Las hermanas Bengoa, de 8 y 10 años, protagonistas del cuarteto Dardary

Las hermanas Bengoa, junto a su padre Iban y su profesora Txabeli Sierra, todos ellos miembros del cuarteto de cuerdas Dardary./
Las hermanas Bengoa, junto a su padre Iban y su profesora Txabeli Sierra, todos ellos miembros del cuarteto de cuerdas Dardary.

Eider y Maitane tocan el violín junto a su padre, guitarrista, y su profesora, también violinista

ANIA M. SEISDEDOSTOLOSA.

Tienen solo ocho y diez años, pero ya saben lo que se siente al formar parte de un grupo de música. Las violinistas Eider y Maitane Bengoa son las protagonistas de Dardary, un cuarteto de cuerdas tolosarra en el que tocan junto a su padre Iban, que les acompaña con la guitarra, y su profesora Txabeli Sierra, que toca además el violonchelo.

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El proyecto nació hace un año, cuando las jóvenes comenzaron a recibir clases con Sierra. «Montamos un repertorio que se saliera de lo que ellas habían visto en la escuela de música, donde solo conocían el 'lado oscuro de la música', el sacrificado, el de ensayar y esforzarse mucho. Y también queríamos que entendieran que el violín no solo está ligado al mundo de la música clásica, sino que también puede abarcar muchos otros estilos. Así que empezaron a trabajar canciones nuevas con Txabeli, su nueva profesora particular», cuenta el padre.

Ante el sacrificio que supone asistir a clase de violín a diario, además de los continuos ensayos y los exámenes, los padres de las niñas querían «darle un sentido práctico a sus enseñanzas principales, que el esfuerzo que hacen tuviera una recompensa y que cuando cogieran el violín para practicar pudieran pensar que eso les serviría para divertirse el fin de semana tocando con su grupo», explica él.

Poco a poco, las hermanas comenzaron a tocar juntas, «para probar cómo quedaba», explica la pequeña. Pero Iban, guitarrista autodidacta, siempre había querido tocar con ellas, así que «luego se nos unió Txabeli y al final el aita y, como nos gustaba, nos animamos a seguir. Hasta que tocamos en una boda y vimos la emoción de los novios, que nos dio el impulso definitivo para salir a la calle».

En su repertorio, el cuarteto incluye temas que van desde el bluegrass o el ragtime hasta el blues, pasando por el swing, el canon clásico, el folk y la música celta. «Pero tenemos un mundo sonoro abierto que tenemos que explorar», dice el padre. En cuanto al nombre del grupo «viene de 'dardar', que en euskera significa 'vibración', por la vibración de las cuerdas», cuentan. «Y en castellano también se puede entender como 'dar, dar y recibir'», agrega Sierra.

«Hay muy buen ambiente»

Desde que Dardary nació hace un año, el cuarteto ha ofrecido numerosos conciertos, tanto por cuenta propia, cuando salen a la calle a tocar por iniciativa propia, o contratados. «Hace dos semanas, sin ir más lejos, estuvimos en el bar Etxekalte de Donostia, que fue un concierto memorable, pero también hemos tocado en bastantes locales de Tolosa, así como en escenarios tan diversos como la Plaza Gipuzkoa o los jardines de Alderdi Eder», cuenta el padre.

Aunque en casa «hay bastante disciplina», agrega, «cuando salimos a tocar, ya sea en la calle o en un concierto, reina el buen ambiente y la diversión, porque repito, el objetivo es disfrutar y hacer disfrutar. Todos estamos sacrificando mucho, pero lo hacemos con muchas ganas. De hecho, el día del último concierto que ofrecimos Maitane se levantó y me dijo '¡Qué ganas tengo!'».

Lo que más les emociona, además de ver a las niñas disfrutar, son «las caras de la gente. En Etxekalte muchos terminaron incluso llorando de la emoción. Tanto fue así que tuve que coger el micrófono y decir '¡Eh! ¡Aquí hemos venido a pasarlo bien!», dice el padre. «Lo que más me choca a mí es la cantidad de adolescentes que se nos acercan. Chicas de 15 o 16 años que incluso nos dan dinero, que probablemente será de su paga. Eso es increíble. Y los niños pequeños, esos son los fans número uno, se quedan ensimismados», cuenta Sierra.

