La salada historia del salero

Detalle de 'Almuerzo holandés', cuadro de Floris van Schooten, s. XVII. Wikimedia Commons CC PD./
Detalle de 'Almuerzo holandés', cuadro de Floris van Schooten, s. XVII. Wikimedia Commons CC PD.

Este sencillo utensilio de cocina fue en otros tiempos una de las posesiones más preciadas de cualquier hogar

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

Piensen en el salero que tienen ustedes en casa. Uno siempre a mano en la cocina para guisar, otro de ésos cerrados con agujeritos para condimentar en la mesa, y si acaso, si se ponen ustedes estupendos, algún otro con molinillo incorporado para aquella sal rara que les regalaron en no sé dónde. Salvo excepciones, serán todos de hechura y materiales normales tirando a reguleros. Al fin y al cabo, se trata de recipientes en los que se guarda un ingrediente tan común que lo damos supuesto en todas las comidas: la sal.

Pero hubo un tiempo no tan lejano en el que no sólo la sal era un condimento precioso, sino también el utensilio en el que se servía. Testamentos e inventarios antiguos están llenos de menciones a saleros heredados de generación en generación o cuidadosamente custodiados debido al alto valor que tenían. El salero tenía importancia material y también simbólica: los que hayan leído por ejemplo los libros de' Juego de tronos' (inspirados en las guerras de poder medievales) recordarán cómo los huéspedes, una vez compartidos con ellos el pan y la sal, pasaban a ser teóricamente inviolables. La sal era símbolo de la amistad e idealmente igual que aquella era duradera, servía de conservante y mejoraba el gusto. En los banquetes se servía al principio del todo, con un salero por mesa o cada pocos invitados para que los comensales usaran de ella a su gusto. Como elemento de uso compartido la sal estuvo sujeta a estrictas reglas de protocolo y se consideraba de muy mala educación cogerla con los dedos, siendo lo recomendable meter en el salero la punta del cuchillo individual y espolvorearla así encima del propio plato.

Salero con sirena de oro, siglo XVI. Colección del Museo del Prado.
Salero con sirena de oro, siglo XVI. Colección del Museo del Prado.

Los primeros libros de buenas maneras y gastronomía no olvidaron mencionar el destacado papel que jugaban los saleros en las mesas regias. El 'Libro de guisados' del catalán Ruperto de Nola en su edición castellana de 1525 recuerda que «en la mesa lo primero que se debe poner es el salero, y luego los paños de mesa y los cuchillos, y esto acabado de lavarse el señor, y quitada la tobaja en que se enjugó las manos, con una muy gentil reverencia y rodilla bien hecha».

En las grandes casas la importancia de la sal se recalcaba con un recipiente acorde que podía ser de plata repujada, oro, cristal, madera tallada o porcelana. En el cuadro que abre este artículo pueden ver uno holandés en plata, o en la colección de artes decorativas del Museo del Prado, donde se guardan multitud de ellos. Muchos elaborados en la Real Fábrica de cristales de la Granja de San Ildefonso y otros, los más fastuosos, pertenecientes al famoso Tesoro del Delfín de Francia que heredó de su padre el rey Felipe V. A ese tesoro francés debemos la presencia en España de un exquisito salero con forma de sirena, en oro esmaltado y con rubíes y diamantes que probablamente adornó la mesa del primer monarca Borbón. El artífice de esta misma sirena estuvo influido por la obra del escultor y orfebre Benvenuto Cellini, autor del salero más famoso del mundo.

Salero de Benvenuto Cellini, siglo XVI. Wikimedia Commons CC PD.
Salero de Benvenuto Cellini, siglo XVI. Wikimedia Commons CC PD.

Cellini realizó entre 1539 y 1543 un fabuloso salero en marfil, oro y esmalte para el rey Francisco I de Francia en el que destacan las figuras de Neptuno y Ceres protegiendo un pequeño cuenco en el que se depositaba la sal. Robado del Kunsthistorisches Museum de Viena en 2003, este invaluable tesoro fue recobrado después de pasar tres años enterrado dentro de una caja de plomo en un bosque austríaco.

Fíjense que en todos estos casos hablamos siempre de saleros abiertos, con tapa o sin ella, pero de los que se cogía la sal directamente en vez de servir para espolvorearla como los que utilizamos hoy en día. Los saleros con agujeros nacieron en la segunda década del siglo XX, cuando la sal de mesa se empezó a vender refinada y mezclada con antiaglomerantes como carbonato de magnesio.