Muere Bertolucci, gigante del cine europeo

Fallece a los 77 años el director italiano, que en su filmografía supo fundir compromiso político e imágenes memorables, reflexión y espectáculo

Bernardo Bertolucci, en la ceremonia de clausura del Festival de Venecia de 2013./Efe
Bernardo Bertolucci, en la ceremonia de clausura del Festival de Venecia de 2013. / Efe
Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

«Sigo tratando de reinventar el cine con cada película que hago. Y no estoy solo», declaraba Bernardo Bertolucci a EL CORREO en 2003, cuando presentó en el Festival de San Sebastián 'Soñadores', una película en la que, de nuevo, reivindicaba la vigencia de la utopía. Antiguo discípulo de Pasolini, autor de crónicas del desencanto adolescente, de historias freudianas de perfiles operísticos y de suntuosos frescos históricos, Bertolucci fue un lobo solitario que se defendió con uñas y dientes del orden cinematográfico mundial impuesto por Hollywood. El último maestro del cine italiano ha fallecido hoy lunes a los 77 años en su casa del Trastevere romano, según desvela 'La República'.

El personaje Bertolucci, resume el diario italiano, fue «poeta, documentalista, director, productor, polemista, autor por excelencia del cine italiano, estrella del cine internacional». Su coherente trayectoria representa un resumen del pensamientos activo de las cuatro últimas décadas: el paso del intelectual comunista y visceral de los 60 al nuevo pensador conformista, estratégico y multimedia del siglo XXI. En los albores de su carrera profetizó: «Sé que voy a hacer un cine no religioso, laico, burgués y de conciencia desdichada». Acabó ganando nueve Oscar con 'El último emperador'.

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Pequeño burgués nacido en 1941 en Parma y criado a la sombra de un padre poeta y crítico de cine, Bertolucci siempre supo combinar unos ideales comprometidos con la izquierda y una actitud desconcertante en relación a su actividad artística. Su variopinta filmografía ha tenido como nexo en común el interés constante por la política y la historia. El gusto por la caracterización psicológica de los personajes sin recurrir a los tópicos psicoanalíticos al uso y su cinefilia empedernida marcan asimismo películas que no son meros vehículos ideológicos, sino recreaciones intencionadas de una realidad manipulada con sabiduría.

El entramado político sentimental que constituyó el telón de fondo de su primera etapa –'Antes de la revolución', 'La estrategia de la araña', 'El conformista'– dio paso a algo así como el cine de arte y ensayo para amplias minorías. 'El último tango en París', en 1972, encerraba en un piso parisino a dos amantes que se dejaban la identidad en la puerta. Ni siquiera sabía uno el nombre del otro. Un viudo desesperado y una veinteañera hipnotizada se entregaban sin condiciones en una obra maestra sobre el vacío y la desolación, que la censura española convirtió en hito de la memoria colectiva del tardofranquismo: sus secuencias de sexo (entonces se decían que eran reales) obligaban a ir en procesión morbosa a San Juan de Luz y Perpiñán. El filme estuvo prohibido en Italia durante 14 años y su autor condenado por obscenidad. No entró a prisión, pero no pudo ejercer su derecho al voto durante cinco años.

'Novecento' (1976) demostró la ambición desmedida de su autor, que empleó 18 millones de dólares en trazar un fresco épico, social e histórico de la historia de Italia en el siglo XX a lo largo de casi seis horas. Los críticos más pazguatos se quedaron solo con la lucha de clases, representada por la historia de amistad entre un terrateniente y un campesino nacidos el misma día (Robert de Niro y Gérard Depardieu). Un melodrama trufado de escenas memorables construido sobre la oposición de dos mundos, el campesino y el burgués, y que fundía la forma operística propia de Verdi (el filme se dividía en dos actos) y el teatro didáctico: la música de Morricone y las banderas rojas lograban que el público saliera del cine henchido de orgullo obrero. Muchos niños españoles se bautizaron Olmo en honor del personaje de Depardieu.

