En la carretera infinita

Larry Talor, John Paulus, Fito de la Parra y Dale Spalding, Canned Heat, al inicio de su actuación del jueves en la Benta. / LUSA
Larry Talor, John Paulus, Fito de la Parra y Dale Spalding, Canned Heat, al inicio de su actuación del jueves en la Benta. / LUSA

Canned Heat ofreció el jueves un concierto irrepetible que finalizó con una 'jam session' a la que fue invitado por sorpresa Mark Hummel

J. G. A. HONDARRIBIA

. «¡Larga vida al blues!» Con este grito inauguró Ainhoa Eguiguren la decimotercera edición del festival de Hondarribia. Al frente de Noa Voll Damn & The Hell Drinkers, la 'blueswoman' donostiarra lideró con mano de hierro un inicio vibrante con temas como 'Fearless', 'They Call Me Big Mama' o 'My Babe'. Les bastaron dos aullidos y tres versiones para multiplicar exponencialmente el número de espectadores seducidos por el poderío vocal y musical de clásicos como 'I Put Spell On You', 'Going Down', 'Got My Mojo Working' o 'Crossroads'. A punto estuvieron de cumplir su objetivo: «prender fuego a la Benta».

Si 'los bebedores infernales' confirmaron que se puede facturar buen blues en la Bella Easo, JT Lauritsen & The Buckshot Hunters demostraron que la gélida Noruega también es un escenario válido para una música tan cálida. Cosas de la universalidad de un género que Jan Tore y sus muchachos arrimaron a ritmos como el zydeco, con sugerentes melodías de acordeón, pero también al R&B y al soul. Fue en esta última onda deudora de Van Morrison en la que destacaron los nórdicos, bastante más que cuando ponían el piñón fijo del blues clasicote.

A medianoche hizo su aparición Canned Heat, banda legendaria que hace medio siglo daba sus primeros pasos en los embarrados pastos de Woodstock. En calidad de miembros originales, el batería Fito de la Parra y el bajista Larry Taylor recibieron la txapela honorífica del festival de manos de su director, Carlos Malles, y del chef David de Jorge, que no escatimó gritos de «¡Viva Rusia!» ni de «Aúpa Onddarbi!» Tras una atropellada ceremonia que debería cuidarse más -no sería mala idea que los galardonados pronunciaran unas palabras-, comenzó el show.

El ritmo machacón de la armónica anunció la llegada de la emblemática 'On The Road Again'. Sorprendió ver que los californianos quemaban su mayor cartucho a las primeras de cambio, pero parecían seguros de que lo que venía después estaría a la altura. Y vaya si lo estuvo. En el boogie 'Time Was' siguió cantando el guitarrista John Paulus, que emuló con realismo el falsete del difunto Alan Wilson. Después el protagonismo vocal recayó en el risueño Dale Spalding, armonicista que en temas como 'I'm Her Man' bordó el papel del malogrado Bob Hite 'El Oso', otro de los inquilinos del panteón más poblado de la historia del blues.

Fueron alternando temas más recientes con clásicos maravillosos como 'Going Up The Country', de nuevo con Paulus al falsete y con la armónica sustituyendo a la inolvidable flauta, o 'Cristo redentor', un delicioso instrumental en el que el cuarteto mostró su faz más relajada e introspectiva. Fito ejerció de maestro de ceremonias, presentó las canciones en español mexicano y mandó un recadito a Trump antes de 'Future Blues'. El barbudo Taylor, que pellizcó el bajo como si no hubiera un mañana, se pasó a las seis cuerdas en 'Rollin' and Tumblin', un pepinazo de country blues en el que usó el 'bottleneck'. «¿Cómo le dicen en España a esta chingalera?», preguntó De la Parra en alusión al cilindro que extrae sonidos fronterizos de la guitarra y que también empleó en 'Let's Work Together', de mensaje autorreferencial: «Together we stand, divided we fall».

Y eso hicieron en el bis. Sin previo aviso, invitaron al armonicista Mark Hummel y a su banda a improvisar en una 'jam session' dedicada a John Lee Hooker. Llevan 50 años 'on the road', en una carretera que parece infinita y que no sólo les ha deparado momentos trágicos, sino también accidentes tan felices como el del jueves. Hubo catarata de solos eufóricos, muy aplaudidos, y Fito se caló la txapela mientras tocaba con una sonrisa de oreja a oreja. Sólo por instantes tan irrepetibles parece justificada la existencia del Hondarribia Blues Festival. ¡Larga vida, sí!

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