Ruta de escape de un país «violento y bello»

Karina Sainz Borgo. /Teresa García (Vozpopuli)
Karina Sainz Borgo. / Teresa García (Vozpopuli)

Karina Sainz Borgo narra la historia de una mujer que escapa de la tragedia venezolana en 'La hija de la española'

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

¿De qué es capaz una mujer que dispuesta a sobrevivir en un país sumido en el caos? ¿Puede ser juzgada quien en unas horas entierra a su madre y es desalojada de su hogar por un grupo de okupas profesionales? ¿La moral puede pervivir en medio de la persecución generalizada de bandas armadas que saquean lo que queda y niegan el valor de la vida? Estas preguntas emergen de las líneas de la novela 'La hija de la española', en la que Adelaida Falcón, su protagonista, narra cómo se mantiene a flote en una ciudad que se hunde en la violencia: Caracas. «Vivir se había convertido en salir a cazar y regresar vivo», dice Falcón, que narra su historia desde una lejanía temporal, indefinida en los años transcurridos.

En esa memoria no hay lecciones, sólo distancia. Una distancia que también podría ser la de su autora, Karina Sainz Borgo, que le presta su edad y algunos de sus recuerdos a la narradora; también «ese apego por algo que ya no es» y el temor. «En Caracas he sentido mucho miedo y se lo he transmitido a Adelaida Falcón», dice Sainz Borgo, ojos verdes y piel morena; hija de venezolana y español. «La explicación de la situación venezolana está ligada a la historia de una gran pérdida. La escribí porque necesitaba ver qué había pasado en estos 20 años de demolición. Contar con imágenes una tragedia muy larga que la gente no termina de entender».

En 'La hija de la española', primera novela publicada de Sainz Borgo de la que se han vendido los derechos a 22 países, cabe la ignominia, cuando en un funeral con reggaetón una chica baila encima del féretro; el miedo, cuando las hijas de una mujer agredida dicen no conocerla; la resignación iracunda, cuando la protagonista escucha cómo las okupas destrozan lo que no se pueden llevar de su casa; o la venganza, cuando se alegra de que la tragedia alcance a otros.

Pero también existe una redención en la huida de Adelaida Falcón y en su propia culpabilidad. «Prefiero contar con alegorías y rehúso la falsa sinonimia entre chavismo y venezolanidad. Quería rescatar un espíritu violento y bello, como en una parte de la novela, en que ella va a la tumba de su madre y le dice: 'mamá, venía a decirte que te amaba'. Eso he hecho yo con mi país. La madre es el país», afirma Sainz Borgo, que dejó Venezuela hace doce años para radicarse en Madrid, donde ejerce de periodista. «Conservo dos olores: el de la naranja que se pudre en una bolsa y la del césped recién cortado».

Sin luz ni cordura

En España, donde Sainz Borgo escribió su novela, encontró el equilibrio del lenguaje propio, con un vocabulario que mezcla expresiones castizas (ir tirando, aparcado) con palabras caraqueñas (mecate, motorizado, puya, revirar), dentro de una trama universal acotada por los límites de un país que acapara primeras planas de los diarios. «Creo que nunca me fui, pero no quería que el país me tragara», dice Sainz Borgo. «Los recuerdos que escribo pertenecen a un entorno cercano y vivido».

Aunque en las ediciones internacionales se titule con la frase final («En Caracas, siempre sería de noche»), el título original de la novela, 'La hija de la española', evoca a un personaje secundario, una vecina «tímida y con poca gracia» de la protagonista, con la que nunca llegó a amistar aunque ambas, según descubre años más tarde, coinciden en la obsesión por un soldado asesinado durante una asonada militar, cuyo retrato apareció en los periódicos. «Un príncipe azul con los ojos anegados de sangre».

El azar llevará a Falcón hasta el cadáver de aquella mujer con pasaporte europeo y que le mostrará una vía de escape. Una forma de salvación y de posible reconstrucción como ser humano. Ella huye del país. ¿Irse es la única forma de salvar su integridad física o de no corromperse? «Sintetizo una circunstancia personal de quien está en la guerra y no tiene por qué padecer las demoliciones tan profundas que suceden», asegura Sainz Borgo, que hizo una investigación periodística, a través de decenas de testimonios, para las escenas que narra. «El que vive en Venezuela ahora es un preso, un oprimido en una enorme cárcel. Falta luz y cordura». Y sin embargo, en esa prisión hay espacio aún para el dulce de ciruela, que Sainz Borgo comía de niña en la costa de Ocumare y cuyo sabor describe junto a un paisaje todavía hermoso. «Quise utilizar ese paisaje para pulir y rescatar algo que ha sido bonito», dice sobre el lugar donde también moraron el poeta Eugenio Montejo, la actriz Doris Wells o el pintor Arturo Michelena, que encuentran reconocimiento en sus líneas.