Esteban Beltrán «Los escritores que me gustan son los que se juegan la vida»

El escritor Esteban Beltrán./IÑAKI ANDRÉS/EFE
El escritor Esteban Beltrán. / IÑAKI ANDRÉS/EFE

El escritor Esteban Beltrán, director también de Amnistía Internacional España, presenta este jueves en Errenteria su libro miscelánea 'La jodida intensidad de vivir'

Alberto Moyano
ALBERTO MOYANO

No es el libro que se esperaría del director de Amnistía Internacional-España y así lo admite el propio Esteban Beltrán. «Todo el mundo se cree que voy a escribir poesía social, cuando soy incapaz de hacerlo», señala. Por el contrario, 'La jodida intensidad de vivir' (Vaso Roto Ediciones) es un inclasificable artefacto literario de carácter íntimo, en prosa y en verso, en el que la celebración y la pérdida se confunden. El resultado es un libro que parece la sirena de una ambulancia. Beltrán lo presenta mañana, jueves (19.00 horas), en la librería Noski de Errenteria.

- ¿Por qué optó por esta miscelánea de poemas y prosas para contar una historia que hubiera encajado en una de esas novelas de autoficción tan de moda?

- Bueno, efectivamente, es que se trata de un libro que nunca quiso serlo, la verdad. Es lo que sucede cuando escribes un libro cada treinta años: que no tienes la presión ni ajena, ni tuya propia. Es un libro que salió de forma natural. Fue construyéndose como una novela porque hay una historia tradicional, con su inicio, su desarrollo y su desenlace. Hay tres personajes básicos, denominados M, V y Polonia, y hay también unos poemas muy largos y narrativos. Y hay finalmente un diario.

- Es un artefacto híbrido, que se supone que es el que necesitaba para contar la historia que quería relatar...

- Claro, yo necesitaba contarlo de mil maneras: con versos muy largos, con prosa para introducir un poco de humor en una situación de tragedias íntimas y un diario para crear la ilusión de que ordenaba el caos que mi vida era en ese momento. Por eso sale un libro híbrido, aunque insisto en que estos textos nunca pensaron en ser un libro.

- 'La jodida intensidad de vivir'. ¿Resta ese 'jodida' solemnidad a 'intensidad', una palabra un tanto desprestigiada que incluso se utiliza ya con cierto desdén?

- El título del libro no ha sido fácil de elegir porque la editorial es mexicana y allí 'jodido' es complicado, pero no pude hallar ninguno mejor. Escribí como treinta títulos diferentes y al final el primero fue el que se quedó porque refleja exactamente lo que fueron esos tres años de vida con la insensatez, con la muerte y con la locura.

- ¿Diría que el libro es un monumento fúnebre?

- No, no creo. Es interesante que lo piense así, pero no en realidad hay mucho de esperanza, que es tan constante como la muerte. Es un intento, primero de recobrar, después de olvidar, a continuación de que no muera la gente querida por ti, y al final sentí alivio cuando todo había terminado, la verdad. No es un libro catártico porque no sentía alivio mientras lo escribía, lo sentí cuando supe que lo había terminado. Cuando escribí el último poema me di finalmente cuenta de que las cosas no podían ser y, lo que es más importante, no podían haber sido. Ahí sentí alivio.

- ¿Y pudor? Porque hay mucho de striptease.

- No. Hay un escritor uruguayo ya fallecido, Mario Levrero, que habla de «escribir jugándose la vida». Mandaba los libros a los editores y cuando éstos le contestaban con comentarios sobre su estilo, replicaba: «Qué comentas sobre mi estilo, cuando me estoy jugando la vida». A mí la literatura y los escritores que me gustan son aquéllos que se juegan la vida, y que exponen con autenticidad tus miserias y tus glorias. Me gustan los libros en los que eres capaz de someterte a un juicio sobre ti mismo. Es doloroso y duro, muy duro, pero es la literatura que me gusta. Entonces, no sentí pudor, es una forma natural de escribir, que es con autenticidad.

- Arriesga mucho en frases como: «Con la muerte de V y, especialmente de M, he llegado a disfrutar -no he equivocado el verbo, no- de los momentos únicos que proporciona frecuentar la extinción de alguien querido: la de instantes definitivos e irrepetibles...»

