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Esquivando el silencio

Una novela sobre la situación de un hombre en el trance hacia la muerte con sus recuerdos como hisopo

SANTIAGO AIZARNA

Sin duda alguna, la descripción de esta situación exige una experiencia. El acto de morir es algo que, para más tarde o más temprano, nos espera a todos. Pero qué poco sabemos hasta que llegue, y aun entonces, cómo y en qué circunstancias ocurrirá y en qué pensamientos nos enfajará.

En lo que a esta novela se refiere, está claro que el protagonista está fijamente colocado ante el fenómeno de su propia muerte: «Pronto voy a morir», son las primeras palabras que escribe. Nos sigue dando noticias de su estado general, que, sin duda, algo o mucho tienen que ver con las sensaciones de ese estado premortal: «No lo digo por el ave que cruzó por mi ventana (si es que eso es un ave y aquello una ventana). Tampoco porque el silencio a mi alrededor es casi total (algunas veces escucho aún un ruido blanco) sino porque no hay absolutamente nada más que falte por suceder. La corporeidad desapareció hace mucho tiempo, de la memoria o del aire no me queda mucho. Ahora mismo no sé si hablo o escribo. Aunque la diferencia importe solo para mí, me parece deseable -si no necesaria- establecerla. Porque 'verba volant scripta manent'. ¿Cómo volver sobre estas palabras si no hay un registro? Seguramente solo hablo. No estoy lejos ni cerca de nada. No hay luz ni oscuridad aquí (asumo que no todo lo que existe es este lugar, pero nunca se sabe. Al menos hay una ventana (o algo que es como una ventana) a través de la cual he visto que cruzan aves. He visto tres o cuatro aves en algo así como diez o doce años. Y nunca antes había visto un albatros. Eso que pasó y que nadie más puede ver es un albatros. (En realidad podría no serlo o ser cualquier otra cosa porque de todas maneras no hay un solo testigo del hecho y eso me incluye a mí; sin mi cuerpo, sin la vida tal como la conocí, no puedo afirmar siquiera que yo esté aquí en este momento y haya visto un ave.) Tampoco hay nubes. Hay algo que podría ser gas, pero solo lo intuyo. Creo que algunas veces ha pasado frente a mi ventana. Ese gas transporta unas breves partículas, un polvo muy fino. A menudo soñaba que era el elemento primigenio al que todos nos reincorporamos en algún momento. No la muerte sino un estado de placer tan absoluto que cualquier referencia espacio-temporal se vuelve innecesaria».

Como uno puede sentirse, pues, ante este libro, es a estar invitado a compartir, con un moribundo, sus últimos momentos. Buena o mala ocasión, según quién sea quien nos invita. Si se trata de una persona de tan buena pluma como Gerardo Piña, puede ir pensando que ha tenido mucha y buena suerte.

Como se da noticia de su imagen y personalidad literaria en la solapa de este libro, «Gerardo Piña nació en México en 1975. Además de traductor, ha sido profesor en la Universidad East Anglia del Reino Unido. Actualmente, lo es en la UNAM. Es autor de 'La novela comienza' y de 'La última partida'.

En lo que a ésta que aquí se comenta se refiere, puede añadirse que se trata de un monólogo que, desde una situación extrema, entre sombras de realidad y de irrealidad presenta; que su visión diera por contabilizar esa pugna en doble fondo, un estar sin estar, se diría, un vivir con la muerte tan presente o una muerte tan en vida aún, una especie de mística sin santidad, que ya se sabe porque le es cierto, que, a un hombre cualquiera, enfrentado ante la muerte le pueden asaltar temas de todo tipo y la variedad que florece en la escritura será, al fin, lo que de todo ello reste.

Historia novelesca

La historia, novelesca en sus últimos tramos, se desliza hacia procedimientos o modos literarios: del léxico, la sintaxis, «una combinación de ambas», problemas de relación, de comunicación, etc, el mundo de las palabras y su necesidad de usarlas, se diría que hasta una problemática de estilo literario, incluso llega hasta a hablar de los deícticos: «Me hacen falta deícticos», escribe, «porque puedo afirmar que, a fuerza de impetraciones, cualquier léxico enteco es fácil de aupar; basta ser obsecuente con los testaferros de la retórica, los munificentes del erario y de la cultura espuria y ripiosa; basta la última vez que recordé el rostro exacto de Carolina (lo que supone la presentación y la entrañada entrada de ella), del color de sus ojos, lo único que conservo en la mente con precisión, seguramente lo imaginé. Las fotos de su cuerpo mutilado, en una habitación de cemento en la que podía distinguirse una suerte de canal que terminaba en una coladera, solo la fotografía de Carolina que me atreví a observar en los diarios fue una en la que ella se veía sonriente, sentada sobre una roca en la cima de una montaña. En paz. No hay en mi memoria una imagen más dolorosa que esa. Al final debe ser otro quien refiera el largo y monótono cauce -o quizás debo decir pausa- porque yo no estoy ni esto es un aquí ni hay nada que transcurra (…) ese otro soy yo, pero ya he pasado por eso antes y sé que no es posible. En mí no hay cuerpo ni cabeza... del alma no sé si se puede afirmar algo. No hay nada salvo una ventana y un silencio y con eso es imposible hacer algo».

Es decir: un final de como si se quisiera que las palabras driblaran a la muerte.

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