«Denunciar los abusos del marido era la única manera para obtener la separación»

María Rosario Roquero, con un ejemplar del boletín de estudios sobre San Sebastián./MICHELENA
María Rosario Roquero, con un ejemplar del boletín de estudios sobre San Sebastián. / MICHELENA

La socióloga María Rosario Roquero analiza casos de violencia de género que se registraron en Gipuzkoa durante los siglos XVII y XVIII

Itziar Altuna
ITZIAR ALTUNASAN SEBASTIÁN.

En una sociedad que clama por la igualdad de derechos y oportunidades para la mujer, y condena sin paliativos la violencia de género, frases como «mujer, sólo callando evitarás los golpes», o «mujeres que os tratan mal los maridos, habéis de tratarlos con más caricia y buen semblante», chirrían más que nunca. Sin embargo, son recomendaciones que llegaban desde las autoridades tanto civiles como religiosas hace tres siglos. Algunas de estas citas son las que ha recogido la socióloga María Rosario Roquero en el estudio 'Los malos tratos en la Gipuzkoa de los siglos XVII y XVIII', uno de los siete estudios que se incluyen en el volumen número 51 del 'Boletín de Estudios Históricos sobre San Sebastián' que edita la Fundación Kutxa. Del trabajo se deduce que los malos tratos de aquella época no se denunciaban y quedaban en el ámbito familiar, dejando tras de sí un regusto de «algo habrás hecho».

La violencia doméstica ni era rara o inaudita, ni era considerada como tal. Se justificaba en relación a que era función del marido 'corregirla', y el de ella «cumplir su papel en el hogar, con sumisión y respeto total al papel dominante del varón». Roquero ha indagado en distintos archivos, tanto civiles como eclesiásticos, para recabar documentación, entre ellos el Provincial de Tolosa, los municipales de Errenteria y Hernani, y el de la diócesis de Pamplona, del que dependía la de San Sebastián. «Gran parte de la información la he recogido de los pleitos. En los civiles, solía ser el alcalde quien los presentaba ante el corregidor, pero no por malos tratos, sino porque esas situaciones provocaban una conmoción moral en la ciudad, un gran escándalo público que atentaba contra la moral», explica. En los casos de los pleitos religiosos, estos se sucedían cuando la mujer solicitaba separarse del marido. «Los malos tratos se asimilaban, y si se denunciaban era porque se quería obtener la separación. Era la única manera».

Sin embargo, las sentencias de los pleitos así como las recomendaciones de las autoridades tanto civiles como religiosas, siempre se encaminaban a empujar hacia la reconciliación y la vuelta a la convivencia en el hogar, exhortando a la mujer al perdón y la componenda. Y como ejemplo el caso de Catalina de Sasoeta, fechado en Hernani en 1695, que solicitó ante el Tribunal de Pamplona la separación de su marido, alejando «malos tratos y fornicación con sus criadas». Se probó que la trataba con mucha violencia, que tenía un hijo de una criada que se criaba en el valle de Oiartzun, que tenía relaciones con una mujer de la villa que la mantenía en secreto, y que también había dejado preñadas a otras dos criadas que pasaron por su casa. Pero al final, la demandante «se aviene a cohabitar con su marido, tras una suave amonestación sobre que debe guardar fidelidad y respeto a su mujer».

La influencia del clero

El estudio recoge también consejos que proporcionaban algunos moralistas como el padre Calatayud, que consideraba que tras los malos tratos del marido existía una «intención didáctica», por lo que recomendaba a la mujer callarse para evitar los golpes. Fray Jaime de Corella, en su manual en el que asesora a los confesores (1686), únicamente trataba los malos tratos desde el punto de vista masculino, y otro fraile, Fray Antonio de Guevara, exponía el secreto de la buena convivencia conyugal: «si quieren que sus maridos no sean traviesos, deben trabajar por no enojarlo». «El problema es que ellas tenían asimilado todo lo que se les decía desde la Iglesia. Era el cura quien desde el púlpito daba las directrices a seguir en cada pueblo. Y el cura es un hombre, que está convencido de que la unidad familiar es lo más importante, y todos los métodos son válidos para que no se rompa esa unidad. En el País Vasco los curas han tenido un poder increíble».

Uno de los aspectos que destaca María Rosario Roquero es el «apoyo vecinal» que recibían las mujeres que sufrían esos malos tratos, «tan diferente del frío desapego e indiferencia que reina hoy en día». La comunidad se involucraba de muchas formas, bien acudiendo a las demandas de auxilio, prestando testimonio en los pleitos u ofreciendo su domicilio y amparo a la maltratada. Sin embargo, existían profesiones más «propicias» para sufrir malos tratos o abusos, «en el caso de las criadas era habitual que el padre o el hijo mayor abusaran de ellas, y si se quedaban embarazadas eran despedidas. Entonces, sin poder volver a sus casas, muchas acudían a las alcahuetas y terminaban metidas en la prostitución».

«En el caso de las criadas era habitual que el padre o el hijo mayor abusaran de ellas»

En aquella época, los malos tratos tampoco entendían de clases sociales, aunque sí había diferencias en el apoyo que podía recibir la mujer maltratada. «Si tenía un padre o algún hermano con recursos económicos, era más fácil que las pudieran acoger, porque la mujer no podía estar sin título. Si se separaba de la tutela del marido, tenía que entrar a tutela del padre, de algún hermano o del convento». Porque tras la solicitud de separación, se procedía habitualmente al 'depósito' o traslado de la mujer a la casa de unos parientes, o al convento. En el caso de San Sebastián, la mujer que acusaba a su marido de maltrato solía ser 'depositada' temporalmente en el Convento de San Bartolomé «si ella era de clase acomodada, porque allí se les daba una celda con una criada, después de haber depositado una buena dote, por supuesto».

Otra de las cuestiones que menciona el estudio son los 'instrumentos' con los que los hombres repartían los golpes, y estos solían ser «los que tenían más a mano». Así, además de las recurrentes palizas, patadas, echar las manos a la garganta para asfixiarla o el 'arrastrarla por los pelos', en los casos recogidos por María Rosario Roquero se mencionan utensilios como sogas, azadas, hachas, el biricú (que era el cinto y correas de donde pendía la espada) o la escopeta de caza. «Raramente la amenaza con arma de fuego o espada». Y en la mayoría de las ocasiones, el alcohol estaba detrás de estos casos. «Hay incluso actas de las Juntas Generales que dicen que el alcohol causa muchos problemas en las casas».

Cuestionada sobre el peso y la autoridad que tenía la mujer vasca en su casa o caserío, Roquero cree que «se ha mitificado mucho la figura del matriarcado. Es cierto que judicialmente la mujer tenía derecho a heredar, y se quedaba con el caserío, pero hasta el siglo XIX, con la llegada de la industrialización, no se rompió con esa unidad tan cerrada de núcleo vasco-católico-rural. Fue entonces cuando se produjo un cambio de mentalidad muy grande, también en la mujer».

El estudio sobre 'Los malos tratos en la Gipuzkoa de los siglos XVII y XVIII' se suma a otros publicados por esta socióloga, como 'Las costumbres funerarias en San Sebastián', o 'La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas. La mujer guipuzcoana y la emigración a ultramar (siglo XVIII)', donde ha querido indagar en la figura de la mujer.