Por su parte, Eider confiesa que «su sueño es ser una cantante famosa, porque ya estoy acostumbrada a salir delante de la gente y no me da vergüenza», mientras que Aitziber, su madre, asegura que «soy la que más disfruto. Ayudo a montarlo todo pero luego me dedico a escucharles, que me encanta, y a ver la reacción de la gente, porque estoy un poco camuflada entre el público, y la respuesta de la gente es increíble. Es muy divertido porque algunos dicen 'Mira, el padre con sus tres hijas', o 'El padre y la madre con las hijas'. Además estoy conociendo un mundo nuevo».

«Llevan cinco años tocando»

Eider y Maitane comenzaron a tocar el violín con tres y cinco años, respectivamente. «Mi mujer y yo siempre hemos sido aficionados a la música y cuando escuchamos que en Donostia se impartía el método Suzuki, las apuntamos. El sistema está cimentado en la teoría de que no se nace con talento sino que este se desarrolla. Su impulsor se basó en la educación del lenguaje materno, cómo enseñan los progenitores a sus hijos a hablar. Por eso consiste en estar todo el rato escuchando la música, además de en la repetición y la introducción de las piezas en su 'vocabulario'», cuenta el padre.

«Es impresionante que siendo tan pequeñas sepan ya lo que es tocar en la calle y el sacrificio que hay que hacer para obtener recompensas. Ellas no son conscientes de todo lo que están viviendo, pero seguro que cuando crezcan lo recordarán como una bonita experiencia», agrega. «Quizá no sean del todo conscientes pero sí saben que no es algo habitual todo esto en niñas de su edad, porque ven que en su círculo de amigas no sucede lo mismo», añade Sierra.

De lo que están seguros los tres adultos es de que «esto les está sirviendo muchísimo. Por ejemplo, tocar en la calle es duro, porque nadie te lo ha pedido y no sabes qué puedes esperar ni los imprevistos que pueden surgir. La primera vez que tocamos en público, de hecho, se nos volaron las partituras, y ellas mantuvieron el tipo perfectamente», relata el padre.

«Yo veo a otros alumnos que se ponen histéricos cuando tienen que tocar delante de la gente. Maitane y Eider, sin embargo, se han acostumbrado y ahora disfrutan, lo pasan en grande. De hecho, la pequeña ha cogido tanta soltura que alguna vez ha cogido el micrófono y se ha puesto a cantar, sin que estuviera planeado. Además también es muy bonito que vivan esto juntas, como hermanas, y por supuesto con su padre», asegura la profesora.

«Durará lo que ellas quieran»

El padre de las niñas nació en Vitoria, estudió solfeo en el conservatorio de la capital euskaldun y después hizo tres años de acordeón. «Pero era solo machacar, ensayar muchísimo, examinarte y aprobar, y a mí eso no me gustaba, así que lo dejé», explica. Hijo del acordeonista Jesús Bengoa, que tocó en una banda «que ofrecía muchísimos conciertos», pasó su infancia escuchando música «por lo que siempre me ha apasionado, incluso después de dejar el acordeón», cuenta.

Cuando con dieciocho años se fue a vivir con unos amigos, «empecé a tocar una guitarra que teníamos en el piso y poco a poco fui aprendiendo». Txabeli Sierra, por su parte, es una violinista de larga trayectoria. Estudió en el conservatorio de Leioa y después en Musikene, además de haber recibido clases de Flavio Banterla y haber formado parte de la orquesta Et Incarnatus.

Ambos tienen claro que «en esto lo más importantes son las niñas. Queremos que entiendan que tocando se puede disfrutar muchísimo y, por supuesto, hacer disfrutar al público. Y también que ellas sean las protagonistas. Maitane es la que hace las primeras voces del violín y Eider la que canta, que lo hace muy bien. Pero sobre todo, siempre hemos dicho que en el momento en el que ellas no quieran seguir, se acabó». Pero las niñas están «felices y encantadas», así que parece que Dardary tiene cuerda para rato, nunca mejor dicho.