... Y a Chillida lo dimos por descontado

La accesibilidad a emblemáticas obras de Chillida nos da la errónea sensación de que ya conocemos lo esencial, pero hay mucho más por descubrir y está en Chillida-Leku

La 'Mesa Luca Pacioli', durante un traslado. /CHILLIDA-LEKU
La 'Mesa Luca Pacioli', durante un traslado. / CHILLIDA-LEKU
Alberto Moyano
ALBERTO MOYANO

Cuando Chillida-Leku abrió sus puertas allá por septiembre de 2000, Tabakalera no existía, internet era sólo la intuición de lo que llegaría a ser, no sabíamos ni vagamente en qué consistía ser una Capitalidad Cultural y ETA seguía en activo hasta el punto de que quiso hacerse presente en el acto inaugural, por fortuna sin éxito. Cuando diez años y tres meses después Zabalaga cerró sus puertas obligado por las adversas circunstancias económicas, el Centro Internacional de Cultura Contemporánea de Atotxa se encontraba inmerso en una de sus recurrentes crisis de 'repensarse', el ciberespacio ya era una realidad que reinaba y nos estábamos inventando Donostia 2016, por entonces aún tan sólo una posibilidad. La inauguración provocó aquí un gran despliegue informativo que se tradujo en páginas y más páginas y, en el caso de este periódico, en un flamante suplemento. En Alemania editaron un lujoso libro en el que se recopilaban todas las noticias sobre la apertura del centro de Zabalaga, así como sobre el traslado e instalación frente a la Cancillería germana de la escultura 'Berlín'. Esta escultura de Chillida vino a ocupar el lugar que pertenecía a una obra de Henry Moore cuando la capital alemana se encontraba en Bonn. Sirva como ejemplo ilustrativo de la repercusión internacional que provoca la evocación del nombre Eduardo Chillida más allá del ámbito local, algo al alcance de muy pocos artistas de nuestro entorno.

Tras una larga historia de desencuentros, ilusiones y frustraciones, Chillida-Leku regresa ahora al encuentro de un público que quizás no halló en aquella primera tentativa, soñada y diseñada por un creador -y su compañera- cuyo pensamiento transcurría en las antípodas del artista-contable que prolifera hoy en día en los mercados del arte. En el País Vasco y en especial en Donostia, a Chillida se le ha dado por descontado. La accesibilidad a su obra pública, con mención especial a esos Peines del Viento que han convertido lo que era un paraje inhóspito en uno de los más fotografiados de la ciudad, ha transmitido la muy falsa sensación de que ya conocíamos en esencia el conjunto de su obra. Error. Es imposible comprender la magnitud del desafío que encierran sus esculturas sin repasar una trayectoria jalonada de preguntas, a veces sin respuesta, que constituye su trayectoria.

Esta esperada 'resurrección' del centro de Zabalaga es un buen momento para recordar lo evidente: quienes hemos crecido en este país guardamos una deuda de gratitud con Eduardo Chillida -o si se prefiere, con su exuberante creatividad- por cuanto sus obras han educado nuestra sensibilidad estética. Cuando nos acercamos al arte, en especial al contemporáneo, lo hacemos en buena parte desde la mirada de Chillida. A favor o en contra, pero desde su mirada. En apenas tres meses, el museo de Zabalaga estará aquí y esta vez debería ser para quedarse, pero que nadie se engañe: que así sea dependerá en buena parte de nuestra inquitud cultural, no sólo de la afluencia de turistas. Chillida-Leku está ya otra vez en nuestras manos.