La obra magna de Verdi

El decano de Casa Verdi. El tenor Beniamino Trevisi, de 93 años, se arranca con un aria en uno de los salones de la residencia./D. MENOR
El decano de Casa Verdi. El tenor Beniamino Trevisi, de 93 años, se arranca con un aria en uno de los salones de la residencia. / D. MENOR

El genial compositor italiano costeó en Milán una residencia para músicos ancianos con pocos recursos en la que conviven hoy con jóvenes estudiantes. «Es el paraíso de los artistas», dice un tenor de 93 años

DARÍO MENOR

Mi obra favorita es la casa que he hecho construir en Milán para acoger a los viejos artistas del canto no favorecidos por la fortuna o que no poseían de jóvenes la virtud del ahorro. Pobres y queridos compañeros de una vida». Faltaban pocos años para su muerte en 1901, a los 88 años, y el compositor Giuseppe Verdi, en su correspondencia con un amigo, echaba la vista atrás para valorar su larga y prolífica carrera. Era ya un gigante de la música, un personaje conocidísimo en Italia y en el mundo que, sorprendentemente, no eligió entre sus mejores creaciones óperas como 'Aida', 'Nabucco', 'Rigoletto' o 'Il Trovatore'. Optó en cambio por la institución que había creado en la capital lombarda para hospedar a músicos ancianos con pocos recursos. No escatimó en gastos al levantar un elegante edificio en estilo ecléctico decorado por los mejores artesanos de la época. Verdi no quería que fuera un hospicio, sino una casa en la que quienes allí vivieran fueran considerados «huéspedes». Para cubrir sus gastos, legó a la casa tanto los derechos de autor de todas sus obras como otros muchos de sus bienes.

Renato Franco Perversi, violinista de 87 años, es uno de los más de 1.000 «huéspedes» que han pasado por esta peculiar residencia. Abrió sus puertas en 1902, un año después de la muerte del compositor, que no quería recibir felicitaciones en vida y por eso pidió que esperaran a su fallecimiento para la inauguración. Conocido como Casa Verdi, este proyecto único en el mundo lleva funcionando casi 120 años sin recibir dinero público. «Aquí estamos muy bien. La música nos une a todos. Hay que darle las gracias a Verdi. A nadie se le ocurrió hacer el bien de esta manera a personas como nosotros, que después de las vicisitudes de la vida tienen dificultades para encontrar un lugar adecuado al llegar a la vejez», dice Renato Franco con los ojos llenos de lágrimas de agradecimiento a Verdi. Aunque está ya medio sordo y medio ciego, este violinista, que formó parte de la orquesta de La Scala de Milán, el teatro de la ópera más importante del mundo, consigue emocionar cuando suena su instrumento. Lo define con ironía como «un trozo de madera» al que ha pasado la vida «clavado» desde que su padre le obligó a estudiar música. «No me arrepiento, he viajado por Italia y por América Latina gracias al violín. Y conocí a mi mujer en un concierto del coro del que ella formaba parte».

La señora también vive en Casa Verdi, pero se encuentra en la zona medicalizada, dedicada a los residentes que no son autosuficientes. Son unos 25 del total de 80 actuales. Además de unos 35 ancianos que pueden valerse por sí mismos, hay otros «huéspedes» especiales. Son una veintena de jóvenes que estudian en el conservatorio de Milán, en la academia de La Scala o en otros centros prestigiosos para aprender música en la ciudad. «Empezamos hace veinte años con esta experiencia tan interesante, que supone una inyección de vida y una transmisión de experiencias», cuenta Roberto Ruozi, presidente del consejo de administración de Casa Verdi. «Poder convivir con músicos jóvenes es estupendo. Ellos son una fuente de alegría, la convivencia es muy buena», confirma Tecla Catalano, de 78 años, que fue durante años bailarina en el prestigioso teatro San Carlo de Nápoles y actuó en auditorios de Europa y América Latina. «En España estuve muchísimas veces con mi marido, que se encargaba de la escenografía del San Carlo. Éramos muy amigos de Alfredo Kraus y de su esposa. Siempre que venían a Nápoles almorzaban en mi casa», recuerda Tecla, sentada en uno de sillones de la sala Toscanini de la residencia, un espacio magníficamente decorado y con instrumentos por todas partes. Hay un piano de cola y una mesa donde una guitarra, dos violines, dos clarinetes y dos laúdes parecen esperar a que alguien los haga volver a vibrar. En cualquier sitio del edificio es posible encontrar gramófonos, arpas...

Una atmósfera «especial»

«Algunos días después de cenar surgen veladas musicales de forma espontánea en las que tocamos o cantamos juntos los ancianos y los jóvenes». Livia Lanno, de 21 años y originaria de Bari, en el sur de Italia, es una de las estudiantes que reside en Casa Verdi. Es alumna de canto en el conservatorio de Milán y de Filosofía en la universidad. «Me enamoré de este lugar desde el primer día en que lo vi, y ya llevo tres años viviendo aquí. Tiene una atmósfera muy especial. Desde la puerta oyes la música», dice con emoción, después de esperar paciente a que la señora Tecla termine de hablar. No le falta razón a Livia. Nada más entrar en el edificio, el visitante escucha un piano y una voz femenina entonando un aria. Es la clase que una de las «huéspedes» jóvenes ofrece en una de las numerosas salas de ensayo. En la puerta hay un cartel advirtiendo de que este espacio no puede reservarse durante más de tres horas. «Aquí escuchas música desde la mañana hasta la noche. Está por todos partes, lo que te ayuda mucho en el estudio», cuenta la muchacha.

