«El Koldo Mitxelena no se puede convertir en otro Tabakalera»

La reforma, que cerrará el centro durante dos años, provoca escepticismo y dudas entre los usuarios de distinto perfil

«El Koldo Mitxelena no se puede convertir en otro Tabakalera»
JAIONE ALONSO

El Koldo Mitxelena Kurturunea echará el cierre en septiembre de 2019 para volver con aires renovados dos años después, tiempo que durará las obras de la reforma. Estudiantes, investigadores, usuarios de los préstamos de libros o lectores de prensa miran con cautela esta renovación. «¿Dos años? Ya serán tres también», «No se puede convertir en otro Tabakalera», «Se va a perder el significado de lo que es una biblioteca que es estar en contacto con los libros», «Si cierran, ¿qué alternativa me van a dar?, son algunas de las quejas de los usuarios fieles del centro. Entre esta masa crítica, se cuela algún entusiasta: «El Koldo Mitxelena tiene aspecto de viejo» o «Ya necesitaba una reforma, está algo anticuado».

Son las 8.20 horas de la mañana. El Koldo Mitxelena abre a las 8.30. Pero fuera ya hay cola. La mayoría son jubilados que no perdonan ni un solo día la rutina de leer la prensa. La hemeroteca es el primer espacio del centro cultural que se llena. Tal es el aluvión que no es raro encontrarte con siete ejemplares de un mismo periódico. Bernardo tiene 72 años y acude desde su barrio de Amara tres veces por semana a leer la prensa y revistas especializadas de economía. «Si cierran, ¿qué alternativa me van a dar? Porque las bibliotecas de los barrios se quedan cortas. Lo único que veo más o menos similar son los bajos del Ayuntamiento pero eso puede ser una invasión», afirma Bernardo.

«Tengo 84 años y levantarme y llegar todos los días a las 8:30 aquí es mi rutina. Si cierran, lo dejaré de hacer. Van a romper mi costumbre», se lamenta Patxi Echeguia, quien se pregunta: «¿A dónde voy a ir? ¿Hay algún sitio? ¿Los bares? No me interesan». Al lado, una señora, que no quiere dar su nombre, hilvana una queja tras otra: «Dicen dos años, ya serán tres. Dicen nueve millones, ya serán doce. ¡No me hagas hablar!». Cerca se encuentra Esther Sánchez, que tiene 83 años y vive en una residencia de Intxaurrondo, donde es «imposible leer el periódico porque el que lo coge, se lo lleva a su habitación». «He leído que lo van a cerrar. Lo que no he leído es que mientras este centro se arregla, a qué sitio puedo ir».

MICHELENA

Estudiantes opositores

No todo el que viene al Koldo Mitxelena es usuario de avanzada edad. En la sala de lectura, los libros, apuntes y los ordenadores se agolpan encima de las mesas. No es el lleno absoluto de los estudiantes en época de exámenes, pero hay mucha gente concentrada en papeles y más papeles. Ane Alkorta y Ane Anza, de 28 años, están estudiando para oposiciones: la primera, para tramitación y administración de justicia; la segunda, para policía local. «Siempre he venido a esta biblioteca. Me he sacado la carrera y el máster aquí. Son tres salas pequeñitas muy acogedoras con mesas grandes. El Koldo Mitxelena es como mi casa para estudiar», asegura Alkorta. Anza afirma estar de acuerdo con la reforma «siempre y cuando la sala de estudio esté aislada del resto. Una persona que oposita, pasa muchas horas de estudio aquí, cualquier cosa te puede distraer y no sé si el concepto de espacios tan abiertos, es el más adecuado».

Yolanda Martínez casi le puede responder. Es estudiante pero esta vez se ha acercado a la biblioteca a entregar un libro en préstamo. «He leído que con la reforma se quiere parecer a las bibliotecas europeas del siglo XXI. ¿Para qué? Son todas muy ruidosas: diáfanas, espacios abiertos... Hay muy pocos espacios en la ciudad que te aseguren un lugar de silencio. Aquí se estudia fenomenal, por ejemplo en Tabakalera yo no puedo».

