UN SOPLO DEL ABANICO DE MEHLDAU

CARLOS RODRÍGUEZ VIDONDOCRÍTICA

E l clima durante el día de ayer era de auténtico bochorno. Tras varios días de querer llover y no poder, la humedad en el ambiente era densa y pegajosa. Mientras, en la larga cola que se formó frente a las puertas del Kursaal, nadie parecía percatarse de la cantidad de caras conocidas que habían decidido acercarse a una cita verdaderamente especial. Ver a Brad Mehldau y compañía merecía sudar la camiseta. Por eso, por allí estaban, entre otros, el joven Salvador Sobral, que acudía a recibir inspiración para su espectáculo de hoy en la 'Trini'; también pudimos ver al pianista donostiarra Iñaki Salvador, con una sonrisa de oreja a oreja tras su bonito homenaje a Laboa en el Victoria Eugenia; Fernando Trueba, terminada su conferencia sobre cine y jazz en Tabakalera, también decidió caminar río abajo para escuchar al gran genio del piano jazz actual. Dentro, en el auditorio, el amplio telón ocultaba lo que momentos más tarde íbamos a presenciar. Al fondo se escuchaba a un afinador poniéndole la guinda al piano Steinway que domaría minutos después Mehldau. Y aún cuando el público no había terminado de encontrar el número de su butaca, dio comienzo el show.

Salieron al ruedo los tres componentes y el pianista comenzó con unas pinceladas clásicas que pronto evolucionaron hacia la mezclada paleta de colores del jazz. Los tres instrumentos se habían colocado muy juntos, como en una pequeña sala de ensayo, y esa solidez permitía al trío escucharse sin necesidad de levantar la vista. El sonido era compacto, pero la ligereza que emanaban contrastaba impecablemente con el calor húmedo del exterior. Por ello Mehldau ni había necesitado quitarse aún la chaqueta. Spiral, el primer tema de su nuevo disco Seymour Reads the Constitution! (Nonesuch Records, 2017) permitía un papel muy activo de cada uno de ellos, llevando por separado sus propias melodías casi a modo de un solo conjunto. Grenadier decidió esperar antes de echarse a caminar y dibujaba contramelodías perfectas mientras Ballard volaba ágil por encima de los platos y timbales. Mientras, Mehldau presumía de mano izquierda con un solo en el que era la derecha la que le tocaba acompañar con un afianzado ostinato.

Antes de empezar el tercer tema, que lleva el mismo título del álbum, un reguero de última hora entró para terminar de llenar las pocas butacas vacías que quedaban. Y cuando todos estuvimos cómodos, contrabajo y piano comenzaron a bailar una melodía a unísono, que ensalzaban a su vez las mazas de fieltro contra los platos de Ballard. Mehldau resulta simple y llanamente sensacional. Su capacidad técnica en ningún caso resulta pretenciosa, simplemente toca con la intención que cada nota le pide. Tan pronto resulta melodioso y sereno como, de pronto, provocador y diestro, dándose el gusto de tirar una progresión out y bebopera que debería de estudiarse en los conservatorios. Limpiaba cuidadosamente el teclado con una toalla entre canción y canción. Había que cuidar el marfil y el ébano de las notas blancas y negras. Sus dos amigos, lejos de cederle todo el protagonismo, se venían arriba con cada frase de blues y con el juego de pregunta-respuesta que ocurría entre ambas manos del teclista. Los cuatro solos de contrabajo de Grenadier se aplaudieron con energía y el de Jeff, que se tomó su tiempo, creció y estalló, y tras un gesto con la cabeza, la banda se reenganchó para la ronda final. Hubo sonrisas y complicidad, baladas y swing, tradición y Beatles. Y por ello, el resultado fue un público entregado y en pie que obligó a este triunvirato del jazz a salir para bises hasta dos veces más. Cerrar el show con el acorde de novena aumentada de Hendrix fue demasiado para muchos, y las caras de emoción y asombro por los pasillos del auditorio tan sólo desaparecieron al empaparse de nuevo con el denso ambiente de la Avenida de Zurriola.

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