A diferencia de los ancianos residentes entrevistados, que aseguran todos estar encantados de tener a su lado a los jóvenes músicos, Livia es algo más crítica. «No siempre es fácil la convivencia, pero resulta muy estimulante. Algunos te escuchan con gusto y te dan consejos sobre cómo mejorar la técnica. Para mí, resulta siempre una aportación importante». Esta veinteañera se muestra orgullosa del impacto que ella y sus compañeros tienen en la vida de los mayores. «Logramos que se ablanden. Son personas endurecidas por la vida a las que logramos sacarles una sonrisa. La idea de hacer convivir a ancianos con jóvenes es genial. Yo cuando vuelvo de vacaciones siempre encuentro una atmósfera distinta, están más tristes por el tiempo que han pasado sin nosotros». Ambos colectivos desayunan, almuerzan y cenan juntos en el comedor y también coinciden en conciertos y otros proyectos musicales.

Casa Verdi ofrece a sus «huéspedes» de más edad talleres de musicoterapia dirigidos por Ferdinando Dani. «Toco en el piano canciones de los años 30, 40 y 50 del siglo pasado y es impresionante ver cómo personas que han perdido la memoria o ya casi ni hablan recuerdan las letras y se ponen a cantar», explica en la sala museo donde está conservado el retrato que el pintor Giovanni Boldini le hizo a Verdi. Es una imagen conocidísima para los italianos, pues durante décadas apareció en los billetes de 1.000 liras. «La música es terapéutica para cualquiera, pero más aún para nuestros huéspedes. Mejora sus relaciones, reduce los conflictos y los une a todos». Vivir en Casa Verdi hace que algunos incluso retomen la pasión por tocar o cantar. Es lo que le ha ocurrido a Beniamino Trevisi, un tenor que a sus 93 años es el decano de la casa. Tiene una lucidez y un estado físico tan envidiables como su voz, a la que da rienda suelta dejando al periodista medio sordo y con la boca abierta.

Ganas de estudiar a los 93

«Llevo aquí desde diciembre de 2018 y he recuperado las ganas de estudiar y de cantar», cuenta mientras muestra orgulloso una carpeta con información de su carrera operística. Hay hasta un folleto del último concierto que dio, el pasado mes de febrero. «Este es el verdadero paraíso de los artistas, un hotel de cinco estrellas en el que estoy felicísimo». Está tan agradecido que insiste en enseñar el apartamento dentro de Casa Verdi donde vive con su esposa. Es un lugar estupendo en el que no falta de nada.

El mismo sentimiento tiene Bissy Roman, una profesora de canto originaria de Rumanía que trabajó también en Italia, Rusia, Francia y Estados Unidos. Muy coqueta y simpática, responde con una risa cuando le toca decir cuántos años tiene. «Yo no tengo ya familia, para mí la música es mi familia. Aquí estamos muy bien, compartimos nuestra pasión y evitamos la soledad, que te va matando poco a poco. Con esta casa, Verdi demostró que no sólo era un genio como músico, sino también como persona».

UNA INICIATIVA ÚNICA EN EL MUNDO

Más de mil músicos ancianos han pasado por Casa Verdi desde que abrió sus puertas en Milán en 1902, un año después de la muerte del genial compositorSon cantantes, intérpretes y maestros de instrumentos, bailarines e incluso viudos y viudas de personas que trabajaban en el sector. «Aquí no se valora si tuvieron más o menos éxito. Son personas que dedicaron la vida a las artes musicales, pero tal vez no gozaron del honor de la fama», explica Roberto Ruozi, presidente del consejo de administración de Casa Verdi, una iniciativa única en el mundo.

80 «huéspedes», como quería Verdi que se llamara a los residentes, conviven en el edificio en la actualidadHay unos 35 ancianos autónomos, 25 que no son autosuficientes y una veintena de jóvenes estudiantes de música. Para entrar hay lista de espera.

Derechos de autor. El autor de 'Aida', 'Nabucco', 'Rigoletto' o 'Il Trovatore', entre otras óperas, cedió los derechos de autor de todas sus obras y otros bienes para sufragar el mantenimiento y los gastos de Casa VerdiLos residentes contribuyen con su pensión, mientras los estudiantes lo hacen con una reducida cuota mensual. Si alguien no tiene ingresos de ningún tipo, no paga nada. La institución no recibe dinero público, pero cuenta con donaciones privadas.

Su propia tumba En Casa Verdi hay salas de ensayo e instrumentos por todos ladosSe celebran numerosos conciertos, los residentes cantan y tocan juntos y también asisten a los conciertos de intérpretes de todo el mundo, que hacen cola para visitar este edificio donde se encuentra la tumba del genial compositor. «Aquí se come y se bebe de lírica y de Verdi todos los días. Y está bien que así sea», cuenta Angelo Bonamore, un pianista de 85 años.