El asesinato de Laura Oliva

El asesinato de Laura Oliva
ILUSTRACIÓN IVÁN MATA

Aventuras detectivescas de un expolicía peruano de origen vasco, empeñado en investigar y dejar al descubierto los motivos y maneras del asesinato de una poderosa agente literaria |

SANTIAGO AIZARNA

El género novelístico detectivesco, tan abundante como ingenioso en viejos tiempos, sigue floreciendo en los actuales con parecida pujanza. De ser minuciosos en nuestra observación de este hecho, habría que preguntarse qué tipo de lectores siguen la ruta de los muchos títulos que acceden a los estantes de las librerías, ya que hay quienes piensan que una gran parte de ellos lo son accidentales y se sitúan como emplazados en una etapa de transición en su carrera lectora como etapa previa a otros seguimientos novelescos o ensayísticos, etc, supuestamente más hondos y seguros, aunque también ese aspecto sería digno de estudio y que lo sería marcadamente sociológico en primer lugar.

Séase como sea, lo cierto es que el ingenio, la imaginación y la hábil capacidad narrativa de estos autores de este género van ofertando títulos muy bien recibidos por esos sus numerosos lectores y con personajes que van engrosando una larga lista de ellos que nutrieron y, visto lo visto, da para suponer y confiar en que seguirán nutriendo nuestra memoria. Y, es en este apartado donde hay que cederle un lugar muy especial a Colorado Larrazabal, un expolicía peruano negro de origen vasco que se alejó de Lima, su ciudad natal, después de haber tenido mucho que ver con un caso de corrupción en tiempos de Fujimori. Un tipo que, en la actualidad, vive en el barrio de Lavapiés madrileño, trabajando, cuando la ocasión así lo requiera, en algunos casos, para el abogado Tejada, también expatriado, y que mantiene una relación sentimental con una joven marroquí llamada Fátima, a cuyo padre libró de un secuestro. Es a Larrazabal, igualmente, a quien su casera le pide que trate de resolver el caso de una sobrina suya una joven periodista a la que todos los indicios señalan como única sospechosa de la muerte de una famosa agente literaria, Laura Olivo, cuyo cadáver aparece en su despacho.

Es una buena ocasión la que se le ofrece al tal policía peruano Larrazabal para que, mientras investiga este asesinato de características tan especialísimas, vaya adentrándose en las peculiaridades tan desconocidas pese a todo, del mundo de las agencias literarias, lo que, al mismo tiempo que ese descubrimiento de unos procedimientos de trabajo y negocio tan desconocidos excepto en el ámbito em el que se desarrollan, le da posibilidades para que describa sus usos y costumbres un tanto desconocidos para muchos y, al mismo tiempo, de muy deseado conocimiento, sobre todo para la gente escritora, interesada, lógicamente, en el trabajo y en el papel que les toca asumir a las agencias literarias, sus relaciones con las editoriales y los autores, en un largo etcétera, todo lo cual maneja, con mano maestra así como con mucha soltura y conocimiento su autor, Jorge Eduardo Benavides (Arequipa. Perú, 1964), que estudió Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Garcilaso de la Vega, en Lima, ciudad donde trabajó dictando talleres de literatura y posteriormente como periodista radiofónico. Desde 1991 hasta 2002 vivió en Tenerife, donde colaboró con el suplemento dominical del Diario de Avisos, que allí fundó y dirigió el taller de narrativa Entrelineas; que, como profesor de escritura creativa y talleres de creación literaria ha impartido seminarios y cursos en universidades de Madrid, Granada, A Coruña, Lima, Boston (Harvard), Brown, Miami, Ginebra, Viena y Green Bay (Wisconsin) y ha llevado talleres en centros culturales de Pekín, Albuquerque, Shanghai y París, entre otros; que dirigió el curso de escritura creativa On Line del Boomeran (Grupo Prisa: www.elboomeran.com) hasta el año 2009; que, actualmente dirige el Centro de Formación de Novelistas (ww.cfnovelistas.com), colabora con diversos medios informativos y culturales como El País, Letras Libres. Eñe y la revista Mercurio, y tiene una larga experiencia en estos mundos creativos cuya capacidad queda manifiesta, en cierto modo y arte en esta obra, en cuyas páginas va detallando una serie de relaciones que tienen su implícito interés aparte de los trabajos que van añadidos al asesinato en ese medio en el que ocurre, todo lo cual conforma la proyección de un mundo que se mantiene aún al margen de los conocimientos de la generalidad, con la añadidura de otras cuestiones que se le suponen de real conocimiento al autor lo que enriquece notablemente el relato, cuestiones que, sobre todo, tienen que ver con problemas que se ven obligados a solucionar los inmigrantes relativos a su seguridad e implantación personal en los lugares en los que se instalan, como el de ese tipo que resulta ser él, un tal Larrazabal que, como todo buen detective, hace uso de mucha paciencia en el esclarecimiento de los datos que tiene que manejar en los varios frentes que tiene que rendir cuentas, en ciudades como Madrid y Barcelona y con gentes de variado oficio y maneras de vivir, para todo lo cual no desdeña, ni mucho menos, hacer un uso amplio de esos muchos personajes que los inserta y los maneja con soltura y eficacia lo que ha valido ser galardonado con el XIX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones.

Una novela, de amena lectura, que deja inscrito en esa larga lista de detectives, el nombre y las maneras de hacer de uno nuevo llamado «Colorado» Larrazabal, medio peruano medio vasco y que se mueve en unos terrenos que crean curiosidad e interés en sus lectores.

 

Fotos

Vídeos