Edgardo, de urna en urna

Alberto Moyano
ALBERTO MOYANO

Hoy haré una página celeste / trovadicta, trova ardiente», cantaba Silvio Rodríguez en su 'Trova de Edgardo'. Buenos días. En cada cita con las urnas toca evocar a Edgar Allan Poe, aquél que falleció días después de ser encontrado moribundo por una inmunda taberna de Baltimore, dicen que víctima del 'cooping', aquella práctica de la democracia estadounidense consistente en captar incautos por los bares y emborracharlos hasta la inconsciencia para, a continuación, llevarlos de colegio electoral en colegio electoral y hacer que votaran repetidas veces por un determinado candidato. Hoy, estas cosas están erradicadas. Resulta innecesario multiplicar al votante, cuando puedes clonarlo mediante mensajes de guasap. «Diríase que del amor impío de la libertad nació una tiranía nueva, la tiranía de las bestias o zoocracia», escribió con dedo acusador a la muerte de Poe, hace más de siglo y medio, uno de sus más eminentes lectores. Ahora, son los candidatos los que parecen ebrios y el electorado, el sonámbulo.

Edgardo, que nació con el núcleo dañado, escribió relatos y una novela a lo largo de su vida, se casó con su prima Virginia de trece años y cuando ésta enfermó de tuberculosis, la cuidó con mimo extremo, en medio de la pobreza y mientras se consagraba al cultivo de la pérdida en escritos como aquella 'Annabel Lee' a la que acabó cantando Radio Futura. Luego, Virginia murió y Poe sobrevivió apenas dos años porque, cuenta Julio Cortázar, «su conducta desde entonces es la del que ha perdido su escudo y ataca, desesperado para compensar de alguna manera su desnudez, su misteriosa vulnerabilidad». Supongo que todo esto resulta ya muy complicado en este mundo entregado al confinamiento de los comportamientos humanos en el sistema binario de unos y ceros. Del resultado de aquellas elecciones estadounidenses nada se sabe y mucho habría que enredar en la red de redes para averiguar qué repercusiones tuvo, si es que las tuvo, cosa dudosa. Por el contrario, aquel despojo humano hallado en una taberna de Baltimore sigue iluminando con la luz negra de su linterna. Admirado siempre y aún hoy, también despreciado. «Hoy recordé a Edgardo, aquel señor / fumador de amapolas, que era juglar».