El factor humanoide

El factor humanoide
ILUSTRACIÓN IVÁN MATA

Treinta nuevos relatos de Luis María Alfaro en una exhibición literaria de cómo llegar a los adentros de las gentes en su vivir natural |

SANTIAGO AIZARNA

Creo yo haber oído (o leído) que, por la elección de personajes de sus relatos, por la honda introspección que exige la urdimbre narrativa de todos ellos, por el amplio panorama popular que abre en escenario en sus descripciones, por la sencillez expositiva de sus relatos al par que la hondura de sus adentros junto con las hablas meridianas que maneja con admirable sapiencia de la naturalidad precisa, alguien calificó la personalidad literaria del escritor Luis María Alfaro (San Sebastián, 1944) como 'el Chejov donostiarra', una denominación literaria que, libro tras libro, él ha ido asendereando y asentando, demostrando con contundencia aplastante, que sí, que era verdadera esa denominación, y, para mejor demostrarlo, he aquí que, como en esta ocasión ocurre, nos hace el preciado regalo de un nuevo libro, que, con este, ya son, al menos ocho: 'Ojos tristes', 'Las babosas', 'El poste de la electra' 2012),'Las hormigas cavadoras' (2013), 'Los árboles cenizos' 2014), 'El obispo ciego, y 25 más' (2015), 'Párpados' Novela, 2016, 'Stronher', 2017, y este último, 'El cajón del lavabo'» (2018), que recién ha salido a los escaparates de las librerías.

Un nuevo libro que contiene treinta relatos, cuyo título doy aquí, entre otras cosas porque creo que, por la misma expresividad del título, se barrunta, en cierto modo y en algunos al menos, gran parte de por dónde va la exuberante imaginación de este gran relator de la vida cotidiana, de sus 'momentos' (como él los llama), el hábil tejer de la anécdota con las costumbres, la inserción del factor humanoide en el amplio cosmos en el que se mueve, bien sea en el urbano, en el rural, en el hogareño, en el amistoso, etc, que, según se apunta en la solapa, estamos ante historias de ciudad, historias rurales, historias tamizadas de nostalgia, historias sin historia, más de sueños que de pensamiento, narradas con un estilo personal, voluntariamente anárquico que se añade que en estos 30 cuentos imperfectos dedicados a lectores que no tengan otra cosa mejor que hacer.

Alfaro se propone «con la desfachatez del narrador consumido por el desconcierto», y para completar este autorretrato, le ocurre lo que a todos los que se atreven a hablar de sí mismos, es decir, pecan de algo y de lo que aquí se peca es de humildad, sobre todo cuando se nos desemboca en sugerirnos que son «cuentos limpios, bastante irresponsables, de lectura fácil, críticos, donde tiempo y lógica se entrecruzan y donde los personajes orbitan cargados de humanidad, convencidos de que su voz, apenas un murmullo débil, jamás superará al silencio».

Ese sencillo pero a la vez abigarrado mundo alfaroano se despliega bajo el señalamiento de estos títulos: 'Planta novena', 'Retrato de muchacha enamorada', 'Un cúmulo de circunstancias', 'Un buen contable', 'En el banco', 'El penúltimo vagón del mercancías', 'Los borrachos en el cementerio', 'Por las nubes', 'Morrongo', 'La señorita Elisa', 'Leonor desaparecida', 'La liebre joputa', 'La baronesa', 'Las afueras de todos los sitios', 'El anónimo', 'Un agujero en el vientre', 'Han pegado a mi amigo por llevar un lazo azul', 'Cargado de muerte', 'Abuelo, despierta', 'Coja un ticket para ser atendido', 'Burbujitas de la tónica', 'La almorrana del señor juez', 'Las rusas volatineras', 'Ratones y lentejas', 'El patrullero 343', 'Fado milonguero', 'El muro', 'Siempre y para siempre', 'Sordera súbita' y El cajón del lavabo'.

Es cosa sabida que, a un buen lector le sobran todo tipo de acicates para leer, pero, a pesar de ello, es de agradecer que, a contraportada, bien como muestras del estilo en que van escritos estos, se apuntan trozos que redundan como en fragmentos antológicos cinco muestras de lo que se cuece dentro de esa olla creativa tan extendida en la que elabora el autor esas sus ideaciones que, en alguno de ellos, podemos encontrarnos que:

«Padre era sinónimo de castigo, había pensado más de una vez en qué bueno que una ola de siete metros lo engullera por Terranova y no se supiera más de él aunque luego en la soledad de su cuarto, variara de pensamiento al comprender que nada iba a ganar de huérfano, salvo más bofetadas, porque a su madre, de viuda, no le faltarían hombres que para hacer méritos le cruzaran la cara intentando meterle en cintura».

O, yendo a otro de esos ejemplos, encontrarnos con el episodio de cuando: «Abuela se dio cuenta que al limpiar lentejas apartaba las negras, y me dijo: Todo lo que no sea piedra y palo se come». Y la tía Irene sentencio: «En casa con hambre ninguno saciado se queda. Los tiempos pasados -añadió abuela- que al contrario de tía Irene era muy poco optimista han sido malos y los presentes peores y los que van a venir igual ni llegan. Así que déjate de remilgos que la que tiene bicho más alimenta».

Unos trozos de unos cuentos que señalan bien el rumbo seguido por la fabulosa imaginación polimórfica de su autor.

 

Fotos

Vídeos