Pedro Ugarte: «La modestia ha acabado con más escritores que la egolatría»

Pedro Ugarte, finalista del Premio de Ensayo Jovellanos./F. GÓMEZ
Pedro Ugarte, finalista del Premio de Ensayo Jovellanos. / F. GÓMEZ

ALBERTO MOYANOSAN SEBASTIÁN.

Después de media docena de novelas, nueve libros de relatos y un par de poemarios tempranos, Pedro Ugarte (Bilbao, 1963) se estrena en el dietario con 'Lecturas pendientes' (Ediciones Nobel), un volumen con el quedó finalista del Premio Internacional de Ensayo Jovellanos, y en el que despliega todo su ingenio y observadora perspicacia para exponer sus a veces polémicas opiniones sobre la vida, la muerte, la literatura y el acontecimiento que supone la creación artística. Sus lectores habituales se reencontrarán con los 'fantasmas' recurrentes de Ugarte y quien se aproxime por primera vez a su obra, con las reflexiones de un heterodoxo.

- ¿Por qué un dietario ahora? ¿Quizás por influjo de los 'Diarios' de Iñaki Uriarte?

- Hombre, el género ya estaba inventado, pero es verdad que los 'Diarios' de Iñaki Uriarte han sido una sacudida, no sólo en la literatura vasca, sino en la española en general. Eso es incuestionable. De todas formas, yo he empezado antes porque la primera entrada del libro es de 1999. Es verdad que mi libro de elaboración es mucho más lento que el de Uriarte. En cualquier caso, es posible que la repercusión que ha tenido su obra haya puesto el género encima de la mesa. Y también es posible que en 'Lecturas pendientes' haya una parte de homenaje porque en varias ocasiones me refiero a su diario.

- Sus ideas políticas, sociales, económicas a contrapelo... ¿conspiran contra su carrera literaria?

- Sí, hay una cierta crítica al papel del intelectual, en concreto, sobre el caso de Platón, uno de nuestros personajes a los que tenemos respeto porque va de suyo. Claro, luego uno lee 'La República' seriamente y se queda estremecido. Y con todas las diferencias históricas, el intelectual suele apoyar a alguien que quiere resolver los problemas del mundo y que generalmente lo que suele hacer es aumentarlos. Se puede ser crítico con la figura del intelectual o al menos más de lo que solemos serlo.

- Sin ánimo de psicoanalizarle, parece atrapado en una pinza formada por la figura de su padre, al que dedica el libro, y la de su hijo, que aparece citado en varias ocasiones.

- No lo había pensado, pero ahora que lo dice sí que se puede ver el libro de esa manera. Una de mis novelas, 'Casi inocentes', también tenía esa dialéctica, en aquel caso, de tres generaciones específicamente masculinas. Evidentemente, también tuve una madre y además de un hijo tengo una hija, pero es verdad que los personajes masculinos siempre me han generado esa dialéctica.

- En el libro confiesa una gran vocación literaria. ¿Teme que sea mayor que su talento?

- Sí, pero yo creo que es algo que siente todo escritor. Hay un comentario muy tranquilizador de Jaime Balmes en el sentido de decir: «Si sientes inclinación por algo es seguro que es por algo que vas a saber hacer bien». Pero tampoco estoy seguro de que eso sea así. Es muy posible que mucha gente quiera ser un gran tenista y no dé raqueta con bola, o escultor o arquitecto y no tenga el menor sentido de los volúmenes. Por desgracia, creo que el comentario de Balmes es más tranquilizador que verdadero.

«La crueldad de la vida es excesiva para el arte, pero solo por cuestiones técnicas»

«Los mejores escritores que he conocido en mi vida eran buena gente, moralmente valiosa»

- Lo que aborrece por encima de todo en los autores es la modestia.

- La modestia ha acabado con más escritores que la egolatría. Depende de dónde se ejerza, pero la modestia en el ámbito creativo es letal. Un escritor jamás puede ser modesto creativamente hablando, es lo peor que puede ser. Cualquier artista que sea modesto está firmando su sentencia de muerte. Tiene que ser un ególatra en todos los sentidos de la palabra, otra cosa es que eso lo traslade a la vida personal porque se transforma en un maleducado. En nuestra época se está generando una especie de confusión más o menos extraña entre modestia y buena educación. Yo tengo que ser educado, con respeto hacia las otras personas, pero en el acto creativo, la modestia es destructiva: de tu proyecto, de tus ganas o del resultado final de lo que vayas a hacer.

