El boticario que hacía fotos

El Photomuseum muestra una selección de imágenes del pasado siglo de Francisco Elósegui Limousin. Paisajes rurales y urbanos, retratos y escenas familiares conforman un mosaico fascinante de un tiempo desaparecido

El boticario que hacía fotos
Borja Olaizola
BORJA OLAIZOLA

El legado fotográfico de Francisco Elósegui Limousin no es el archivo de la agencia Magnum, pero constituye un patrimonio documental y sentimental de primer orden para cualquier guipuzcoano con un mínimo de curiosidad. Elósegui (1912-1957), un boticario aficionado a la fotografía, reunió una colección de imágenes que retrata con precisión, pericia técnica y buen gusto cómo era la Gipuzkoa de mediados del pasado siglo. Escenas familiares, retratos de amigos o compañeros de trabajo y paisajes rurales y urbanos conforman un mosaico fascinante de un tiempo ya desaparecido que vuelve a cobrar vida en la retina del espectador. La exposición, que se puede ver en el Photomuseum de Zarautz hasta el próximo 4 de noviembre, traslada al visitante a la Gipuzkoa que va de finales de la Guerra Civil al despegue económico de lo años sesenta.

Elósegui heredó de su padre la farmacia de la calle de la Solana de Tolosa. Inquieto y sensible, tomó contacto con la fotografía a una edad temprana y dedicó buena parte de su tiempo libre a esa afición. «A Francisco lo que le gustaba era la fotografía y los paseos, además de la caza y la pesca, aficiones que compartía con sus amigos Pepe Oyarbide, Enrique Labayen, Gregorio Garín y Mario Crespo, este último también boticario», se puede leer en la introducción que el Photomuseum hace a la exposición. La muestra es resultado del trabajo de la historiadora Elisa Querejeta, que forma parte del departamento de Etnografía de Aranzadi y que trabaja como documentalista en temas de fotografía para el museo de San Telmo. Querejeta fue la que sacó a la luz el archivo de Elósegui con la colaboración de su familia y la que se encargó de digitalizarlo, documentarlo y plasmarlo en un informe antes de su traslado al Archivo Municipal de Tolosa.

Revista especializada

El fondo, cuenta la historiadora, reúne unas 3.000 imágenes entre positivos y negativos. «La colección es una verdadera joya que demuestra que en esa época hubo fotógrafos aficionados que hicieron trabajos de mucha calidad». Su posición acomodada le permitía acceder a medios técnicos que en aquella época de estrecheces no estaban al alcance de todos los aficionados. «Trabajó con máquinas fotográficas de marcas como Leica, Mamiya o Yashica y las composiciones y los juegos de luces que se ven en algunas de sus imágenes invitan a pensar que estaba familiarizado con las revistas especializadas y las últimas tendencias fotográficas de la época», señala la historiadora.

«Durante los años que van de 1936 hasta que falleció en 1957 -añade Elisa Querejeta- se dedicó a fotografiar lo que le era más cercano: la familia y el paisaje, convirtiéndose en el ejemplo de un hombre que, disponiendo de tiempo y medios, tenía la sensibilidad necesaria para hacer buenas fotografías, buscar el encuadre y la luz adecuados en el motivo para posteriormente revelarlas y archivarlas con precisión, anotando los datos en un índice o en un pie de foto».

La exposición del Photomuseum reúne algunas de las imágenes que protagonizaron una muestra celebrada la pasada primavera en el Palacio Aranburu de Tolosa. Fue entonces cuando los tolosarras tuvieron la oportunidad de tomar contacto por primera vez con el patrimonio fotográfico de su convecino. La exposición del Photomuseum es más completa, ya que a las 50 fotografías de tamaño (30 por 40 centímetros) que se pudieron ver en Tolosa se suman otras 100 imágenes más pequeñas (13 por 18 cms) que permiten hacerse una idea muy aproximada de cómo era la Gipuzkoa de aquellos años.

Doble vertiente

Elisa Querejeta reivindica el valor de un legado que tiene una doble vertiente: la de la imagen artística, fruto del dominio de la técnica y la sensibilidad del autor, y la de la fotografía como documento y testimonio de un tiempo desaparecido. «Hay fotografías de paisajes que han cambiado por completo, de edificios o caseríos desaparecidos...», precisa la historiadora Elisa Querejeta.

La exposición de Francisco Elósegui Limousin, en definitiva, proporciona la oportunidad de acercarse a un pasado no demasiado lejano en términos estrictamente cronológicos pero que se antoja casi prehistórico si se miden variables como la evolución de las costumbres o las formas de vida.

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