Pérez-Reverte recupera «la naturalidad del horror» con 'Sabotaje'

Arturo Pérez-Reverte, en el parisino Pont des Arts, un escenario de la última aventura de Falcó./M. L.
Arturo Pérez-Reverte, en el parisino Pont des Arts, un escenario de la última aventura de Falcó. / M. L.

«Los intelectuales se apropian de todas las guerras», denuncia el escritor, que cierra «de momento» su trilogía de Falcó | El escritor lleva a su espía mercenario al efervescente París de 1937 con el encargo de «reventar» el 'Guernica'

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

«Quiere recuperar la naturalidad del horror», dice Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) de su última novela,'Sabotaje' (Alfaguara). Con ella cierra «de momento» su trilogía de Lorenzo Falcó. Su espía «canalla, asesino y mercenario de sí mismo», a sueldo del SNIO, los servicios fascistas durante la Guerra Civil española, tiene esta vez varias misiones en el efervescente París de Hemingway, Fitzgerald, Lee Miller y Picasso. Entre ellas, «reventar» el 'Guernica' que el genio malagueño está pintando para la II República, y desprestigiar a un intelectual de izquierdas en el que se reconoce pronto a André Malraux. El telón de fondo vuelve a ser un conflicto bélico «del que se apropiaron los intelectuales». Lo asegura en un paseo por los escenarios en los que transcurre esta «canónica novela de espías» que hoy llega al lector.

«Esta vez le subo la dosis de sexo, de violencia, de crueldad y de amoralidad, algo que sólo puedes hacer cuando el lector es tu cómplice», plantea el escritor y académico sentado en un velador de 'Les Deux Magots', legendario café en el corazón del barrio latino, bajo una foto de Hemingway, con quien ajusta cuentas a través de Falcó, su «guapo, elegante seductor y despiadado asesino» jerezano que mata «sin dramatismo». «Quería que fuera un perfecto hijo de puta y le hice fascista ahora que todos los héroes son republicanos, demócratas, animalistas y feministas 'avant la lettre'», enumera. «Trabaja para los fascistas, pero no es uno de ellos; es una herramienta a su servicio. Hace su guerra y puede cambiar de bando cuando quiera», asegura.

Falcó mata y tortura con más frialdad que en las dos novela anteriores. «Para él es como liarse un cigarrillo», dice su creador, que confronta al lector «con un horror que está en todas partes y cuya naturalidad intento recuperar». «Matar, violar, degollar o torturar son hoy cosas cotidianas en África y otros lugares. Es el pan de cada día, aunque aquí nos asombremos y aterremos», explica Reverte hablando de «crueldad objetiva». «Conocí gente así en muchas guerras y están en un personaje como Falcó, sin complejos a la hora de matar», dice Reverte, conectándolo con las novelas de Eric Ambler, Graham Greene, Chandler o Somerset Maugham y con su propia experiencia. «Estuve donde nacen los 'Falcós' y su alma, que es un poco como la mía, viene de ahí», dice evocando a Felipe el portugués, «que torturaba y degollaba en la guerra de Angola y luego se tomaba una copa y parecía encantador». «Como él, Falcó es creíble, de verdad. A la hora de decidir cómo mata, quizá haya sido poco ortodoxo en lo social, pero muy honrado con lo real».

«Creemos estar a años luz de ese horror hasta que llega el yihadista y pega un zambombazo en un lugar como este café», plantea, estableciendo vínculos entre el mundo de 1937 y el de 2018. «La ola destructora siempre llega, sea parda, azul verde, amarilla color butano. Estas en un café elegante y llegan los nazis, te parten la cara y te hacen una noche de los cristales rotos o dos. Así que Auschwitz siempre está ahí», plantea. «Cuidado con la seguridad, las certezas y las tranquilidades. No vemos las alarmas y llega Mohamed Atta y mata a miles de personas de un plumazo. El mundo vive en guerra permanente, pero estamos en una alegre irresponsabilidad, como si fuéremos eternos e invulnerables, cuando en Europa se acabó el oasis de 50 años». «Cuando llegue el hostión, a mí no me sorprenderá», dice Pérez-Reverte.

«Ser novelista es formidable; mejor que ser historiador. No has de plegarte al rigor y puedes divertirte manipulando la historia», asegura con una maliciosa sonrisa. En la páginas de 'Sabotaje' es fácil reconocer a André Malraux o a Peggy Guggenheim. Marlene Dietrich aparece con su nombre y Falcó la besa en un cabaré de Pigalle. Pero disfruta más apaleando casi hasta la muerte a Gatewood, un trasunto de Ernest Hemingway. «Tenía cuentas pendientes con el fanfarrón de Hemingway. Es un novelista y un cuentista formidable, pero yo he hecho más guerras que él, que presumía de comerse las balas sin pelar», dice. Reconoce que «la paliza que Falcó le atiza en unos lavabos ha sido más placentero que besar a la Dietrich, recortar el 'Guernica' o hacerse retratar por Picasso».