- Lejos de la modestia, escribe: «Me impongo como objetivo que alguien, después de mucho tiempo, quizás después de muchos siglos, llegue a este texto y sonría, en secreto, para sí».

- Sí, bueno, es una aspiración, pero con el concepto de posteridad tan relativizado como otra entrada del libro que dice que llamamos posteridad a los cuatro gatos que en cada generación sienten interés por el ayer. Eso es la posteridad. La vida de un libro es mucho más contingente que la de un ser humano porque nosotros, mientras estamos vivos, lo estamos al cien por cien, mientras que un libro sólo lo es cuando algo lo lee. Cuando está en una balda no es un libro, es un objeto.

- El libro incluye hallazgos, aforismos, fogonazos luminosos... ¿No ha sentido la tentación de guardarlos para algún relato o novela y ponerlos en boca del narrador o de algún personaje?

- No siento esa tentación. Es verdad que a la hora de escribir relatos o novelas pueden surgir frases felices, pero se sitúan ahí. No he sentido esa cadena contaminante. Una de las pequeñas tragedias de la literatura es que un hallazgo no es repetible. Si por una maldita vez consigues decir algo que no se había dicho antes en toda la historia literaria lo puedes hacer, evidentemente. Lo que no puedes es repetirlo tres veces.

- «La vida como guionista es una mierda», sostiene.

- Es que es verdad. Lo pongo en una situación que nos ha pasado alguna vez a todos. Lamentablemente, surgieron alrededor tres o cuatro cánceres a la vez y dices: esto ninguna novela o película lo soportaría. No sería creíble. La crueldad de la vida es excesiva para el arte, pero sólo por cuestiones técnicas. En una obra narrativa no podrías reflejar la crueldad de la vida porque técnicamente estaría mal hecha.

- También se fustiga con las miserias de la vida literaria, ilustrada en presentaciones de libros en los que no cree.

- Sí, hay bastantes menciones, pero las verdaderamente duras, están veladas. Aparte de eso, he intentado que el autor no sea una especie de ángel blanco al margen de todo. No es que sea un autoflagelación constante, pero a veces el autor no sale bien parado, como cuando está en la biblioteca de otra persona y se busca entre los volúmenes o cuando un escritor de mi generación estaba citando a sus contemporáneos y me omitió. Qué vergüenza, pensé... Luego me dije a mí mismo: «Pero si ni siquiera le he leído a él». Cómo voy a estar pidiendo justicia cuando no se la ofrezco a los demás.

- Más: señala que el impacto de la literatura se ha atenuado mucho en los últimos tiempos.

- La literatura va a sobrevivir porque es el uso del lenguaje con fines estéticos. Puede que cambien los soportes, pero mientras haya Humanidad seguirá existiendo el uso del lenguaje con fines estéticos.

- Y su éxito literario, ¿cómo lo calificaría? ¿Modesto, relativo, por épocas...?

- ¿Éxito? Se me hace muy complicado manifestarme sobre eso... Hombre, el saber que puedes publicar ya es un éxito, pero quiero mantener la lucidez de darme cuenta de que soy una persona afortunada. Luego sigues teniendo tus carencias y todo deseo satisfecho supone la aparición de otro por satisfacer, pero he tenido la suerte de publicar un diario, que no es fácil hacerlo en el mercado editorial actual.

- ¿Teme contradecirse entre una página y la siguiente?

- Sí, hay muchas contradicciones. Las reflexiones que hay en el libro sobre la felicidad posiblemente sean contradictorias muchas de ellas. Lo admito. A veces hablo de la felicidad y otras, niego su existencia y hablo de la comodidad. Siempre he pensado que las personas comodonas son gente que en el fondo ha renunciado a la felicidad y egoístamente, busca un zulo mental, que es la comodidad.

- Y se burla que aquel joven aspirante a escritor que un día fue. ¿Le ha decepcionado la carrera literaria?

- El sistema literario está lleno de cosas sucias, pero me quedo con la imagen de que mi yo adolescente e ingenuo tenía la tentación de vincular el talento con sentimiento de orden negativo. Y los mejores escritores que he conocido en mi vida me han llevado a pensar lo contrario: los más talentosos eran buena gente, moralmente valiosa. De algún modo, la inteligencia acompaña a la bondad, sin dejar de reconocer que el sistema literario está tan lleno de suciedades como el mundo financiero, el político o el de cualquier sector económico y social.

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