Flako, bueno en el fondo

Flako esconde su verdadero nombre y su rostro. Ha encauzado su vida y en el trabajo nadie conoce su pasado como atracador de bancos./José Ramón Ladra
Flako esconde su verdadero nombre y su rostro. Ha encauzado su vida y en el trabajo nadie conoce su pasado como atracador de bancos. / José Ramón Ladra

Un documental y un libro cuentan la vida de este butronero que se movía por las cloacas de Madrid para asaltar bancos. «En los atracos me transformaba en un salvaje, pero no soy así», dice el joven, en libertad condicional tras 5 años de cárcel

José Antonio Guerrero
JOSÉ ANTONIO GUERREROMadrid

Este tipo con cara de buena persona lleva una pulsera telemática atada al tobillo izquierdo. Tiene que estar en casa a las diez y media de la noche, pero hoy disfruta de un par de horas más de margen. Se estrena un documental que él protagoniza y le han dado cuartelillo. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que el tipo con cara de buena persona (que la oculta con una máscara de látex para las fotos) fue un desalmado que atracaba bancos. Encapuchado y armado con una pistola, apuntaba a los empleados, les amenazaba con volarles la cabeza, les insultaba, les amordazaba, les arrastraba por el suelo… sembraba el pánico y se llevaba el dinero. Sus golpes en 2013 a dos sucursales en Madrid, uno en pleno barrio de Salamanca y otro en Usera, le regalaron notoriedad, sobre todo por su particular 'modus operandi': se movía como un fantasma por las cloacas de la ciudad y desde allí excavaba butrones para asaltar las oficinas bancarias. Un método arriesgado… y sucio.

Desde el fétido alcantarillado, él y su banda accedían al sótano de las entidades antes de que abrieran sus puertas al público, retenían a los trabajadores, les obligaban a desactivar las alarmas y abrir la caja fuerte, se llevaban miles de euros y escapaban por el mismo agujero por el que habían entrado. Todo en pocos minutos, todo muy milimetrado, todo muy profesional… tratando de emular, evidentemente sin conseguirlo, aquella máxima de «Sin armas, sin odio, sin violencia» del gran ladrón de bancos Albert Spaggiari, un francés que en 1976 se llevó limpiamente de la Societé Generale de Niza 60 millones de francos abriéndose camino por las galerías subterráneas. Pero, a diferencia de aquél, éstos tiraban de armas de fuego y de violentas intimidaciones para aterrorizar al personal. Eso sí, jamás derramaron una gota de sangre.

Los telediarios dedicaron muchos minutos a contar aquellos sucesos dignos de un guion de película. La fama del butronero que repartía pescado por las mañanas y se movía por el subsuelo por las noches fue creciendo hasta que, el 26 de agosto de 2013, la Policía detuvo al 'Robin Hood de Vallecas', como le conocían en su barrio, aunque no haya constancia de que repartiera la pasta entre los vecinos. Horas después del arresto, su mujer dio a luz. El parto se le adelantó dos meses por el disgusto de ver a su marido esposado.

Flako, como se hace llamar ahora para ocultar su identidad, fue sentenciado a siete años y medio de prisión. Y aquí es donde entra en juego el director de cine León Siminiani (Santander, 47 años), que, tras estrenar su largometraje 'Mapa' (2013), empezó a dar vueltas a la idea de rodar una película de atracos. Siminiani conoció la historia de Flako (el nombre es ocurrencia suya), que cumplía su pena de cárcel en Estremera. Descubrió entonces que se metió en el 'oficio' por tradición familiar, que era hijo de otro conocido butronero que también acabó entre rejas, el último de una estirpe. Le envió una carta proponiéndole una entrevista en prisión y, tras varios meses de espera, «cuando ya casi ni me acordaba», recibió la respuesta afirmativa.

«Me dijo que podía acompañar a su mujer en una de sus visitas». De aquel día, León recuerda que se desplazó a Estremera con más miedo que expectativas. A fin de cuentas, se iba a topar cara a cara con un peligroso delincuente que arrastraba una severa condena. «Iba acojonado y me encontré con un tío que te cae de puta madre, que te parece un bonachón; realmente desafió todos mis prejuicios», se sincera el director sentado a la mesa de un bar de Madrid junto a Flako, que esboza una tímida sonrisa cuando escucha la palabra miedo.

