La mancha humana

Alberto Moyano
ALBERTO MOYANO

Uno puede ir a la librería o a la biblioteca pública de su barrio y hacerse con las confesiones del arquitecto de Hitler, Albert Speer, varios libros de exmiembros de ETA de toda condición, las divagaciones del comandante de Auschwitz o los recuerdos de insignes franquistas, pero las memorias de Woody Allen no encuentran editor. La cuádruple negativa de otros tantos grandes sellos editoriales no obedece a motivos morales o al convencimiento de que el director de cine sea culpable de algo, sino al pavor en estado puro.

En un episodio que recuerda al que vivió Asier Merino cuando buscó distribuidor para su película 'Asier ETA biok' y se encontró no ya con el rechazo, sino con la rotunda negativa a ver siquiera la cinta, los directivos editoriales han rehusado leer el manuscrito de Allen, se supone que por temor a que el conocimiento implique algún tipo de mancha. Así, esta lamentable situación se levanta sobre la abolición por partida doble de cualquier consideración previa: 1) ni Allen está juzgado, mucho menos condenado, por delito alguno; y 2) ni su libro resulta impublicable por su contenido, por otra parte, desconocido dado que quienes tuvieron la oportunidad de examinarlo declinaron amablemente la invitación.

A la censura política y también a la económica, se ha venido a sumar la santurrona, ejercida por el sector más belicoso del activismo digital, que se ha empeñado en que nadie pueda leer aquello que ha sentenciado que no debe ser leído. El siniestro Jorge de Burgos de 'El nombre de la rosa' deja la Abadía y se pone al teclado para informar a quien corresponda de que toda osadía recibirá su castigo, en forma de implacable boicot que, de ser necesario, se llevará por delante a cualquier editorial que ose desafiarle, plantilla de trabajadores incluida. Desde ese punto de vista, el terror de las empresas que han rechazado el manuscrito resulta tan lamentable como comprensible.

Lo que ya no resulta admisible es que el colectivo censor reclame para sí la condición de la gente sencilla. Sus componentes son el Poder, uno de ellos, pero con mayúsculas y determinante. Hasta el punto de torcer el brazo a cualquiera, con todas las ventajas del censor y sin ninguno de los inconvenientes. Al fin y al cabo es un trabajo que muchos anhelan, pero nadie reivindica para sí por vergonzante. Cuando ya ni siquiera es necesario proferir amenazas para que tu voluntad se cumpla, cuando has extendido con tanto éxito el miedo que consigues que los demás adivinen tus exigencias sin necesidad de que los formules de forma explícita y, en consecuencia, se entregan a la autocensura es que has alcanzado la forma suprema del Poder, que no tiene otro nombre que el de Tiranía. Hace 35 años el semanario Stern publicó los supuestos diarios de Hitler y entonces el escándalo pivotó sobre el hecho de que resultaran falsos. Hoy el auténtico problema sería que fueran verdaderos.