La zona gris

«Intento devolver todo a un contexto real. Lo de los buenos y malos no fue así durante la guerra. Todo está en la zona gris: de Picasso, que pintó el 'Guernica' por dinero, no por patriotismo, a la República», dice evitando «el maniqueísmo azul y rojo que nos imponen». «No quiero contar la Guerra Civil. Esta es una novela canónica de espías, no sobre la guerra, y como todas mis novelas, se mueve en la ambigüedad, en esa confusión entre el bien y el mal», insiste el escritor, cuyos personajes cargan contra los intelectuales.

«En la guerra los hubo, de los dos bandos, que solo visitaron el frente para hacerse la foto y luego se paseaban por la retaguardia con pistolones», denuncia. «Los intelectuales se apropian de todas las guerras, y más de las civiles. En la española, los protagonistas reales fueron los jóvenes incultos y desgraciados -falangistas, comunistas, socialistas o carlistas- que murieron y de los que no tenemos los rostros». «Se dejaron la vida en Belchite, en Brunete o en el Ebro y nos queda la memoria de Alberti, de Sánchez Mazas, de Dionisio Ridruejo, de Miguel Hernández, de Pasionaria o de Carrillo, que se hacen protagonistas y se apropian de la historia. Es una injusticia».

Falcó trata de cargarse el cuadro más universal de Picasso, antes de que lo concluya, y si hoy lo conocemos, según la tesis de la novela, es porque tras el desastre causado por el mercenario, Picasso pintó una segunda versión a toda pastilla. «El 'Guernica' no está mal, pero hay otros cuadros de Picasso que me gustan más», dice un sarcástico Pérez-Reverte ante el que fuera el estudio del artista en el 7 de la Rue des Grands-Augustins, por cuyos tejados escaló Falcó para dinamitar la tela. «Picasso nunca vivió una guerra, ni el 'Guernica' es un cuadro de guerra. Es una alegoría. Tiene una carga simbólica especial, pero no es desde luego mi cuadro de guerra favorito», apunta.

'Sabotaje' cierra una trilogía, pero «quizá no sea la última historia de Falcó, «que podría ir al Vaticano, a La Habana o retornar a Lisboa». Lo explica su creador ante el Hotel Madison, el mismo que acogió a su protagonista en 1937 en el Boulevard Saint-Germain a la sombra de una estatua de Diderot. Ha tenido «varias ofertas» para llevarlo la cine, «alguna de un gran amigo que no es Díaz Yanes», pero de momento no se ablanda. «El cine es peligroso, limita a la historia y al personaje a la visión de cada director. Antes hay que dejar que el libro camine y tenga su vida», dice confesando que a su editora, Pilar Reyes, le gustaría Álex González como Falcó. Recuerda que ha cumplido 67 años y que si la vida le «respeta», tiene muchos proyectos por delante «como la novela histórica que ya está mi cabeza», concluye sin soltar prenda.

El 'Rey Arturo' se encomienda a 'San Conrad'

«Detesto escribir. Tiene una parte burocrática que no me gusta. Me lo paso como dios antes de sentarme a teclear,la investigación previa y la imaginación. Si hago novelas es por disfrutar de esa fase», confiesa Pérez-Reverte acodado en la barandilla del Pont des Arts, con Notre-Dame al fondo, y fotografiado por los turistas que tiran de móvil al reconocer al 'Rey Arturo', que ha conquistado a más de veinte millones de lectores y traducido a cuarenta idiomas.

Escribe cada día de nueve a tres en su biblioteca «sin interrupción». Siempre en silencio y con un ordenador sin conexión a Internet. Por la tarde lee y corrige. «Cuando me atasco le pido a San Joseph Conrad, a San Francis Scott Fitzgerald, a San Balzac, a San Dumas o a San Hemingway que me echen una manita», bromea. «Oye, maestro, ¿cómo harías esto?, les pregunto. Y me dicen: 'mira, chaval, por aquí y por acá'», explica divertido el padre de 'Alatriste'.

Lleva tres décadas armando novelas de forma profesional, pero dice deberle «mucho» a esa «mirada rápida del reportero». «La mirada del gitano -precisa-, que lo ve todo en un momento, y que es una cosas que me dio el periodismo».

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