'The Romanoffs': no es oro todo lo que reluce

Un fotograma del primer episodio de 'Los Romanoff'.

Weiner sorprende con una atípica antología sobre gente corriente atrapada en historias de frustración

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Habría sido un error que Matthew Weiner hubiese decidido hacer un nuevo 'Mad Men' para su regreso a la televisión. El tiempo de los de Sterling Cooper acabó. El creador, que dejó el listón altísimo hace tres años cerrando la historia de Don Draper (con anuncio de Coca Cola incluido), tenía ahora el reto de confirmar su buena pluma y de saciar el apetito de los que nos quedamos huérfanos con el fin de su título anterior. Los hombres de la avenida Madison nos dieron grandes satisfacciones, con sus cuitas y pequeñas conquistas. Pero era momento de pasar página y de plantear un nuevo proyecto igual de estimulante para el espectador.

¿Lo ha conseguido? Al menos con los dos primeros capítulos que ya ha estrenado Amazon Weiner deja claro que en 'The Romanoffs' tiene entre sus manos un producto sólido y que promete. «En la Wikipedia hay cien personas que han mentido asegurando que pertenecían a los Romanoff, eso despertó mi curiosidad», afirmó el creador a la hora de explicar la gestación de la serie. Los Romanoffs, en realidad, son la excusa para hablar de personas, de sus dudas, de sus limitaciones, de sus miedos. ¿No era eso precisamente de lo que trataba 'Mad Men'? De señores sin rostro que recorrían una de las calles más transitadas de Nueva York para sobrevivir a la jungla que a veces es la vida. En esas estaban Draper, Campbell, Sterling, Crane o Cooper. Y por supuesto las mujeres que peleaban por salir de sus sombras, Holloway, Olson, Calvet...

Los primeros descendientes de la familia Romanoff que hemos conocido viven atrapados en conflictos que les impiden disfrutar de sus vidas y sentirse a gusto con ellos mismos. Anushka perdió a su hijo hace años y desde entonces mantiene una actitud hostil contra el mundo. Por eso la llegada de una joven estudiante árabe, Hajar, para cuidarla la desestabiliza. Sus prejuicios le impiden mantener una relación normal con ella y trata de torpedearla a toda costa con comentarios despectivos y extravagantes peticiones. Pero no solo no lo consigue sino que le es imposible no ir encariñándose con ella. Ambas son las protagonistas de la primera entrega de 'Los Romanoffs', un episodio independiente de 90 minutos que se desarrolla en París, que mezcla comedia y drama, y que atrapa al espectador por la absoluta química entre las dos mujeres.

¿Existe alguna conexión entre esta mujer chapada a la antigua que vive rodeada de lujo y no cesa de rememorar los hitos de tus antecedentes y el anodino protagonista del segundo capítulo, un hombre gris incapaz de citar una sola afición con la que disfrute? El apellido, nada más. También él es Romanoff, aunque no parezca que le interese demasiado su linaje. En realidad, ¿qué le interesa? Ni viajar, ni salir a divertirse, ni su mujer. Con ella acude a una terapia de pareja que arroja pocos resultados. Pero una extraña llegará para descolocar su gris existencia. De nuevo una presencia exterior que irrumpe para desbaratar un día a día, para desconcertar, para romper fronteras. Como ya sucedía en el primer episodio. Habrá que ir estableciendo lazos para entender 'Los Romanoffs' como algo más que una serie de telefilmes unidos.

Michael y Shelly, la pareja en la que se centra la segunda entrega, son un matrimonio que atraviesa un mal momento que no parece que halle solución ni con terapia. En realidad se soportan poco pero ninguno se atreve a admitirlo. Él es elegido para formar parte de un jurado popular que deberá determinar el veredicto en un caso de asesinato y no imagina que esta labor va a despertarle sentimientos que mantenía dormidos, casi muertos. Los provocará una mujer con la que comparte tarea en el juzgado y por la que perderá la cabeza hasta el punto de llevarle a tomar decisiones descabelladas.

Posiblemente ninguno de los dos episodios de la producción de Amazon contenga la profundidad a la que Weiner nos tenía acostumbrados en 'Mad Men'. Ambos toman como base una trama sencilla narrada con pulcritud y que no arroja excesivas sorpresas ni giros de guión. Y tal vez -es muy probable- esta sencillez sea deliberada. Posiblemente cuando alguien se enfrenta a una producción que lleva por nombre el de la dinastía rusa espere una historia de grandes intrigas y mucha ostentación. El guionista ha jugado a desconcertar con una producción basada en gente corriente que pelea contra la frustración. No es oro todo lo que reluce, podría querernos decir. ¿Es oro lo nuevo de Weiner? Habrá que valorarlo en su conjunto y decidir. De momento promete ser una antología -compuesta por ocho capítulos independientes de gran duración (quizá excesiva)- sobre las cuitas del ser humano, venga de la cuna que venga.

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