Sergio del Molino, cartógrafo en los límites

El escritor Sergio del Molino, autor de 'Lugares fuera de sitio'./
El escritor Sergio del Molino, autor de 'Lugares fuera de sitio'.

«Las tribus están ganando la guerra», lamenta el escritor que tras 'La España vacía' recorre la olvidada y fronteriza

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

De la España vacía a la olvidada. De los páramos a los territorios de frontera. Es el penúltimo recorrido de Sergio del Molino (Madrid, 1979), que en 'Lugares fuera de sitio', el ensayo que le procuró el Premio Espasa 2018, explora esos enclaves limítrofes dejados de la mano de Dios. «No es un libro de viajes», advierte tras su periplo por «las esquinas dobladas del mapa». Lo dice callejeando por la vieja y fortificada Melilla, la frontera africana de Europa y el destino de miles y miles de 'ulises' subsaharianos. En esa Melilla fronteriza y legionaria quiso presentar esta crónica de «enclaves anacrónicos, con vocación de lugares molestos y que estropean la armonía de los mapas».

«Soy un viajero, pero el viaje no es lo importante de este libro, como tampoco lo era en 'La España vacía'. No me interesa dialogar con el género, porque no soy un escritor de viajes», indica Del Molino, que además de Melilla, visitó Ceuta, Andorra, Olivenza, Llívia o Riohonor de Castilla. Fronteras «vivas y fósiles», territorios limítrofres, «extraños, marginales, y algunos insignificantes» que radiografía. Los define como «rescoldos fríos de un país hecho de guerras civiles desde las primeras imaginaciones romanas y que siempre se quiso frontera». Unos enclaves «en los que se resumen y agrandan los dilemas nacionales».

«Desde la periferia se percibe a España como el enemigo», dice lamentando la confrontación que alimentan el populismo, el nacionalismo y el independentismo. «Se traslada la idea machacona de que España es algo agresivo, nocivo, depredador y terrible», denuncia. «Es muy injusto que se perciba así, cuando España es un marco de convivencia, muy mejorable y que se puede discutir, pero que no es violento, ni agresivo ni machacante para sus habitantes», plantea. Aun así, lamenta que en vez de ganar se pierda calidad democrática. «La guerra la están ganando las tribus, aquí, en Europa y en todas partes», asegura este atípico ensayista, cronista y narrador. «La noción ilustrada y liberal de democracia está en franco retroceso. Tenemos la memoria muy frágil y se nos olvida qué pasó cuando las tribus comenzaron a palear hace ochenta años», arguye.

«Sabemos hacer muros muy fuertes», dice Del Molino ante la imponente valla melillense, ese tajo de doce kilómetros de alambre, acero y concertinas que separa el mísero sur del rico 'paraíso' europeo. La valla cerca la Melilla en la que, según Del Molino, «se coció a fuego lento el alzamiento y la Guerra Civil». Se divisa con nitidez desde los centenarios muros del cuartel de Cabrerizas Altas, fortín asediado por los moros en el XIX y hoy chocante guardián del orgullo y la memoria de la Legión.

Mapas y ficciones

Allí rumió Abd el Krim su odio contra España, se custodia en un monolito el ojo que Millán Astray perdió en combate y abundan los retratos y bustos de Franco que alimentó aquí su guerrero ardor africanista y soñó con esa España grande y libre que trató de forjar con su insurrección golpista.

Ha recorrido Del Molino territorios que son «minúsculos errores de la historia» y «restos de imperio fracasados». «Lo que queda de las fronteras en un mundo en el que creemos que no existen, cuando la frontera es un invento muy contemporáneo que perfeccionamos cada vez más», apunta. «Algo en lo que tenemos superioridad con respecto a Trump, a quien los europeos miramos por encima del hombro, cuando está aprendiendo de lo que hacemos en Melilla. Nosotros ensayamos y él lo pone en práctica», ironiza.

«Desde la periferia se percibe a España como el enemigo», asegura tras radiografiar los enclaves

«La frontera es un territorio, no una línea, y lo condiciona todo», dice Del Molino. «Los mapas son ficciones que no dicen la verdad. Son narraciones, construcciones y nociones ideológicas como Norte y Sur», coincide con Robert Kaplan. «El mapa es una visón del mundo, y yo me fijo en esos territorios que no aparecen en él. Si dices España piensas en la península, pero hay un montón de espacios que no existen a todos los niveles, y su condición de extraterritorialidad tiene consecuencias para las personas que viven en esos enclaves», planeta.

Todos son lugares «excluidos de los mapas, que casi no existen, pero con situaciones muy diferentes». «Los problemas de Gibraltar, de Ceuta o de Melilla son de verdad: implican sangre, fuego y muerte en un territorio pobre -dice Del Molino un día después de que otro migrante muriera tras cruzar la valla- mientras que los de Andorra y Llívia son imaginarios, de ricos con problemas sentimentales». Más pesimista que optimista cree que «las pasiones nos ciegan». Que vivimos «un momento crítico y peligroso», como se ve con el 'procés' y con el 'brexit' y el avance de la ultraderecha antieuropea y filofascista en Hungría, Italia o Francia. «Estamos en minoría quienes creemos que Europa puede ser un marco de convivencia y que podría avanzar hacia la unidad política en un continente más complejo», asegura.

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