Entender lo incomprensible

Entender lo incomprensible

Un libro que trata sobre la problemática de la identidad y que fue galardonado con el Kirkus Prize de hace dos años |

SANTIAGO AIZARNA

Aquella figura de aquella persona tan cuidadosamente esperada y ahora tan minuciosamente observada por ella, con tanta curiosidad y hasta morbo como resultaba ser natural tratándose de quien se trataba, o era así porque aportaba, hasta con solamente su imagen personal, unas cuantas contradicciones a sus esquemas familiares, recuerdos siempre permanentes hasta a distancias de años, una serie de contradicciones a las que se enfrenta con temas variados y modo rotundo junto con audaz y ágil pluma.

Lo cuenta de esta manera su autora, Susan Faludi (Nueva York, 1959) en la página 32, de esta su novela, a la que, desde su comienzo se le ha querido dar un tono de familiaridad por ambas partes: la autobiográfica por parte de ella, en la que toca y recorta sus relaciones con su padre, ese Steven Faludi, ahora Stefánie Faludi que, a sus setenta y tantos años, cambió de sexo en un quirófano de Tailandia, y con el que no tenía ningún trato desde hacía muchos años, un hombre que, como se nos dice en la contraportada, «estaba acostumbrado a los disfraces y a cambiar de nombre. De pequeño se llamaba István Friedman y se vestía de mujer. Judío en la Hungría aliada de Alemania, se disfrazó de fascista para salvar a sus padres de una muerte segura. Fingió ser cineasta para que el partido comunista húngaro le permitiera viajar por Dinamarca, y, gracias a sus conocimientos de fotografía, pasó una larga temporada en Brasil. Luego emigró a Estados Unidos, donde se llamó Steven Faludi, conoció a la futura madre de Susan y trabajó para agencias de publicidad retocando las creaciones de grandes fotógrafos. Ya divorciado, se desentendió de su familia y volvió a Hungría: añorante de los tiempos imperiales, vota a los partidos de derecha y sueña con no haber sido judío nunca, un poco como Hans Christian Andersen, su escritor favorito. El reencuentro con su hija le obligará a mirar de frente el problema de su doble, triple o cuádruple personalidad».

En esa antedicha página 32, en donde la realidad agrandará los perfiles como si mirara con ojos de zoo, se nos dice: «En el extremo de la cola divisé un perfil conocido con frente despejada y hombros estrechos. La figura estaba apoyada en un carrito de equipajes vacío. No recordaba que tuviera tanto pelo y el de ahora era más claro, de un rojo henna. Vestía jersey rojo de trenzas, falda de franela gris, zapatos blancos de tacón y pendientes de perlas en las orejas. Se había quitado el bolso blanco del hombro y lo había colgado de un gancho del carrito. Lo primero que pensé, me da vergüenza decirlo, fue: ninguna mujer haría eso.—Bueeeno —dijo mi padre cuando me detuve ante ella.

Tras titubear un poco, me dio unos golpecitos con la mano en el hombro. Nos abrazamos con torpeza. Sus pechos -125C, según me informó más tarde- se clavaron en los míos. Eran rígidos, me parecieron más unas almenas que unos pechos y me sorprendí de mi propia inflexibilidad. Acababa de aterrizar y ya estaba haciendo juicios críticos. Como si la forma de llevar un bolso fuera un rasgo biológico. Como si no hubiera multitud de mujeres «auténticas» que iban por ahí con implantes de silicona. ¿Desde cuándo me había vuelto esencialista?».

Se suceden una serie de noticias sobre caravanas y coches que el viejo padre va contando a su sorprendida hija, mientras que ella intenta interrumpir toda esa cascada de minucias reclamando, cuando aún no sabe ni siquiera cómo llamarlo, que «--Papá, Stefánie, ¿cómo estás? Quisiera... —Pero mi deseo se perdió entre los recovecos de mi incoherencia», mientras seguía el padre hablando de esas sus minucias para la hija que se va fastidiando más y más, pero al mismo tiempo recargando, sin duda sin ella saberlo como ocurre en tales ocasiones que ese proceso de evasión coloquial entre ambos, tan frustrado, va recargando las pilas para un estudio en profundidad como lo luego se seguirá, un encuentro entre padre e hija en el aeropuerto de Budapest.

Hay muchas historias, con don, gracia y potencia contrastables en este libro que referencia aspectos muy variados sin fallar nunca a esos tipos de juego de observación, estudio, intrusión en la vida de los personajes pero también en el vivir y en el obrar, una historia de la misma nación húngara, en una escritura de reto: como ella escribe en el prólogo, «de una idea (que) surgió de un agravio, el sufrido por una hija cuyo padre había huido de su vida. Iba en pos de un burlador de la ley, de un astuto evasor de responsabilidades que se había saltado muchas cosas: deberes, afectos, culpabilidades, arrepentimientos. Yo preparaba una acusación, acumulaba hallazgos para presentar una demanda. Pero en cierto momento del proceso, el fiscal se convirtió en testigo. Lo que presencié era inasible. Durante toda su vida mi padre había recurrido a múltiples reinvenciones, había hecho gala de muchas identidades». Y, ahí estaba el reto, expresado por boca de su propio padre: «Escribe mi historia», me dijo, o más bien me desafió (...) No era mi estilo. Sin embargo, recogí el guante con determinación y con intenciones propias.

A pesar del ofrecimiento, mi padre siguió siendo una persona escurridiza. Nuestra colaboración fue casi todo el tiempo como el juego del gato y el ratón, un juego en el que el ratón solía ganar. Al igual que aquel otro húngaro, Houdini, mi padre eras un maestro de la fuga. Yo, por mi parte, no dejaba de buscar».

Un buen pugilato de variada biografía familiar que depara al lector unas muy interesantes páginas de análisis, criterios, historias parentales, etc. Es libro escogido escogido entre los diez títulos del año por The New York Times y quedó finalista del Pulitzer.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos