Iñaki Uriarte (autor de 'Diarios'): «Hay mucho de coquetería en la autocensura»

El escritor Iñaki Uriarte, durante la entrevista, en la casa familiar Toni Etxea del barrio donostiarra de Ondarreta/
El escritor Iñaki Uriarte, durante la entrevista, en la casa familiar Toni Etxea del barrio donostiarra de Ondarreta

El escritor cierra con la tercera entrega de sus celebrados 'Diarios' una breve pero fulgurante carrera literaria y anuncia que no publicará más

ALBERTO MOYANOSAN SEBASTIÁN.

Elogiados por Antonio Muñoz Molina o Enrique Vila-Matas entre otros, los dos primeros volúmenes de sus 'Diarios' (1999-2004 y 2004-2007) se convirtieron en un pequeño secreto a voces que se propagó de lector en lector y de paso, se llevaron algunos galardones, el Euskadi de Ensayo 2011, entre ellos. Ahora, con la publicación del tercer tomo, que sale mañana a la venta, Iñaki Uriarte (Nueva York, 1946) cierra un círculo en el que ha dado cuenta de los pequeños acontecimientos que han salpicado doce años de su vida y de algunas de los seísmos que sacudieron el país. Por el camino, asegura, también perdió la inocencia literaria. Nacido en Nueva York, con una infancia en la Donostia de Ondarreta y desde hace muchos años vecino de Bilbao, este heterodoxo que nunca ha trabajado se despide de sus lectores en 'Diarios III' (editorial Pepitas de Calabaza) para replegarse otra vez en la intimidad, en busca de la escritura perdida.

-Resulta un poco intimidante entrevistarle porque asegura que nunca se ha quedado satisfecho de las que le han hecho.

-Pero de lo que he dicho yo, no de lo que me han preguntado. Al escribir, lo meditas y lo preparas más, pero yo no hablo bien, ni puedo argumentar.

-¿Empezó a escribir con la secreta esperanza de no publicar nunca?

-Empecé a escribirlos sin idea de publicar. Por una serie de circunstancias, en 1999 me encontré con que tenía tiempo libre y, por otro lado, tuve que dejar de beber por prescripción médica. Quería seguir apuntando cosas para que no se me olvidara escribir y quería hacerlo en primera persona, desde Montaigne a Pla, pasando por Renard.

-Lo pregunto porque trata a los escritores vivos como si estuvieran muertos y a los muertos, como si aún vivieran.

-¿Pero tan mal los pongo? Porque tampoco hago grandes elogios. Bueno, es que todo esto lo escribía exclusivamente para mí y así fue durante un par de años. Luego, comencé a enseñárselo a un par de amigos de Bilbao, a los que les gustó. Me impuse como disciplina escribir diez folios al mes. Al cabo del año tenía 120 y luego reducía a la cuarta parte porque me gusta mucho corregir. Uno de estos amigos se lo enseñó a un editor que lo quiso publicar, pero todo esto sucedió nueve años después de haber empezado a escribir.

-¿Hasta qué punto condicionó su relación con los demás la publicación del primer volumen?

-No he notado mucho, más allá de algún comentario en plan «oye, esto para el diario», lo cual es un error total porque cada uno ve el mundo desde su punto de vista. Por lo tanto, lo que para uno podría ser una anécdota buenísima para el diario, tú la has pasado por alto porque te ha parecido una minucia. Sí me ha pasado que alguien a quien pensaba que le estaba poniendo muy bien se ha enfadado mucho.

-Es un tanto insólito el caso de un dietarista que no es a la vez escritor.

-Sí, en España no hay tanta tradición de biografías, autobiografías o diarios como en Inglaterra o Francia. En los últimos veinticinco años han aparecido más, pero suelen ser escritores. Lo mío es un caso excepcional por dos razones: porque son diarios de un señor mayor, no de un adolescente, y porque no soy poeta, ni novelista. «¿No ves que es un suicidio editorial?», le dije a editor. Pero insistió y le dejé probar. Salió bien, al menos no se ha arruinado.

-Muchos los escritores le han dedicado encendidos elogios.

-Y curiosamente, también gente de lo más normal, que no lee casi nada. Es una de las cosas que me han chocado: el tremendo abanico de personas que ha disfrutado de la lectura de los diarios, desde anarquistas catalanes hasta unos marqueses o gente de alta alcurnia.

-Quizás los escritores no le perciben como competencia, ¿de ahí los elogios?

-Mucho de eso hay también. Pienso que el hecho de ser un tipo anónimo y desconocido ha funcionado en ese sentido. Por ejemplo, es muy raro que Antonio Muñoz Molina haga un superelogio de otro novelista español y, sin embargo, puso por las nubes los 'Diarios'. Todo esto no lo entiendo porque yo no me considero escritor, nunca había escrito más de dos folios seguidos. Mi objetivo inicial era escribir treinta folios con mi voz personal.

-¿Cuesta más mostrarse sincero o construirse una máscara?

