Belén Gopegui: «Es más fácil persistir en esa entelequia de ‘ser uno mismo’ que hacer algo en común»

Belén Gopegui considera que en el último año la política ha vuelto a «los cauces tradicionales del arte de lo posible». /
Belén Gopegui considera que en el último año la política ha vuelto a «los cauces tradicionales del arte de lo posible».

La escritora madrileña presentó en Donostia sobre su última novela, ‘El comité de la noche’

ALBERTO MOYANOSAN SEBASTIáN

La escritora Belén Gopegui (Madrid, 1963) presentó recientemente en Donostia El comité de la noche (Ed. Mondadori), en la que mezcla la devastación que provoca la precariedad económica y la denuncia de la privatización sanitaria con el trasfondo de la compra-venta de sangre. Gopegui contesta por correo electrónico a un cuestionario en el que habla del sistema de patentes, de la dificultad de articular un discurso colectivo y de la evolución ideológica de la sociedad en los últimos años.

Se trata de una novela muy pegada al espíritu que se respiraba en España hace año y medio. ¿Cómo ha evolucionado la situación desde su publicación?

Hace un año lo político parecía estar recobrando el impulso propio de los momentos históricos cuando la política se convierte en el arte de lo imposible; hoy, parece, se vuelve a los cauces tradicionales de la política como arte de lo posible. Alguien diría que imaginábamos por encima de nuestras posibilidades, de la fuerza de nuestras organizaciones, movimientos, instituciones. No obstante, debajo de la apariencia a veces está la tempestad, o la playa.

La primera parte de la novela, protagonizada por Alex, relata la destrucción de la clase media. ¿Existió realmente o fue un espejismo generado por el crédito?

Dicen que el espejismo se ha roto, sí; lo sorprendente es que nadie parece estar dispuesto a verse como proletario, o proletaria, cuando se mira en el espejo. Seguramente porque los dueños del espejo siguen siendo los mismos.

La segunda parte se vuelve un thriller farmacéutico. ¿Es la compra-venta de sangre un fenómeno nuevo?

Durante un tiempo estuvo permitida en muchos países; con los escándalos del los contagios se restringió a unos pocos. Lo nuevo son las propuestas de volver a permitir la compra-venta, al hilo de los procesos de privatización de casi todo.

Haré de abogado del diablo: si la empresa privada es quien posee las patentes que no logra la investigación pública, ¿cómo evitar que se mercadee con la Sanidad?

Es una vieja historia, la investigación privada se beneficia de la investigación básica pública, de las infraestructuras públicas, la educación, etcétera. Después con una aportación mínima, patenta, cerca y rentabiliza un conocimiento que debe ser común. La novela refleja parte de este aprovechamiento por parte de las empresas privadas de las políticas de sanidad gestionadas por instituciones públicas.

¿Hay alguna posibilidad de dejar derechos básicos al margen de la ley de la oferta y la demanda? O dicho de otra forma, ¿existe algo que se pueda comprar que no se vaya a vender? Desde hace al menos un par de décadas que se habla del robo de órganos para trasplantes.

En este sistema, nada. Los límites que se imponen son simbólicos y se traspasan siempre que alguien con suficiente poder económico quiere hacerlo. La única vía es un sistema con otro orden de prioridades.

El personaje de Alex lamenta que no existan en castellano, inglés o francés formas neutras de denominar a los padres. En euskera, sin embargo, se utiliza gurasoak.

Lo considero beneficioso para las personas que viven a través de ese lenguaje. Es mejor ser nombrado que no serlo. Cierto que pasar inadvertida puede resultar útil a veces, pero no suele ser el caso de las madres o de las niñas: no ser nombradas no permite eludir imposiciones sino al contrario.

También hay lugar en la novela para alguna referencia crítica a los nuevos dispositivos móviles como forma de dilatar hasta el infinito la jornada laboral. ¿Ha dejado de ser el hogar ese lugar protegido de las zozobras exteriores?

El hogar como mi reino o la república de mi casa siempre ha sido una ilusión consoladora. Ese reino está interferido por cosas tan exteriores como el nivel de los ingresos familiares. Los certificados de buena conducta de manera explícita o implícita siempre han estado presentes. Lo nuevo es que ahora vamos dejando huellas muy precisas de nuestras conductas «privadas», las vendemos a cambio de casi nada.

Cuando empezó a publicar, en el panorama narrativo español se consideraba casi una excentricidad cualquier referencia a la situación socioeconómica de los personajes. La situación ahora ha cambiado radicalmente. ¿Teme ponerse de moda?

Ponerse de moda es una desgracia que le puede pasar a cualquiera. En estos momentos lo que está más de moda en el pequeño mundo literario diría que son miradas psicológicas sobre la crisis, existenciales aunque parezcan políticas. Como novelista prefiero narrar el cómo de causas y efectos antes que las truculencias y ruindades de la, llamada, naturaleza humana.

¿Por qué resulta más sencillo imponer los relatos que priman lo individual sobre lo colectivo? ¿Quizás la capacidad de decepcionar del primero es inagotable, al contrario que la del segundo?

La lectura, hoy, es individual y nuestro modo de vida sigue oponiendo lo individual a lo colectivo. La mezcla, lo variable, lo menos reconocible, cansa más que lo pautado; construir en común cansa, es más sencillo persistir en esa entelequia que es «ser uno mismo», y como ya hay bastantes dificultades en la vida a veces, al llegar a los libros, preferimos descansar.

Por los temas que abordan y por la forma en que lo hacen, sus novelas tienden a desatar encendidas discusiones. ¿Es su intención? ¿No le gustaría más ofrecer relatos cerrados en sí mismos?

No; procuro que mis personajes representen los conflictos que tienen lugar en realidades como las nuestras. Se narran argumentos y, por tanto, las novelas quedan abiertas a la discusión y a la discrepancia.

En la novela elabora un breve listado a partir de la pregunta «qué es lo que hoy no se puede decir». ¿Hasta qué punto no se puede enunciar cualquier cosa?

En este momento, como en otros muchos, el sobrenombre de la ley mordaza o las continuas denuncias y juicios mostrarían que no. A eso se añade una presión más leve pero más extensa, la de lo que se puede decir pero no conviene decirlo porque quita votos o clientes o simpatías.

¿Se han devaluado las palabras en los últimos tiempos a niveles de bono-basura, al igual que ha sucedido con todo lo gratuito?

En parte sí, aunque también cabe pensar todo lo contrario: que hoy a menudo se vive como si la realidad solo estuviera hecha de palabras.

¿Hasta qué punto no está asimilado por el sistema todo lo contestatario, también en la literatura? Al fin y al cabo usted publica en un gran sello editorial

También estoy contestando a sus preguntas y no creo que eso signifique exactamente que comparta el ideario de su periódico, ni que las personas no monárquicas debamos irnos a vivir a otro país. Por otro lado el capitalismo lo asimila todo hasta que un día ya no puede más.

¿Qué provecho extrae de los encuentros con los lectores?

Cierta tendencia a la introversión me inclina a esconderme, pero una vez que doy el paso aprendo de poder ver cómo son leídas y entendidas las historias. Además, me lleno de caras, tonos de voz y palabras que luego me acompañan mientras escribo lo siguiente.