Hay un amigo en mí... hasta el final

Begoña del Teso
BEGOÑA DEL TESO

Es total. Pocos lo han dicho. Solo 'Fotogramas'. Solo 'The Guardian'. Los dos son de la cuadrilla. De la cuadrilla de la gente con un supremo sexto sentido para captar las 'gourmandises' del mejor Terror y una sublime sensibilidad para pillar mensajes que el resto del pelotón de la crítica es incapaz de detectar.

Es total. Una de las más inteligentes adaptaciones al siglo XXI y al Tercer Milenio de uno de los más gloriosos mitos del Horror más malvado de la vigésima centuria y los primeros dos mil años de cultura. Es total. Desde el principio, momento cuando descubrimos (los tiempos cambian rápido) que Chucky ya no es diabólico por posesión infernal sino por el comprensible cruce de cables de un técnico vietnamita (primera víctima del guión) que le altera los circuitos, la mini computadora interior y los terminales de conexión a la casa madre. 'Posesión tecnológica' sería la expresión a usar.

Desde el principio. Hasta el final. Hasta la última risa que resuena perversa y sibilina en la sala solitaria. Suena cuando termina la cancioncilla central, que también se las trae.

Y entre ese principio y este final, todo lo demás. Un guionazo que habrá hecho, seguro, las delicias del mismisimo Stephen King. Unos personajes (pandilla de descalabrados perdedores) bien guapos cinematográficamente hablando. A destacar la muchacha de la cuadri, lista como ella sola y capaz de blandir la sierra eléctrica como solo una irredenta fan de toda la saga de 'La matanza de Texas' podría y sabría hacerlo. Entre ese principio y ese final unas sardónicas indirectas a las empresas multiconectadas y a la mega conexión en sí. Entre ese principio y ese final, unos crímenes y un humor macanudos.

Y luego está, claro, la soledad del juguete. Porque en el multiverso de nuestra cartelera donde coexisten 'El muñeco diabólico' y la inconmensurable 'Toy Story 4' es fácil pensar que el vaquero Woody, el cowboy canadiense y Gabby entenderían muy bien la tristeza letal de Chucky.