-La esencia del diario es el monólogo. Es curioso que esto pueda interesar en un momento en el que el mundo está lleno de blogs, de Facebook, con todos hablando. Sin embargo, en las redes sociales están hablando hacia afuera; en cambio, cuando lees un diario pillas al autor hablando para sí mismo y eso, curiosamente, proporciona más sensación de cercanía que el diálogo que suponen las redes sociales. Una página de Facebook se parece al diario: son entradas cortas, variadas, democráticas, los 'compartir' pueden ser como las citas que aparecen en los diarios. Sin embargo, no ofrecen ese efecto de intimidad, como si estuvieras leyendo al autor por encima del hombro, a ver qué escribe.

-¿Se autocensura mucho?

-Algunas cosas, sí. Básicamente, para no meterme con alguien, pero al final en la autocensura hay mucho de coquetería. Yo quito y quito, y además disfruto. Mi mayor gozo es quitar, una línea o una página, y ver que ha mejorado. Un amigo me preguntó que criterio utilizaba para cortar y yo creo que es la coquetería. Si cuando me releo, no me gusto, lo quito. De alguna manera, sí que estás creando un personaje, aunque sea a base de eliminar cosas.

-Sin embargo, tampoco es autocomplaciente. O quizás esto forma parte de esa coquetería...

-A lo mejor es eso. No es una coquetería para quedar de maravilla, sino otra cosa. Mi sobrina me dijo que me retrataba más gracioso y chulito de lo que soy en realidad.

-Vamos, que es una máscara...

-Sí, al final a base de escribir, sí se va creando un personaje al que acabas siguiendo. No empiezas pensando en crear uno, pero acaba saliendo y terminas por adaptarte a ese tío.

-A lo largo de los tres volúmenes, hay temas recurrentes. Por ejemplo: el no haber trabajado en la vida. ¿Tiene mala conciencia?

-Claro... Es posible. Es que es una cosa un poco rara, bastante excepcional. Y sí es posible que tenga algún problema con ese asunto porque es verdad que sale constantemente. Ahora ya tengo edad de jubilado, pero cuando estaba en edad productiva y no trabajaba, ni lo consideraba como algo sagrado, ni la esencia de lo que debe hacer un individuo en esta vida resultaba raro. Y como ésa es la ideología dominante me afecta seguro.

-Se define como «un señorito rebelde». ¿Por qué «rebelde»?

-Por haber decidido no trabajar, por ejemplo.

-Eso es intrínseco a «señorito».

-No, no... ahora ni los aristócratas admiten que no trabajan. Al contrario: hasta los Alba dirán que han hecho cosas. Aquí no se salva nadie del valor sagrado del trabajo. Ahí estaría la parte «rebelde».

-¿Se considera un diletante?

-Sí, también me han llamado 'flâneur'. Yo me considero un semiculto que no ha profundizado en ninguna disciplina, pero tampoco es que tenga muchas aficiones, no soy un forofo de la pintura o de la música.

-¿Y un ególatra?

-Egoísta, no, pero de ensimismado, sí, demasiado. Ahora, con todo lo que rodea a la publicación de este libro, he acabado empachado de mí mismo. Sufro porque soy nervioso y la parte de ensimismamiento te lleva también a ser neurótico.

-¿Por qué ha decidido no continuar con la publicación de estos diarios?

-Esto se ha acabado. Son doce años, de los 52 a los 64. En cuanto publiqué el primer volumen, ya no pude seguir escribiendo en el mismo tono, el hecho de pensar que lo estaban leyendo... Me armé un taco tal que empecé a escribir tonterías. Tengo notas y notas que no valen para nada.

-¿Y no echa de menos escribir?

-Si yo quiero seguir escribiendo, pero sin publicar. A ver si consigo recuperar el espíritu original, más espontáneo y sabiendo que sólo lo van a leer dos o tres amigos. Ese pensamiento me libera porque he estado cuatro años escribiendo mal. De alguna manera, la publicación del primer volumen me alteró un poco. Creía que publicar sería rebasar mi nivel de incompetencia, pero no fue así en lo que respecta a la parte literaria; en cambio, emocionalmente, igual sí me situó en un nivel editorial en el que no quiero participar. Me pone nervioso y no estoy haciendo una carrera literaria, ni nada de eso.

-¿Le afectan las expectativas?

-Ahora ya no porque he terminado, pero claro, antes sí que me ponía nervioso. Tenía la sensación de que me quedaban tres años colgados -de 2008 a 2010- que había escrito sin intención de publicar y me preocupaba defraudar a los que les habían gustado las dos primeras entregas.

-También puede suceder que este tercer volumen le reporte nuevos lectores....

-Ojalá, eso sería muy bueno.

-¿Se ha vuelto más lacónico en su escritura?

-No lo sé porque no me he releído. Sigo cortando tres cuartas partes, quizás mal, porque igual escribía demasiado, pero al final si quedan unas cuarenta páginas por año en todos los diarios.

-Después de haber sido concebido en el Waldorf neoyorquino, ¿todo lo que ha venido después le ha decepcionado?

-Lo del Waldorf lo cuento porque me hace gracia, pero no voy a contestar, no sé...

-Pero, ¿le ha decepcionado la vida?

-La vida no me parece un regalo, ni un don de los cielos. Lo dejamos ahí.

-¿Insiste en que después de este tercer 'Diarios', no volverá a publicar?

-Mi intención es hacerme a la idea de que no voy a a publicar más. Me pone nervioso.