Bruno Leonardo Gelber, el retrato improbable del pianista argentino

Bruno Leonardo Gelber, el retrato improbable del pianista argentino

César Coca
CÉSAR COCASAN SEBASTIÁN.

Truman Capote se definió a sí mismo en cierta ocasión como «alcohólico, drogadicto, homosexual y genio». El pianista argentino Bruno Leonardo Gelber parece seguir sus pasos. En un volumen de conversaciones con Leila Guerriero ('Opus Gelber', Ed. Anagrama), que estos días llega a las librerías, habla sin reparo de su homosexualidad, su adicción al maquillaje y cuando este no basta a las operaciones de cirugía estética, el consumo compulsivo de dulces, su pasión por el lujo y la más fotogénica aristocracia europea y la preocupación rayana en lo obsesivo por lo que los demás opinan de él. Si a eso se suma que una poliomielitis sufrida a los siete años le dejó como secuela unos grandes problemas de movilidad y que sus manos -de dedos muy gruesos- están en las antípodas de las que serían convenientes para una carrera al teclado, el retrato resultante es el de un pianista improbable, que sin embargo ha sido considerado por la crítica como uno de los cien más grandes del pasado siglo.

Asistente para casi todo

La vida de Gelber cambió a los siete años. Hasta entonces, era un niño prodigio. Pero a esa edad lo atacó la poliomielitis. Durante un año, siguió su aprendizaje tumbado. Sus padres hicieron que le quitaran los pedales a un piano y encajaron la cama debajo del teclado. Luego llegó su aprendizaje en París. Y a partir de ahí una carrera internacional de primera línea pese a sus muchas dificultades. Porque Gelber cuenta con todo detalle cómo va a todas partes con un asistente que lo lleva literalmente hasta el piano cuando va a comenzar un concierto. Gelber no oculta una voracidad sexual que ni siquiera sus problemas físicos frenan.

Como tantos concertistas, Gelber no tiene muchos amigos entre los colegas. Habla con reverencia de Horowitz, Rubinstein y algunos otros de generaciones anteriores, pero es inclemente con los jóvenes. A Lang Lang lo desdeña -«ese pianista que repite el nombre»- y de Yuja Wang lo mejor que dice es que sale al escenario a tocar «casi desnuda». A Barenboim no le profesa el menor afecto. Le pasa lo mismo con los compositores: ama a Brahms y a Beethoven, pero desprecia cualquier cosa escrita en los últimos ochenta años, porque no es capaz de entenderla.