Limónov, un camaleón acuático y salvaje

Eduard Limónov, fotografiado en una playa de Valencia durante su última visita a España, en junio pasado. :: /Irene Marsilla
Eduard Limónov, fotografiado en una playa de Valencia durante su última visita a España, en junio pasado. :: / Irene Marsilla

Pionero en la autoficción, el poliédrico y excéntrico autor ruso narra su rocambolesca y vida en 'El libro de las aguas'.

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

«El agua lleva y se lleva todo; es imposible bañarse dos veces en las mismas aguas». Así justifica el ruso Eduard Limónov (Dzerzhinsk, 1943) el título de su autobiografía, 'El libro de las aguas' (Ed. Fulgencio Pimentel). El poliédrico y ególatra escritor se cuenta y se admira a sí mismo en un descarnado y nada piadoso autorretrato. Nacido Eduard Savienko, Limónov para las letras, es un personaje de múltiples perfiles que sedujo a Emannuel Carrère, el escritor francés que noveló la atrabiliaria y extravagante vida de este poeta punki, novelista y combativo periodista, guerrillero, atracador, reo, chapero, mujeriego, político fascioestalinista e indigente, hoy pro Putin tras ser su látigo, dandi a la vez que indigente que se retrata a sí mismo en 350 páginas.

Lo escribió mientras estuvo recluido en una prisión militar rusa, entre 2000 y 2003, acusado de terrorismo y tráfico de armas.

El propio autor califa de «rara» una autobiografía «acuática» que salpica de apuntes geográficos y «coincidencias providenciales». Escrita «en un raro estado de gracia», según su editor, factura Limónov el que para muchos es el mejor libro de este camaléonico, fanfarrón e inquietante personaje. Lo escribió mientras estuvo recluido en una prisión militar rusa, entre 2000 y 2003, acusado de terrorismo y tráfico de armas.

En un caleidoscopio de su caótica y salvaje biografía, renuncia a cualquier ordenamiento cronológico. Recurre al agua, a los mares, ríos, lagos, estanques, piscinas y fuentes como elemento conductor de un relato nacido de su decisión de bañarse allá donde fuera, adoptada en 1972. Traducido por Tania Mikhelson y Alfonso Martínez Galilea, 'El libro del agua' se conforma con jirones de su vida y recuerdos vinculados al líquido y vital elemento: de las playas del Pacífico y el Atlántico, de la romana y mediterránea arena de Ostia donde asesinaron a Pasolini, a sus incursiones en el Volga, el Danubio o el Panj, afluente del Amu Daria que discurre entre Afganistán y Tayikistán.

Mujeres y guerra

«He tratado de pescar en el océano del tiempo las cosas verdaderamente esenciales para mí y, releídas las cuarenta primeras páginas del manuscrito, no he podido hallar más que mujeres y guerra: he ahí el modesto resumen de mi vida», asegura el escritor, que exhibe una poética crudeza para narrar la cadena de excesos, extravagancias y escándalos que fluyen por los meandros de sus días. Delincuente juvenil, poeta radical y vanguardista, temprano disidente en los estertores de la Unión Soviética, fue pronto carne de psiquiátrico.

Cambió de continente para vagabundear por Nueva York antes de emplearse como mayordomo de un millonario en la Gran Manzana. De vuelta a Europa, se consagra como escritor en París, aunque no duda en mandarlo todo al carajo para combatir como miliciano serbio en la guerra de los Balcanes. Su peripecia daría otro sorprendente giro al regresar a la Rusia postcomunista para fundar el Partido Nacional Bolchevique y dirigir un periódico de corte neofascista.

Distinguirse

Parece todo un milagro que haya cumplido 76 años habiendo practicado lo que aconseja fervientemente a los demás en su libro: hacer con su vida «todo lo posible para cultivar todo aquello que los distinga de los demás». «Cada cosa tiene su tiempo, eso es todo. Hay uno para las tetas y los muslos de Maggie, reina de la cocaína, y otro para el fusil de asalto Kalashnikov», escribe en uno de los capítulos.

Pionero de la autoficción y de la literatura del yo, Limónov se miraba literariamente el ombligo mucho antes que Karl Ove Knausgard y compañía. Según él, Julio César y Montesquieu «ya hacían autoficción». «No es un invento moderno», asegura Limónov, que vio pronto que «las autobiografías interesan al lector».

El más controvertido y escandaloso producto de las recientes letras rusas, apreciado en su país como escritor, pensador y político, irrumpió en Occidente como protagonista del juego de realidad y ficción de 'Limónov', la novela con la que Emmanuel Carrère ganó el premio Renaudot en 2011. Cuando se publicó en Francia muchos lectores pensaron que se trataba de un personaje ficticio.

Agradeció a Carrère la popularidad que le otorgó, pero no se deshace en elogios hacia su colega galo. Se carteó con él, pero asegura hoy, con mala baba, que después del libro que le dedicó «no ha tenido tantos éxitos» y dice que no aguantó más de 250 páginas del 'El Reino', la voluminosa novela del francés.

Tan atractivo como siniestro, espejo para muchos jóvenes autores rusos, el ego de Limónov no se amilana ante nada. «Muchos opinan que como literato soy muy bueno. Yo también lo creo», se autoafirma. «Cuando nací lo único que Rusia me ofreció fue la literatura. A lo mejor, en otro tiempo, me hubiera convertido en una estrella del rock, no en uno cualquiera, porque siempre he sido muy competitivo», afirma.

Bien publicado en español, se dio a conocer aquí con 'Historia de un servidor (1991), publicada por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, como 'Historia de un granuja' (1993), a la que siguió la célebre 'Soy yo, Édichka' (Marbot Ediciones, 2014).