Una maleta de libros rumbo a Ginebra

El librero Rodrigo Díaz en el Paseo de Coches./Virginia Carrasco
El librero Rodrigo Díaz en el Paseo de Coches. / Virginia Carrasco

Rodrigo Díaz regenta la única librería hispana de esa ciudad suiza y cada año busca novedades de pequeñas editoriales en la Feria de Madrid

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Acostumbrado a la lluvia después de casi tres décadas en Ginebra, Rodrigo Díaz, regente de la única librería hispana en esta ciudad francófona de Suiza, pasea con dos maletas y un paraguas por la Feria del Libro de Madrid. Va de caseta en caseta, a la hora de menos público, para conocer las novedades de las editoriales independientes pequeñas, ésas cuyo catálogo de poesía y narrativa resulta difícil de encontrar fuera de las fronteras españolas: Visor, Pretextos, La isla de Siltolá, Candaya, Páginas de Espuma... Compra una veintena de libros a cada una y continúa su recorrido de una esquina a la otra. Conoce en persona a muchos de los autores de los volúmenes que adquiere. Cada mes invita a dos hispanoamericanos a presentar su obra en Albatros, su librería: Marta Sanz, Mercedes Monmany, Mario Bellatin, Manuel Vilas, Belén Gopegui, Jorge Edwards, Antonio Orejudo. La lista es larga, como las noches de presentación en que cierran los bares del barrio latino.

Hace una parada en Florida Park y después de una cerveza Díaz queda frente a una caseta cercana a la Puerta de Alcalá con un editor de tan pequeña casa que no tiene ni siquiera presencia formal en la feria, pero sí un fondo que cuenta con antologías de poetas casi desconocidos fuera de los círculos nacionales, como los peruanos de Hora Cero o el argentino Héctor Viel Temperley, sin página en Wikipedia pero con las obras completas en Amargord. El editor, de larga barba tan blanca como su traje, le entrega una bolsa de libros. Díaz, como con todos sus proveedores, le paga en efectivo, abre su maleta sobre el asfalto del Paseo de Coches, admira una edición al azar y la guarda. Sigue su ruta, confundido entre los universitarios de ese lunes a las once de la mañana, con su ropa informal y su cabello oscurísimo a pesar de acercarse a los cincuenta. «Con una librería fuera del circuito no puedes saber todo lo que hay si no viajas», explica Díaz, que en otras ocasiones ha sido invitado a España por Acción Cultural como 'prescriptor'. «No conoces la calidad de los fondos. Siempre encuentras novedades, ya sea en esta feria o en otras, como la de París, cuando el país invitado es hispanoamericano».

Como su forma de nutrir su librería, en pleno centro ginebrino desde hace más de 30 años, su historia también es atípica. Emigró a la Unión Soviética a estudiar odontología, la carrera del padre. A los 18 años aterrizó en Uzbekistán y después marchó a la antigua Volgogrado. Unos años después, se encontraba en Suiza sin papeles. Le ofrecieron comprar la librería. «Ningún banco me prestaba dinero, no tenía avales», dice. «Hasta que una banca ética me respondió que le gustaba la idea». Desde entonces, ha visto cómo cierran otras librerías de la ciudad. «Quedamos catorce». Ahora alza la mirada: «viene el rubio», dice cuando aparece el sol entre las nubes y él prosigue hacia otra caseta. Al día siguiente, desempacará las novedades.

 

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