Inma Cuesta: «El feminismo de 'Arde Madrid' no es panfletario»

Inma Cuesta, caracterizada como Ana Mari./Jorge Fuembuena
Inma Cuesta, caracterizada como Ana Mari. / Jorge Fuembuena

«Ana Mari es uno de los personajes más enriquecedores y apasionantes que me he encontrado en mi carrera», asegura la actriz

Iker Cortés
IKER CORTÉSMadrid

Dice Inma Cuesta (Valencia, 1980) que el personaje al que da vida en 'Arde Madrid' es «uno de los más enriquecedores y más apasionantes» que se ha encontrado en su carrera. Probablemente tenga razón. El intrincado viaje emocional que emprende Ana Mari desde el comienzo de la serie hasta su conclusión podría ser un regalo envenado para cualquier intérprete, pero en manos de la versátil actriz se convierte en un papel lleno matices, que emociona, entristece y divierte a partes iguales.

No fue fácil. A saber, una mujer recta y procedente de la Sección Femenina de la Falange que acaba formando parte del servicio de Ava Gardner para informar a sus superiores sobre la disoluta vida de su señora. Y en ese desempeño, crece y cambia. «Era un personaje de composición importante, muy alejado de mí físicamente y en muchos otros sentidos», explica Cuesta. En este sentido, «había que crear una cojera, ese caparazón y esa rigidez de militar... ¡Yo soy Bambi, Candy Candy!», comenta entre risas. Así que a diferencia de otras ocasiones en las que el trabajo sobre un personaje comienza en la mesa, buscando la parte más emocional y todos sus recovecos, aquí tuvo que hacerlo «de fuera para dentro». Los departamentos de maquillaje, peluquería y vestuario, junto a Paco de León y Anna R. Costa, fueron claves: «Íbamos quitando de aquí y poniendo allá hasta armar la estructura física del personaje. Era muy fuerte llegar por la mañana, que me caracterizaran con las cejas, el bigote, el moño y la cojera, y desaparecer. Yo no estaba ahí y eso no me había pasado nunca».

Pero sin duda uno de los hallazgos de la serie es ese arco que recorre el personaje, que pasa de ser alguien absolutamente rigida, católica apostolica y franquista, a enarbolar un discurso feminista. «Lo curioso es que ese feminismo no es panfletario. Es algo absolutamente visceral, que descubre ella, y eso es hermosísimo», reflexiona Cuesta.

Julián Villagrán (Cádiz, 1973) hace de Floren, su hermano en la ficción, un esquizofrénico que hace de la picaresca su principal oficio. Cuesta señala que el trabajo de Villagrán en la serie «es precioso. Es un personaje lleno de ternura y aporta un punto de surrealismo divertidísimo». Cabe preguntarse si para el fue difícil no caer en la exageración. «Creo que tuve cierta tendencia a apretarlo un poco, pero ahí estaban Paco y Ana que me contuvieron. Lo quisieron hacer como alguien muy normal, que tiene ese golpecito dado que lo hace ser un poco ajeno a lo que está ocurriendo en esa época de esa España y lo hace algo más libre», explica el actor.

Anna Castillo y Julián Villagrán.
Anna Castillo y Julián Villagrán. / María Heras

Cuesta también hace hincapié en que la serie cambia los roles tradicionalmente asociados a la mujer o al hombre. «Muchas veces el motor de las cosas lo llevan los personajes masculinos y aquí es al revés. Aquí el punto de arranque está en ellas y la ternura la llevan Manolo (Paco León) o Floren», explica. En ello coincide Villagrán: «Le han dado una fuerza tal a los personajes femeninos que no necesitan de ningún hombre que las salve».

La serie llega justo en un momento en el que la ultraderecha cada vez está acaparando más espacio político, algo que asusta a la actriz. «Creo que en la vida en general hay algo cíclico y en etapas de crisis, la gente se va al lado contrario porque cree que así va a haber un cambio. Y así pasamos de blancos a negros no hay como un luigar intermedio. A mí los extremos me asustan muchísimo y creo que son muy importantes la educación y la cultura en el pueblo para que no esté adormecido y tenga la capacidad de pensar. Creo que ahora hay algo de adormecimiento y se nos olvidan cosas como la importancia de votar y de estar atento a lo que ocurre en el mundo», concluye.

 

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