Las acuarelas melancólicas de aquellos tiempos en Japón

Viñetas que son cuadros, memorias dibujadas con la delicadeza de los pinceles de Igort. /
Viñetas que son cuadros, memorias dibujadas con la delicadeza de los pinceles de Igort.

Salamandra publica la segunda entrega de 'Cuadernos japoneses'

OSCAR GOÑI

En un principio... «Todo empezó con la lectura de los diarios de Matsuo Basho, el poeta que trataba de detener el tiempo con su pluma». Es la primera frase de 'Cuadernos japoneses, el vagabundo del manga' y, al fin, una declaración de intenciones. Hoy, aunque los occidentales viajan al país del monte Fuji sin ser ya una odisea, comen sushi o ramen con la naturalidad del asiduo y consumen anime más que sus comics nativos, aquella cultura sigue fascinando pese a, en teoría, haber sido transitada. Después de todo, tal y como advierten quienes viven o vivieron allí siendo extranjeros, el visitante siempre será respetado y agasajado, pero nunca aceptado como uno de los suyos.

La distancia, de hecho, nunca deja de percibirse en esta segunda parte de los recuerdos que Igor Tuveri, más conocido como Igort (Cagliari, 1958), atesora, y el verbo, aunque manido, es en este caso preciso, de sus años en Japón. Un autor complejo, respetado sobre todo por la seriedad y compromiso de una obra alejada de lo habitual, ajena a la visión cada vez más extinta de que el arte de las viñetas es un ente menor.

Desde sus inicios, Igort no se conforma con hacer lo de casi todos, y forma parte activa del grupo Valvoline en el que militan otros talentos italianos y el norteamericano Charles Burns, famoso fundamentalmente gracias a su noviazgo con el terror. Viajero impenitente, Igort escribirá una etapa decisiva de su vida con la publicación en 2011 de la trilogía no pretendida 'Cuadernos ucranianos', retrato terrible de los crímenes cometidos por la antigua URSS y que culminan en 'Cuadernos rusos' (Salamandra, 2012), articulados, lejos del plan original, alrededor del asesinato de la periodista Anna Politkóvskaya, activista pro derechos humanos contraria al régimen de Putin.

Por eso, cuando en 2015 llega el primer volumen de 'Cuadernos japoneses, un viaje por el imperio de los signos', impacta tanto el tono de aquel nuevo libro, tan íntimo, tan lleno de calor y afecto hacia un pueblo cuya cultura deslumbra al artista, porque «adoraba a aquellas personas irónicas y sencillas pero entregadas a su trabajo con un rigor disimulado bajo dulces gestos melancólicos»; no es extraño que la melancolía sirva para adjetivar su descripción porque, si algo fue palpable entonces, más incluso en esta segunda entrega, es precisamente eso, una profunda melancolía.

Tristeza

Fue el primer autor occidental en publicar en Japón un manga, pero sus cuadernos no son sino carpetas, recortes que no cuesta imaginar desordenados, guardados en algún cajón y luego amorosamente recuperados. Una mezcla de viñetas, textos, fotografías, apuntes, acuarelas tomadas al natural, el deseo de compartir con los lectores los paisajes más poéticos y fugaces, nunca exentos de cómo son contemplados allí. Karumi, la ligereza; Izumo, las nubes en movimiento; Hanami, la contemplación de los cerezos en flor, símbolo de la aceptación de la fragilidad, de la no permanencia. La belleza de lo efímero. Entre los lugares, algunos a los que el hombre despojó de vida, como Hiroshima y Nagasaki. Un tributo que debe pagarse. Y el teléfono del viento, una cabina construida en Otsuchi, la ciudad que fue devastada por el terremoto de 2011. El teléfono no está conectado a nada. Pero los familiares de los fallecidos entran, descuelgan y hablan con ellos. Un consuelo quizás fútil, quizás solo entendible para un japonés.

Y, finalmente, como en todo gran viaje, las personas que merecen ser recordadas, especialmente el maestro Jiro Taniguchi, fallecido el 11 de febrero de 2017, uno de los mangakas (dibujante de cómic en japonés) más relevantes de la historia, uno de los amigos más queridos por Igort y al que, precisamente, dedica la obra. Tal y como cuenta, después de años de durísimo trabajo, asfixiado por los plazos de entrega salvajes de la industria nipona, y gracias a superar una enfermedad, podía ya vivir y dibujar, en su caso era lo mismo, con tranquilidad. Sin embargo, hay dolencias que no se conforman con hacer daño pasajero. Pero no solo está él, sino el reverenciado escritor Kawabata, protector de Mishima, o Naito, la señora de las termas... Capítulos que, a veces, pueden parecer irrelevantes, pero que, después de terminar la primera lectura, la llevarán de forma inevitable a una segunda y tercera. Y entonces no será preciso plegarse al rigor del orden, sino que cualquier página servirá para comprender que 'Cuadernos Japoneses' es más que un diario de viajes. Es mostrar la belleza de un país que sigue siendo un kabuki en sí mismo, capaz de poseer el espíritu de quien se acerca a él con humildad.

'Cuadernos japoneses'. Las dos partes, imprescindibles. Las dos partes, una delicia para quien quiera volver a pensar y sentir.

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