Woody Allen en San Sebastián: donostiarrismo al cuadrado

Woody Allen y su mujer, Soon-Yi, de paseo por la Concha en San Sebastián esta semana./Michelena
Woody Allen y su mujer, Soon-Yi, de paseo por la Concha en San Sebastián esta semana. / Michelena

El director Borja Cobeaga reflexiona sobre la figura del director neoyorquino, «para unos un apestado, para otros de todo menos una víctima», y el hecho de que ruede en su ciudad natal

Borja Cobeaga
BORJA COBEAGA

Siempre pensé que Jules Dassin era un director francés. Su nombre no me parecía de nacido en Connecticut, de donde realmente era originario el director de 'Noche en la ciudad' o 'Mercado de ladrones'. Para mí era otro cineasta europeo que emigró a Estados Unidos, hizo fortuna en Hollywood y terminó su carrera de vuelta en casa, como pasó con Fritz Lang. Pero no, la Caza de Brujas obligó al americano Dassin a trasladarse a Europa para seguir rodando películas como 'Rififí' o 'Topkapi'. Otros directores han tenido trayectorias geolaborales similares por motivos mucho más escabrosos, como Roman Polanski, que no puede entrar en EE UU por un denuncia de violación.

El caso de Woody Allen es diferente. No tiene cuentas pendientes con la justicia pero se le considera un 'sospechoso social', un 'apestado' para productoras y editoriales estadounidenses. Hablamos de un tipo acostumbrado a rodar y estrenar un largometraje al año, por lo que este parón desde 'Wonder Wheel' es una rareza en su carrera. Algunos dirán que es víctima de una nueva caza de brujas, otros que es de todo menos una víctima. Incluso habrá quien cuestione que sea un gran director de cine porque no se puede separar al artista de la persona. Todo esto pertenece al terreno de la opinión, de la tertulia gigante en la que estamos sumidos todos y que nos lleva a adoptar, dependiendo de nuestros postulados ideológicos, el rol de un Marhuenda o un Ignacio Escolar en un programa de Ferreras.

En el terreno de los hechos, Woody Allen lo tiene complicado para rodar en Manhattan y va a filmar una película en mi ciudad, San Sebastián. Para más inri, la acción se sitúa en el Festival de Cine, lo que es donostiarrismo elevado al cuadrado. No voy a ocultar que me hace particular gracia que el mítico Vittorio Storaro, director de fotografía de la película, vaya a rodar en los lugares donde pedaleaba en mi juventud con una Torrot. Ni que me ilusione que, como alguna de sus obras recientes como 'Blue Jasmine', la película en Donosti le quede a Woody Allen muy bien. Tampoco voy a negar que los publirreportajes de Barcelona o Roma le quedaron regular y que temo que la ciudad pueda caer con Allen y su troupe en un 'síndrome Bienvenido Míster Marshall'. Pero sobre todo pienso en el chasco de Oviedo, ciudad en la que Woody Allen incluso tiene un monumento y donde ahora mismo se sentirán un poco pagafantas.