El arte de romper el molde

El imperio del teclado hace renacer la caligrafía como marca personal, de diseño o de moda. Los maestros, cada vez más solicitados, se forjan con «disciplina y tesón»

Un toque personal. Begoña Viñuela escribió la palabra ‘romper’ del titular con tiralíneas, «que me permite hacer un trazo rasgado, de gran potencia visual, lleno de fuerza y de chispas como de trazo roto»./
Un toque personal. Begoña Viñuela escribió la palabra ‘romper’ del titular con tiralíneas, «que me permite hacer un trazo rasgado, de gran potencia visual, lleno de fuerza y de chispas como de trazo roto».
TERESA ABAJO

Solo una carta de verdad puede cambiar la rutina de abrir el buzón. Un sobre sin membretes ni extractos bancarios, que antes de mirar el remite nos permita identificar a quien escribe como si escucháramos su voz. El género epistolar es ya una rareza, pero la fuerza evocadora de la escritura de puño y letra permanece imborrable. La caligrafía, que no sucumbió ante la imprenta ni ante la máquina de escribir, se ha hecho fuerte con el imperio de los teclados, como un gesto de rebeldía frente a la uniformidad que predica la globalización. El trazo personal se ha revalorizado como herramienta de diseño y es un complemento imprescindible para las marcas que aspiran a ser exclusivas. Buscan algo único en los maestros que imparten cursos por toda España y difunden sus creaciones a golpe de click por instagram.

Se podría decir que la caligrafía está de moda si no fuera un arte milenario, que en algunos países tiene una trayectoria intachable. Los escolares chinos y japoneses manejan indistintamente el bolígrafo y el pincel hasta los siete años. En Alemania se imparten cursos en monasterios, convertidos en templos de la cultura, y al equipo de calígrafos de la Casa Blanca no le tiembla el pulso diga lo que diga Donald Trump. Están entre los funcionarios mejor pagados y por sus manos pasan toda clase de documentos. Su labor es muy apreciada desde 1801, cuando John Adams comenzó a enviar invitaciones manuscritas para las cenas oficiales. En la escuela americana se han formado profesionales como Laura Massana, que aprendió el oficio en Nueva York, «donde hay una gran demanda de letras personalizadas. Empecé a crear logos para marcas y al principio mi familia no entendía a qué me dedicaba. ¿Que haces letras?, me preguntaban». Desde que volvió, hace tres años, da clases en Barcelona, donde tiene su estudio, Madrid, La Coruña, Asturias... La caligrafía tradicional y el lettering (dibujar letras) no dejan de llenar páginas con distintas herramientas y soportes, en cursos presenciales y on line.

El legado de los amanuenses entronca con una necesidad muy contemporánea: trabajar con las manos, romper el molde ahora que todo se fabrica en serie y las mismas tiendas llenan las calles de cualquier ciudad. «Es un movimiento de acción-reacción», define Anna Coll, una de las pioneras. «Frente a lo mecánico, se ansía lo manual, volver a conectar el cerebro con las manos». Para ella fue algo natural enamorarse del románico y la caligrafía medieval. Además de dar clases (también en la UNED) se dedica a traducir manuales «para dejar un fondo documental» y ha empezado a estudiar japonés. Manejar la pluma y el tintero no requiere ningún talento especial, salvo «disciplina y tesón». Aprender a mantener a raya «la frustración» por muchas hojas que se emborronen, algunas justo en el último trazo.

Eso es parte del aprendizaje, al igual que adoptar una postura correcta y aprender a coger la pluma o el pincel. Los rituales ayudan a concentrarse, a desconectar de todo lo demás. Uno de los alumnos de Coll es un alto ejecutivo «que en su empresa dice que va a hacer pilates porque piensa que se van a reír, pero la caligrafía le relaja más». Otros muchos lo aplican a su trabajo. Aitor Aretxabaleta se apuntó a la escuela de caligrafía de Bilbao, que dirige Begoña Viñuela y es la referencia en Euskadi, para crecer como diseñador gráfico. «Hay una diferencia abismal entre las tipografías que imitan la letra hecha a mano y la de verdad», dice mientras escribe con tiralíneas. El titular de un cartel «lo haces 30 veces, te rodeas de una montaña de hojas... luego sabes dónde tuviste el fallo».

El cuaderno del abuelo

La escuela de Bilbao tiene medio centenar de alumnos en grupos reducidos. En clase hablan poco, «notas cómo rasca el papel. Todas las plumillas hacen ruido, incluso las finas». Mientras ejercitan la técnica siempre hay un momento «de emotividad», cuando, tras superar la fase de «óvalos y palitos», empiezan a reconocer en su propia letra cómo escribía su padre, aquella maestra... Begoña Viñuela suele mostrar a sus discípulos los cuadernos de ejercicios de su abuelo. Algo le impulsó a guardarlos como una joya cuando aún no había decidido que su vida era esto. Estudió Bellas Artes -en la facultad siempre le pedían los apuntes- y hace cinco años empezó a dar clases de caligrafía por las tardes. Ahora se dedica por completo al oficio, entre los trabajos que le encargan y la docencia. Lo que surgió como una escuela de nostálgicos tiene cada vez más salidas profesionales. «Vienen diseñadores, fotógrafos, tatuadores, gente que hace textil... empezamos con caligrafías clásicas y luego rompemos un poco las reglas para hacer composiciones más personales», explica. «Vamos ampliando el horizonte de las letras».

Ella sigue aprendiendo. Dos veces al año va a un santuario de Girona con el prestigioso Oriol Miró. «De todos los grandes sacas algo. Dentro de un mismo tipo de letra, hay diferencias brutales entre unos calígrafos y otros». Cada escribano tiene su impronta, su capitular, desde la «pasional» Mónica Dengo, «que defiende que la legibilidad es aburrida», hasta la «delicadeza» de Christel Llop. Chilis Cubeiro viajó por Europa para aprender «cuando en España no había nada» y ahora trae a Madrid a quienes le sirvieron de guía. Llena «en seis horas» las plazas de cursos de Ewan Clayton o Massimo Polello.

«Aprender a hacer letras, la itálica, la gótica... es un primer paso para expresar inquietudes. Los grandes maestros convierten la letra en algo gestual, artístico, que va más allá de la función de escribir», explica la experta. Por eso «cada vez más museos dan cabida a la caligrafía -en Berlín, Dubai o Cambridge- pero no a la que copia textos del siglo XII, sino a la del siglo XXI». Letras que son «como un aullido» o que transmiten ternura. «En casa tengo un texto de Yves Leterme sobre la nieve que es ilegible, pero te hace sentir frío».