La noche de los valientes

JUAN G. ANDRÉS

Un aguacero pertinaz e inoportuno deslució la jornada histórica del Escenario Verde, que el viernes fue dominado por primera vez por artistas donostiarras. Amateur, el grupo formado por excomponentes de La Buena Vida, actuó al inicio y tuvo mejor suerte, pues los 5.000 asistentes -según datos de la organización- disfrutaron sin contratiempos de un pop refulgente y exuberante.

Sin embargo, Mikel Erentxun vio cómo la lluvia reducía a la mínima expresión los 8.000 espectadores reunidos al inicio en la playa. Y fue una pena, porque repitió el esquema -abreviado, eso sí- de su último concierto en el Victoria Eugenia. Entonces escribimos que la actuación tuvo instantes tan desenfrenados y apasionantes que sirvieron «para callar las bocas de quienes aún hoy miran a Erentxun por encima del hombro por su presunto edulcoramiento». Y hoy sólo podemos refrendar esas palabras.

Si en las noches previas Rubén Blades y Gary Clark Jr. lucieron sus habituales sombreros, el donostiarra no quiso ser menos e irrumpió en escena con uno de tipo vaquero. El inicio no pudo ser más contundente con 'Cicatrices', 'Penumbra' y 'Llamas de hielo', extraídas de sus últimos trabajos, pero no tardó en echar la vista atrás: primero abordó un clásico de su carrera en solitario, 'Mañana' y después interpretó 'A tientas', la menos obvia de sus visitas al cancionero de Duncan Dhu.

Ya en los primeros compases resultó visible el enorme partido que Mikel saca de su nueva banda, compuesta por Fernando Macaya (bajo), Karlos Aranzegi (batería) y Marina Iniesta (guitarra eléctrica); esta última no sólo es una estupenda instrumentista, sino que ejerce un bonito contrapunto vocal femenino. En apariencia, son pocos elementos, pero están tan bien conjugados que hace pensar en que hay ocho -y no cuatro- personas sobre el tablado, por no hablar del discreto recurso a los pregrabados en 'Ojos de miel'.

Los momentos de mayor intensidad y vigor volvieron a producirse cuando se enfundaron el traje rockabilly. 'Cartas de amor' fue, quizá, el mejor momento de la velada, con las guitarras de Erentxun e Iniesta echando chispas, un certero Macaya marcando el ritmo y Aranzegi apaleando los tambores con una baqueta en una mano y dos maracas en la otra. Tal fue la intensidad que se diría que esa canción abrió la espita del chaparrón: a partir de entonces el sirimiri perdió su condición de calabobos y empezó a mojar incluso a los más listos del arenal.

La ventisca y el chubasco se aliaron para vaciar la Zurriola. Sólo quedaron unos pocos cientos de «valientes» -así les llamó Mikel- que con paraguas, chubasquero o directamente a pecho descubierto, se mojaron al ritmo de 'El mejor de mis días', 'El amor te muerde los labios al besar', 'El principio del fin', 'Dakota y yo' y 'Corazones', nueva explosión rockabilly. Como reza la letra de 'Esos ojos negros', la lluvia devolvió «los buenos tiempos» de Duncan Dhu, de quienes también recuperaron 'Cien gaviotas', con un arranque que hizo sonreír a la remojada audiencia: «Hoy el viento sopla más de lo normal / las olas intentando salirse del mar». Antes habían sonado 'Jugando con el tiempo' y 'A un minuto de ti'.

Hicieron mutis a los 60 minutos de concierto pero regresaron con tres propinas: 'Veneno', 'El hombre que hay en mí' y 'En algún lugar', otro himno de Duncan que contó con la colaboración de Joseba Irazoki y su inconmensurable guitarra eléctrica. Así, de modo incendiario, concluyó la noche de los valientes, que estuvo sobrada tanto de diluvio como de épica.

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