«Todos los caminos del estudio de Menchu Gal conducen a la Roma de la pasión por el color»

Menchu Gal, en su casa, en una imagen de 2006./f. de la hera
Menchu Gal, en su casa, en una imagen de 2006. / f. de la hera

La historiadora del arte, María Condor, ofrece hoy a una conferencia en el Koldo Mitxelena sobre la obra de la pintora irunesa

Patricia Rodríguez
PATRICIA RODRÍGUEZ

Desde su primer cuadro, 'Gain Gainean', el género paisajístico fue «sin duda» donde más brilló la pintora Menchu Gal (Irun, 1919-2008) y al que dedicó todos sus afanes: de los aproximadamente 900 cuadros catalogados, casi 650 son paisajes, frente al centenar de bodegones, 150 retratos y una docena de interiores. «En el paisaje es donde pudo proyectar su sensibilidad y aplicar mejor sus capacidades y preferencias personales», opina la historiadora del arte María Condor, una de las voces autorizadas del libro publicado con motivo del centenario del nacimiento de Menchu Gal. Condor se acerca de nuevo al trabajo de la pintora irunesa, esta vez para ofrecer una conferencia en el Koldo Mitxelena en el contexto de la exposición 'Menchu Gal. Vivir pintando, pintar viviendo', que podrá visitarse hasta el 28 de septiembre en la sala Ganbara.

Bajo el título 'Menchu Gal y la renovación del paisaje vasco y castellano', Condor desarrollará «dos líneas maestras»: el paisaje español desde el último tercio del siglo XIX y el desarrollo del paisaje vasco entrado el XX, y culminará en la Escuela del Bidasoa, «poco conocida fuera de Euskadi, pero fascinante».

Conferencia

Lugar:
Koldo Mitxelena.
Día y hora:
Hoy a las 19:30 horas
Conferenciantes:
María Condor, catedrática de Historia del Arte, y el periodista Borja Hermoso.
Exposición:
'Menchu Gal. Vivir pintando, pintar viviendo', abierta hasta el 28 de septiembre en la sala Ganbara del Koldo Mitxelena.

Influenciada por el expresionismo fauvista, el cubismo y el post-impresionismo, los áridos paisajes de Castilla y las marinas de su País Vasco natal fueron muy pronto seña de identidad de la producción de Menchu Gal. Plasmó el campo castellano pero sin olvidarse de la mirada de su tierra y del mar; su pintura siempre tuvo una gran vinculación con el País Vasco y «en buena parte es de donde saca la inspiración». Según recuerda María Condor, «ella dijo en su última entrevista que ser vasco imprime carácter pictórico como imprime carácter humano. Y ello sabiendo ver otros ámbitos muy diferentes pero también enriquecedores», destaca.

Bebe de «mil fuentes», experimenta «con todo», percibe cuanto sucede en el mundo del arte y de todo saca enseñanza, sobre todo dentro del género paisajístico. «Ella estaba siempre mirando, aprendiendo y experimentando, ya desde lo que vio en la primera de sus estancias en París. Tenía una singular capacidad de ver y de aprender y una inagotable curiosidad».

La lista de pintores más determinantes en su evolución sería demasiado larga de enumerar. «Montes Iturrioz, Cézanne, Matisse, los cubistas, Benjamín Palencia o Francisco Iturrino», forman parte de sus innumerables referencias. Pero aun recogiendo varias tradiciones durante su trayectoria artística, Condor destaca «el equilibrio en su vida y en su arte entre ser vasca, ser europea y ser cosmopolita: en esa integración de identidades múltiples, que por fortuna, todos tenemos las nuestras, es donde está seguramente la clave del enriquecimiento intelectual y de una vida plena y consciente, seamos o no artistas», subraya.

«Tenía una singular capacidad de ver y de aprender y una inagotable curiosidad»

Pasión por el color

A juicio de Condor, la pintora irunesa «se cuenta entre los artistas que contribuyeron a iluminar un poco con su color el gris plomizo de la España de aquellos años, bajo la dictadura franquista». Cuadros como 'Vista aérea de Fuenterrabia' o Paisaje anaranjado' son paradigmáticos de esa 'felicidad' cromática y en los que «estalla jubilosa esa pasión por el color», como muestran otros de los paisajes de diversas épocas, entre la madura y la tardía -'El gran bosque'; 'Remelluri' y 'Chopos amarillos'. «Todos los caminos del estudio de Menchu Gal conducen a la Roma de la pasión por el color, que también se plasma, hay que decirlo, en gratos cuadros de flores».

Su preferencia por el género paisajístico encaja a la perfección, a juicio de Condor, con lo que la artista dijo sobre sus vivencias en otra entrevista en sus últimos años. «Hay momentos, en el mar, en el monte, en que me siento plena, formo parte de esa naturaleza». «Se trata de una reveladora reflexión. Cabe añadir que difícilmente un artista que no haya vivido esa sensación puede pintar paisajes realmente sentidos. Esa absorción en la naturaleza es uno de los grandes goces que puede experimentar una persona, y los artistas tienen además la fortuna de transmitírnoslo», opina.

Escuela del Bidasoa

La última parte de la conferencia la dedicará a la Escuela del Bidasoa, «un ejemplo de artistas que -como antes la catalana Escuela de Olot de Vayreda y después los grupos en torno a Beruete y más tarde a Benjamín Palencia en Madrid-, se reúnen en una zona determinada para pintar y para intercambiar ideas, al modo de la Escuela de Barbizon a mediados del XIX en Francia. Desde su nacimiento entre los siglos XIX y XX, la Escuela del Bidasoa congregó, para representar la belleza de la cuenca del Baztán-Bidasoa, sus alrededores y su desembocadura, a artistas de tres generaciones: la de José Salís, la de Artía y Montes Iturrioz, maestro de Menchu y de tantos otros, y la de los nacidos ya entre los años 20 y 40. Puesto que Montes Iturrioz muere ya en los 90, la prolongación que la escuela ha podido tener ha sido muy grande, dentro de la variedad que impone tal número de artistas. Sea como fuere, insisto en que Montes Iturrioz y los del Bidasoa merecen ser más conocidos y valorados», reclama Condor.

Esta promoción de artistas compartía «el amor por la tierra y el deseo de dejar su visión de ella antes de que la barbarie capitalista destruyera del todo esa parte del entorno natural en el que vivimos y del que vivimos. Y en su vida cotidiana, compartían la amistad, las tertulias en las casas: la de los Salís, la de los Baroja…».

Según la experta, deben al impresionismo francés muchas de sus cualidades, ya que «fue el impulso fundamental para todos estos movimientos que buscan un acercamiento real a la naturaleza y otra manera de verla. Y no hay que olvidar que Regoyos, junto con Beruete, el gran representante del impresionismo español, pasa tiempo en Gipuzkoa y se entusiasma con sus panoramas. Tampoco olvidar que es su generación la que da inicio al desarrollo de la pintura vasca, como es visible en dos destacados bilbaínos aún decimonónicos, como Anselmo Guinea y sobre todo Adolfo Guiard».