Bernardo Bertolucci en el rodaje de 'El último tango en París', junto a Marlon Brando y Maria Schneider; en la presentación de su última película, 'Yo y tú', en 2012; y con uno de los nueve Oscar que recibió por 'El último emperador' en 1988.

A principios de los 80, Bertolucci encontró irrespirable el aire de Italia, asqueado del hedor a corrupción. Y partió hacia países en los que, según confesión propia, «todavía no hubiese llegado el consumismo»: China, Magreb, Nepal, Bután... 'El último emperador' (1987) contaba la historia de una metamorfosis, la de Pu Yi, «de emperador a ciudadano, de oruga a mariposa, de dragón a jardinero». El productor Jeremy Thomas convenció a las autoridades chinas para que se les permitiera filmar en el interior de la Ciudad Prohibida por primera vez. El resultado fue un fascinante biopic sobre un hombre arrastrado por los vaivenes de la Historia, que de nuevo fundía a la perfección espectáculo y reflexión.

Bertolucci inaugura los 90 con otra obra maestra, 'El cielo protector', una modélica adaptación del novelón de Paul Bowles sobre una pareja de occidentales (John Malkovich y Debra Winger) que asiste a la descomposición de su amor en la intemperie física y mental del desierto marroquí. Tras el fiasco de 'Pequeño Buda', decorativa incursión en la cultura budista con una mirada más turística que intelectual, el director incursionó en territorios más seguros con 'Belleza robada' (1996) y 'Asediada' (1998), hasta regresar a lo grande con 'Soñadores' (2003), una virtuosa y sutil pieza de cámara. Un cuento moral protagonizado por tres bellos cachorros de la burguesía, que se quedan solos en el París de Mayo del 68 mientras sus padres se van de vacaciones. Mas allá del homenaje a la Cinemateca francesa en la que Bertolucci vivía con 18 años, 'Soñadores' constituía un sentido y hermoso homenaje al cine a través de secuecias de clásicos intercalados en el metraje y recuperaba el hálito turbio y desolador de 'El último tango en París': como en aquella, los protagonistas dejaban fuera de la puerta su identidad social porque contaminaba su relación.

Bernardo Bertolucci se ha ido sin poder llevar a cabo su anunciada secuela de 'Novecento', que llegaría hasta la Italia de 1945, «En mi generación fuimos nietos de Marx y Freud, los pensamientos que más me han influido en mi trabajo», reflexionaba el realizador. «En el momento en que se hundió el socialismo real sentí un gran vacío. Hoy vivimos en una sociedad desmovilizada, en la que los políticos se han convertido en tecnócrata mediocres. Como la política se ha vaciado de ideología, propongo recuperar la utopía y la rebeldía».

Los problemas de salud que le confinaron en los últimos años a una silla de ruedas no le impidieron cerrar su filmografía con 'Yo y tú', estrenada fuera de concurso en el Festival de Venecia de 2012. El filme volvía a mostrara a adolescentes mediatizados por una sociedad que no les entiende. Basada en la novela homónima de Niccolò Ammaniti, 'Yo y tú' contaba la historia de un chaval que decidía esconderse en el trastero de su casa durante una semana mientras sus padres creen que se ha ido a una excursión escolar. Allí lo encuentra su hermanastra enganchada a las drogas, que se instala con él para enfrentarse a un mundo del que tratan de escapar a pesar de no haberlo vivido todavía.

«No se puede vivir sin Rossellini», gritaba uno de los personajes de 'Antes de la revolución'. El cine de Bertolucci supo pronto desembarazarse de sus referentes y enfrentarnos al espejo de nuestras miserias morales e históricas, ya sea un chaval heroinómano enamorado de su madre en 'La luna' o un fascista que no duda en envilecerse para medrar en 'El conformista'. «Vivo obsesionado por el miedo de llegar a realizar solo la imitación de mí mismo», reconocía a este periodista en 2003 el ganador de la Palma de Oro en Cannes y el León de Oro de honor en Venecia. «He amado a demasiados directores que, en cierto momento, han empezado a hacer la misma película y a repetirse una y otra vez. El manierismo de uno es el final». La Italia de Salvini se quede más huérfana todavía.

 

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