Suerte, amor y esperanza en el horror nazi

Suerte, amor y esperanza en el horror nazi

Gustav y Fritz Kleinmann, padre e hijo, sobrevivieron juntos en cinco campos de concentración durante seis años

DANIEL ROLDÁNMadrid

Fritz Kleinmann se propuso realizar una pequeña y triste investigación. Con solo 16 años fue detenido junto a su padre Gustav en octubre de 1939 y trasladado al campo de concentración de Buchenwald. ¿Su delito? Ser judío. Les acompañaron otros 1.033 hombres. Todos ellos también eran culpables del mismo 'delito'. Fritz quería saber cuántos de esos compañeros de viaje habían sobrevivido a la sinrazón nazi después de la Segunda Guerra Mundial. Sólo pudo encontrar a unos 25. Menos del 2,5%. Un índice de supervivencia ínfimo. El sopetón de la realidad le dio de lleno. Anotó sus reflexiones y las dejó guardadas en un cajón.

Pero Fritz y Gustav tenían algo más en común. Sobrevivieron juntos. Padre e hijo. Un caso extraordinario. «Hasta donde yo sé, no hay ninguna historia parecida en el Holocausto», afirma con rotundidad Jeremy Dronfield, historiador británico que conoció a los Kleinmann cuando le pidieron traducir al inglés el diario de Gustav en los campos de concentración. «Aunque es un documento muy importante, es difícil de leer. Es muy corto y esquemático. Un historiador del Holocausto no lo podría entender sin acudir a libros de referencia», explica el autor inglés. Y eso es lo que hizo Dronfield.

Durante tres años investigó a la familia Kleinmann para dar contexto a la historia, que debía atravesar los muros académicos para convertirse en una novela con base realista. Así nació 'El chico que siguió a su padre hasta Auschwitz' (Planeta), que ha contado con la participación de Kurt, el único miembro de la familia que permanece vivo -Gustav falleció en 1976 y Fritz en 2009-.

Los Kleinmann formaban una familia más en la Viena de los años treinta. Gustav se ganaba la vida como tapicero. Había luchado en la Primera Guerra Mundial, donde fue condecorado dos veces. Se había casado con Tini y tenían cuatro hijos: Edith, Herta, Fritz y Kurt. Todo cambió en 1938. Llegó la 'Anschluss' -la anexión nazi de Austria a Alemania-, la persecución a los judíos y el comienzo de las deportaciones. La familia se rompe. La hermana mayor, Edith, emigra en 1939 al Reino Unido; Gustav y Fritz son enviados al primero de sus campos de concentración.

Tini salva a su hijo pequeño: manda a Kurt a Estados Unidos en un barco, donde es acogido por una familia en Massachusetts en 1941. Poco más tarde, en una redada, la madre y Herta son detenidas y llevadas a Bielorrusia. En las afueras de Minsk, son asesinadas por los nazis. Mientras, padre e hijo inician un viaje por el horror. Buchenwald, Mauthausen, Mittelbau-Dora, Bergen-Belsen y Auschwitz. Contra toda lógica, pasaron este calvario juntos. «Su supervivencia se debe a un cúmulo de factores. El amor es uno de ellos. Fue una agarradera, como la esperanza», apunta Dronfield, que también buceó en las memorias de Fritz -publicadas en los noventa- para conseguir más información. «Tuvieron mucha suerte», añade el historiador británico.

En Auschwitz, por ejemplo, Gustav permaneció durante un tiempo en la enfermería durante 1944. Se recuperó y le dieron el alta justo antes de que los médicos de las SS hicieran una selección de los más enfermos para conducirlos a las cámaras de gas. En el mismo lugar de los horrores, fue desclasificado como judío. Era tan buen tapicero que los nazis consideraron que no podía portar la estrella amarilla de David, que tenía que ser un 'error'. Así que lo reclasificaron como preso político para que pudiera seguir trabajando en el taller del campo. A esta suerte se añade que Gustav es un optimista nato, que no se desanima a pesar de los avatares. «Todo el mundo dice que este es un viaje hacia la muerte, pero Fritz y yo no nos desanimamos. Me digo a mí mismo que un hombre solo puede morir una vez», escribe en su pequeña libreta.

Resistencia y silencio

Ambos hicieron todo lo posible por permanecer juntos. Fritz se presenta voluntario para ir a Auschwitz. En la Polonia ocupada fue miembro de la resistencia y trabajó como contrabandista. «Enseñaba a los jóvenes a sobrevivir y evitar ser señalados por la SS», comenta Dronfield. Tácticas para sobrevivir. «La camaradería que aprendí me cambió la vida profundamente. Conocí una forma de solidaridad inimaginable en la vida fuera de los campos de concentración», señaló Fritz.

En seis años, los nazis no se dieron cuenta de que eran padre e hijo. «Había muchas rotaciones de soldados, oficiales y kapos (los judíos que ayudaban a los nazis). Así que era normal que no conocieran a todos los presos y sus relaciones», describe el escritor inglés. Después de la guerra, llegó el silencio. Gustav Kleinmann no quiso contar nada sobre su pasado; a su hijo le costó casi cuatro décadas. Solo cuando conoció al profesor Reinhold Gärtner y le convenció para participar en las excursiones que realizaba a Auschwitz, empezó a contar su vida a los jóvenes austriacos, a mostrales lo que es capaz de hacer la maldad humana. El muro del silencio se había roto para narrar el horror.