«Iztueta fue siempre un pícaro, un engañador», afirma Urbeltz

Juan Antonio Urbeltz, en su casa de la Parte Vieja donostiarra. / UNANUE
Juan Antonio Urbeltz, en su casa de la Parte Vieja donostiarra. / UNANUE

En un libro «epigonal» analiza su relación con el autor de 'Gipuzkoako dantzak', al que acusa de tener una «personalidad psicopática y antisocial»

FELIX IBARGUTXI SAN SEBASTIÁN.

El folclorista Juan Antonio Urbeltz (Pamplona, 1940) ha publicado el libro 'Juan Ignacio Iztueta y yo', en el que analiza la personalidad del de Zaldibia y su recopilación 'Gipuzkoako dantzak', que vio la luz en 1824. Urbeltz no se anda con chiquitas y realiza un dictamen severo: Iztueta no fue una buena persona, tuvo una «personalidad psicopática y antisocial». Y por lo que se refiere al libro que describía los bailes guipuzcoanos, Urbeltz remata el análisis con la sospecha de que Iztueta incluyó en su libro -en el apartado de las 'Soñu zaharras'- unos compases que no procedían de la vieja tradición coreográfica guipuzcoana, sino que proceden de un libro de Cesare Negri Milanese, publicado en 1602-1604.

El original de 'Gipuzkoako dantzak' se da por desaparecido. Ya hace bastantes décadas, el estudioso José Garmendia Arruebarrena dejó escrito que Iztueta hizo desaparecer el manuscrito, y Urbeltz coincide con Garmendia y acusa al «granuja» de ocultar sus fuentes, quizá porque las consiguió de manera engañosa.

Ya en el mismo prólogo, Urbeltz ofrece esta descripción de Juan Ignacio Iztueta (1767 - 1845): «Fue un pícaro, engañador, un sujeto de rasgos novelescos, amado por las mujeres y con gran confianza en sí mismo, y tal seguridad que le llevaron a escribir estos asombrosos y misteriosos versos:

Yo soy en Guipúzcoa

Un erótico duende

Que todos me miran

Y nadie me entiende.

Como es sabido, el que luego ganaría fama como recopilador de danzas, en su juventud pasó seis años en prisión por un atraco al domicilio del escribano de Zerain. Luego también estuvo preso por decisión de la Inquisición, pero esta vez por motivos más bien ideológicos.

Urbeltz tiene el convencimiento de que «Juan Ignacio Iztueta no había escrito su libro a favor de las danzas, sino, bien al contrario, había buscado desquitarse de personas a las que, sin decirnos quiénes eran, fustiga desde las páginas de su libro».

Catorce años de juicios

Ya al comienzo del libro, Urbeltz muestra a Iztueta como una persona nada edificante: «Juan Ignacio de Iztueta se exhibió en el mundo haciendo alarde de una personalidad psicopática más que regular. Todos los síntomas detectados dan a entender que sufría lo que, en la psiquiatría actual, se conoce como 'transtorno de la personalidad antisocial». Es bien conocido que Iztueta tuvo varias estancias en la cárcel y no fue hasta 1815, después de 14 años de juicios y condenas, cuando quedó como un hombre libre».

Además, Urbeltz cree que su existencia ha estado muy ligada a la del folclorista Iztueta, y por ello considera que el libro debía incluir su propia autobiografía. Y en ese apartado autobiográfico, incide en la importancia que en su trayectoria ha tenido su esposa, Marian Arregi, fallecida el pasado marzo. «Marian, este libro es para tí. Has sido en mi vida todo lo que he tenido y, ahora que te has ido, eres todo lo que me falta», confiesa en la dedicatoria del libro. Algo más adelante define así a su esposa: «Una fuerza de la naturaleza sin cuya ayuda no hubiera sido posible llevar a cabo (ahora lo veo) la ingente tarea que acometimos con la determinación y la fuerza de la juventud».

«La crueldad de Iztueta para con su primera mujer hizo que me sintiera lleno de ira»

Realiza también su autobiografía porque considera este libro como «una obra epigonal, más ahora, cuando apenas unos meses que he perdido a mi queridísima mujer, Marian Arregi».

Una de las razones por la que he investigado en torno a Iztueta es una serie de «sincronicidades», siguiendo los planteamientos del filósofo y psicólogo Carl G. Jung. Se puede hablar de casualidades, como por ejemplo, la que relaciona a la primera mujer de Iztueta, Joaquina de Linzoain, con la que fue la esposa de Urbeltz, Marian Arregi. Ocurre que María Joaquina era nacida en la localidad de Urnieta, pero sus abuelos paternos, los Linzoain, venían de Azpiroz, localidad del valle navarro de Larraun; y los ascendientes de Marian Arregi, han vivido en Azpiroz durante los últimos trescientos años cuando menos. Y a ello hay que añadir que Urbeltz, siendo niño, vivió en la localidad de Lin-tzoain, perteneciente al municipio de Erro.

Una de las dedicatorias de la publicación está destinada a Joaquina de Linzoain, y más adelante, Urbeltz razona así: «Hace casi veinte años, cuando leí por primera vez las declaraciones de los testigos y del propio Iztueta en el proceso al que lo sometió la Inquisición, sumario que dejaba al descubierto la crueldad psicológica con la que trató a su mujer, la ruindad de su comportamiento hizo que me sintiera profundamente herido, indignado, lleno de ira. De modo que salir hoy en defensa de María Joaquina de Linzoain, acaso no sea sino buscar la justicia compensatoria que en vida no tuvo»

JUAN IGNACIO IZTUETA Y YO

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