A Ander Zulaika, de 53 años, le apasiona leer, tanto que se pasa todas las mañanas, de lunes a viernes, cuatro horas en la sala de lectura. Apura unos cuentos escritos por el Nobel de Literatura John Maxwell Coetzee y asegura que le parece bien una reforma pero no entiende «las ideas que se están lanzando. Lo que ellos buscan es más un lugar de esparcimiento, que un sitio cultural. Que la planta baja se vaya a convertir en una gran plaza puede perder el significado de lo que es una biblioteca, que es estar en contacto con los libros. Y si te gusta leer, el Koldo Mitxelena es el sitio». «Es puro espectáculo. Hacer una inauguración dentro de dos años, sacarse una foto y da igual que se pueda o no leer. He visto las imágenes del anteproyecto y sí, son bonitas, pero el objetivo de la biblioteca o el de un centro cultural ¿cuál es?», se pregunta Ander. En la misma sala, Igor Pérez, otro lector de 39 años, asegura que «claro que este centro necesita una reforma pero no se puede convertir en otro Tabakalera».

«Se ve un poco anticuado»

Por los pasillos, a ambos lados de la recepción, cuyas paredes están forrados de libros, hay mesas corridas donde la gente lee, estudia o está sumida en la pantalla de su ordenador. Entre ellos, un americano de Colorado de 33 años, Jesse Borrell. Lleva dos años en Donostia, es fotógrafo y acude diariamente al Koldo Mitxelena para aprovechar el wifi y realizar vídeos sobre su pasión: los viajes. Es casi la voz discordante en un público que no entiende la renovación: «Si comparas este centro con Tabakalera, tiene aspecto de viejo, veo muy bien la reforma». En este misma línea se pronuncia Mikel Aramburu, de 35 años: «Me acabo de enterar ahora mismo que se cierra, pero si hay partes que necesitan reforma, se ve un poco anticuado».

En el segundo piso se encuentra la sala de consulta del fondo de reserva, una de las señas de identidad del Koldo Mitxelena. El silencio es sepulcral. Hay tres persoans. Una de ellas un señor de 74 años que prefiere omitir su nombre y que está investigando sobre el barrio de Egia. «Un cierre en sí no me dice nada. Lo que me preocupa es para qué. Soy escéptico y tengo dudas sobre la necesidad de realizar esta intervención, su argumentación y el alcance económico. Se dice que tiene ya 25 años, ¿es eso un argumento? Empezaron con 6 millones. Ya son nueve millones y aún no han terminado el proyecto. ¿Y si es más?», asegura este investigador quien recalca que «no se pueden convertir los edificios públicos en un modelo de consumo público».

En la infoteca hay diez ordenadores y los diez, ocupados. Los teclados y las pantallas no tienen descanso. La gente que acude a este espacio se siente, exprime sus 30 minutos y se levanta. «Yo no tengo en casa internet porque no me lo puedo permitir», reconoce Laura González, de 36 años. Laura habla atropelladamente porque pronto tiene que ceder su turno y necesita terminar un álbum de fotos que está haciendo para regalar: «Algo he oído de que van a cerrar este centro. Me tendré que buscar otra liburutegi. Habrá cosas que se puedan mejorar pero, ¿son necesarios dos años?».

Las reacciones

«Todos los días llego a las 8.30 para leer la prensa. Si cierran, ¿a dónde voy? Van a romper mi costumbre» Patxi Echeguia, 84 años

«Si comparas el Koldo Mitxelena con Tabakalera, tiene aspecto de viejo, veo muy bien la reforma» Jesse Borrell, 33 años

«¿Para qué parecernos a las bibliotecas europeas del siglo XXI? Son ruidosas y necesitamos silencio» Yolanda Martínez, 26 años

«He leído que lo van a cerrar, lo que no he leído es, mientras lo arreglan, a qué sitio puedo ir» Esther Sánchez, 83 años

«Me acabo de enterar ahora mismo que se cierra pero algunas partes sí necesitan renovación» Mikel Aramburu, 35 años

«Un opositor necesita silencio, la reforma estará bien si la sala de estudio está aislada del resto» Ane Anza, 28 años

«Se va a perder el significado de que lo que es una biblioteca: estar en contacto con los libros» Ander Zulaika, 53 años

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