- La agonía de M es una historia de seis meses y la verdad es que cuando despojas a la relación de la seguridad y de todo lo que no sea amor y compañía, se vuelve mucho más auténtica. Entonces, a pesar de la presencia de la muerte, esa agonía la recuerdo como una época muy feliz, en la que nada importaba salvo estar juntos. Cuando la muerte despoja de toda la esclavitud que lleva consigo vives un momento muy feliz. El final es muy duro. Además, en el libro hago referencia -y no soy creyente- a que su móvil no sé si se disparaba, pero me llamaba. En la cama la sentía también durante un tiempo. Entiendo que es algo que tiene que ver con la ausencia. La época de la agonía, que fue muy dura, entiendo que fue también feliz para ella. Y para mí, desde luego.

- Hay mucha muerte, pero también bastante sexo, el otro motor del libro.

- Claro, hay una parte en la que el sexo está muy presente, con todo lo que tiene que ver con lo salvaje. Para mí una de las cosas más extraordinarias del sexo y, en realidad, de las grandes historias de amor, es el salvajismo que existe también cuando está desprovisto de todo y cuando ese salvajismo compartido te hace desear como nunca. En ese momento en el que no se ha instalado todavía el miedo a la pérdida, ni tampoco el amor, ni la ternura, el sexo es importante. Es una forma de no esclavitud en el que las emociones quedan muy limitadas y que me interesó mucho y lo recuerdo con gran emoción. En realidad, los amores que uno recuerda son los amores extraños, insensatos, locos, diferentes al resto de los que uno ha vivido. Son los que están más cerca de la inmortalidad. El resto, que tienen que ver con la ternura y con la compañía, en el fondo se parecen unos a otros.

- El libro se cierra con el intento de suicidio de Polonia, que usted vivió en directo a través del teléfono. ¿Cómo es ese personaje?

- El personaje de Polonia y su intento de suicidio están muy presentes en todo el libro. Es una sensación muy extraña porque el suicidio es un acto de libertad absoluta, pero también de cobardía máxima. Y esa dicotomía en tu ser amado hace que te enfrentes a la certeza de que esa persona difícilmente alcanzará una vida mejor y, sin embargo, intentas mantenerla vida a toda costa. La que se establece entre la persona que está viviéndola -la pulsión del suicidio- y la que la quiere es una relación muy compleja que a mí, todavía hoy, me... y además, al principio, pensaba que Polonia era una persona rara y extraña que, como tal ejerce una enorme atracción, pero en el fondo era también una persona con enfermedades, y no haber visto eso a tiempo es uno de los pesos que me llevo.

- «¿Habéis escuchado la voz de un suicida en el momento de matarse? Yo no lo olvido. No puedo», se pregunta, interpela al lector y se explica.

- En realidad, en lo que único que piensas es en salvarle la vida pero es espantoso porque de esa persona recibes una mezcla de indiferencia y de deseo. Siempre he pensado que si Polonia cogió el teléfono fue porque en el fondo no quería matarse, quería vivir mejor. Así lo quiero pensar y eso es lo que provocó mi intervención y la de otros, y salvó la vida.

- Frente a tanta desolación, usted busca consuelo en lecturas, como el 'Libro del desasosiego' de Pessoa, o 'Sale el espectro', de Philip Roth. ¿Lo encontró?

- Sí. En Pessoa, porque uno de los personajes del libro nos unía mucho a Polonia y a mí. Y el 'Libro del desasosiego' es una joya del descubrimiento íntimo. Al final, en los libros intentas encontrar una parte de ti mismo. En Pessoa hay una parte mía y una parte de Polonia, y fue importante como vínculo, como cordón umbilical. Y a Philip Roth lo conocí de casualidad a partir de 'Sale el espectro' y me he convertido en un adicto del que he leído casi todo. Es una maravilla porque, además, en estos momentos en los que tengo ya 57 años, te acompaña con todos sus análisis de lo que es la vejez, que sigue pareciéndome fascinante. Ese libro, subrayado por M, me acompañó mucho cuando estuve en un balneario, después de su muerte.

- ¿Con qué idea le gustaría que saliera el lector de este poemario?

- Tenga en cuenta que nunca pensé en el lector, es un libro que se escribió sin querer ser libro, como una forma de desahogo, fue irremediable, tuve que escribirlo y ya está. Es como una tarea. En el fondo, lo que me gusta de la lectura y así me gustaría que fuera, es que el lector encuentre una parte de sí mismo. Cuando eso sucede, te acompaña y se quede contigo.