De goles, planos secuencia y vómitos

Se habla más de Un grand voyage vers la nuit del director chino Bi Gan que de The House that Jack Built, la película de Lars Von Trier

Lars von Trier, junto a Matt Dillon y Siobhan Fallon en Cannes. /EFE
Lars von Trier, junto a Matt Dillon y Siobhan Fallon en Cannes. / EFE
BEGOÑA DEL TESO

Algo debe de estar cambiando en este mundo (o en estos mundos) cuando a pesar de que en el Grand Auditorium Lumière nos hemos puesto de pie para recibir a Lars von Trier y le hemos aplaudido durante diez minutos haciéndole ver que le echábamos de menos desde que en 2011 le declararon persona non grata por haber hecho una broma sobre Hitler que los talibanes de lo políticamente correcto no consideraron… graciosa, resulta que al final del día y a lo largo de la mañana siguiente se habló y se habla más de Un grand voyage del director chino Bi Gan que de The House that Jack Built, la película del maestro de Melancholia y Anticristo. Por mucho que además de significar su retorno a las pantallas de la Costa Azul viniera rodeada de ese pálpito siempre bastante falsario de que era obra tan mega gore que el montador tuvo que abandonar su trabajo unas cuantas veces porque ni su estómago ni su alma resistían. Por mucho que se recomendase situar ambulancias cerca de la sala de proyección para atender posibles crisis nerviosas y estomacales. Vieja publicidad para un filme regado de vodka, sangre, infierno, sexo y referencias a William Blake, Glend Gould y Dante, sobre todo Dante.

A Lars, del que nunca sabremos si es un fabuloso pequeño gran cabrón o un enfermo mental (grave) con una cámara magnífica en la mano o en los ojos, se le ama o se le detesta simultáneamente. Pero esta vez como que nos importa relativamente poco la duda de si se ríe con nosotros o de nosotros. ¿Y por qué no importa? Porque la maravilla se escondía en las salas Debussy y Bazin de la sección Un Certain Regard y consistía en dos horas de mil encuadres perfectos y un plano secuencia de casi 50 minutos que, a fuer de ser sinceros, era lo que en realidad debía haber provocado síncopes y arrebatos de éxtasis porque es de una fineza técnica tal y de tan alto poder de fascinación que casi obliga al espectador a levantarse funámbulo de su butaca para acercarse a la pantalla e intentar tocar a sus criaturas pues cuando Bi Gan (aplaudido hace un tiempo en Locarno y celebrado por Guillermo del Toro por su asombrosa Kali´s blues) usa el 3D todo parece salirse de ahí, de la pantalla.

Dicen que más de 100 personas abandonaron hiperventilando la proyección del filme de Trier. Serían gentes que no conocen al Haneke de antes. O al Gaspar Noé de siempre. O a nuestro Quentin el Taranto. Pero nadie pareció inmutarse en exceso por esos 100 casos de miedo y asco. Todo el mundo estaba en Cannes hablando de Un grand voyage vers la nuit que era lo importante.

Eso y el final de la Europa League que abría todos los periódicos de la región de los Alpes Marítimos-Provenza y hacía la primera de 'Libération'. Entre otras cosas, porque al match acudieron Macron y Mélenchon que consideraron Lyon un bello y provechoso campo de batalla política. Ganó, lo sabemos, el Atlético. Con dos goles de Griezmann. De eso también se hablaba, cierto y bien largo, en los bistrós de un Cannes lluvioso con cielos de tormenta y estallidos de sol.

 

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