El corazón de las tinieblas', explica. «Hice lo mismo que Coppola en el cine, para viajar hacia lo más hondo de la oscuridad y la desolación, que por paradójico que parezca, es donde emerge la verdad del ser humano y la lucidez», plantea este antiguo mosso d'Esquadra y autor de novelas como 'La tristeza del Samurái', 'Un millón de gotas' o 'La víspera de casi todo', ganadora del Nadal en 2106.

«Nuestra capacidad de amor supera al odio y vence a monstruos como Joseph Kony»

«Mi obra es un descenso a la caverna del Minotauro. Ahí, en el fondo más siniestro y oscuro, está la esencia del ser humano, su verdad. Se trata, luego, de cómo escapar indemne de esas tinieblas e ir a la luz», sostiene. Y es que describir lo más terrible de la condición humana demuestra a Del Árbol que la maldad es derrotable. «El ser humano está hecho para vivir; es fascinante y maravilloso que supere cosas tan terribles. Tenemos una capacidad de amor y de recuperación muy superior a la del odio y que ni siquiera monstruos como Kony pueden destruir. Es la victoria de Isaías Yoweri sobre Kony», asegura.

No en vano, lo que más sorprende a Del Árbol es «no haber encontrado rabia ni odio tras situaciones tan espeluznantes». «Me asombra el optimismo que África derrocha en medio de tanta tragedia. De ahí mi convicción de que estamos hechos para la vida, para superar lo peor. Son víctimas pero no se victimizan y se aferran a esa capacidad de superar lo peor aunque les amputen un brazo, les corten una mano, los labios o las orejas», enumera.

«Una historia como ésta no la puedes contar desde la rabia. Es profundamente humana y narra una situación terrible, pero al tiempo es optimista. No te puedes quedar atrapado en la ponzoña; no saldrías de ahí», insiste Del Árbol que ha necesitado siete años para concluir la novela. «Había que contarla desde la compasión, no desde la rabia», dice el autor que ha salido «totalmente transformado». «No veo el problema la inmigración y las pateras como antes», confiesa. «Sé lo que es sentirse solo y desarraigado en un entorno hostil y siento una profunda tristeza. Somos injustos: tenemos miedo cuando lo que lo que deberíamos hacer es comprender», concluye asegurando que el 90% de lo que narra «es verdad» y el 10% restante es «lo necesario para que el relato funcione».

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