Flako lleva una pulsera localizadora en el tobillo.
Flako lleva una pulsera localizadora en el tobillo. / J. R. Ladra

«Soy incapaz de hacer daño a nadie», afirma mientras da un sorbo a una coca-cola. «Tengo diez años cotizados a la Seguridad Social, he trabajado en la construcción, repartiendo pescado, haciendo rótulos, de vigilante, de auxiliar administrativo, la verdad es que no me veo como un delincuente. Es cierto que en los atracos me transformaba en un salvaje, pero no soy así. Siento un cargo de conciencia enorme por las personas a las que he apuntado con la pistola».

Nada más concluir la visita, León supo que había dado con un potente hilo del que tirar para su peli, que finalmente ha derivado en un documental titulado 'Apuntes para una película de atracos', que se acaba de estrenar.

En los bajos fondos

Las visitas y el intercambio de cartas (siempre firmadas con el lema de Spaggiari «Sin armas, sin odio, sin violencia») continuaron durante meses hasta forjarse una curiosa amistad entre preso y cineasta. León le hacía llegar libros que Flako devoraba en su celda y que le reenviaba con anotaciones en los márgenes, subrayando sus frases favoritas («Las alcantarillas nos hacían ser fantasmas...»).

Con todo el tiempo del mundo por delante, el recluso leyó muchísimo, aprendió técnicas de escritura y, animado por el director, se volcó en plasmar sus recuerdos en unas decenas de folios. Esas memorias, que constituyen la base del documental, se convertirán en una novela que la editorial Libros del KO publicará el 21 de enero. Será algo así como la autobiografía de un criminal que ha sentado la cabeza y llevará por título 'Esa maldita pared', por un verso de la canción de Bambino 'La Pared', que el padre de Flako, que murió en 2008 con 55 años, ponía en el Opel Kadett a toda pastilla cuando estaba de subidón tras un golpe que había salido bien. Esa rumba flamenca le recuerda a su padre, el «maestro» que le enseñó todo antes de cederle el testigo, y los «buenos momentos» que pasaron juntos en los bajos fondos y en familia. «Era un atracador, pero era mi padre y yo le admiraba y le quería mucho», confiesa con orgullo.

Flako, de 34 años, aún no ha terminado de cumplir su pena de prisión. Le quedan poco más de doce meses de la condicional, pero se gana el sueldo en un trabajo mileurista y se beneficia del tercer grado que le permite ir a dormir a su casa, de donde no puede salir entre las diez y media de la noche y las cinco y media de la madrugada. No es que reniegue de su pasado, pero ni loco quiere repetirlo. Sobre todo por su hijo, el niño que nació a las pocas horas de su detención. «Nunca me perdonaré no haber podido estar en el parto. No quiero que mi hijo vea en mí lo que yo veía en mi padre».

Unos datos

Delincuente precoz.
Empezó a delinquir con 15 años, fue detenido a los 28 y ahora tiene 34. Vive en pareja y son padres de un hijo.
Sin antecedentes.
No tenía antecedentes penales. Le condenaron a siete años y medio por dos atracos con violencia.
Escritor.
En enero saldrá a la venta su autobiografía, 'Esa maldita pared', editada por Libros del KO. Flako ya ha empezado a escribir una nueva trama.
Apuntes para una película de atracos.
Se acaba de estrenar en salas de toda España y tiene una duración de casi 90 minutos.
Rodaje.
El barrio de Salamanca, Usera, Vallecas, la cárcel de Estremera, el piso del propio director... son solo algunas de las localizaciones.
Mirada al pasado.
En la película se intercalan secuencias en blanco y negro de otros conocidos filmes de atracadores.

La relación con su progenitor empezó tarde porque, como un calco de su vida, ingresó en la cárcel cuando Flako era apenas un bebé. Se tiró largos años a la sombra y cuando salía le faltaba tiempo para preparar un nuevo golpe. Con solo 15 años, Flako le acompañó en su primera incursión en el subsuelo de Madrid. «Pude decir que no, pero no lo hice. El que decidió entrar en la alcantarilla fui yo». Se estrenó bajando con una mochila llena de bocadillos, un alargador para el gato hidráulico y algunas botellas pequeñas de oxígeno. Y ya no paró.

Los descensos a las entrañas de la capital se fueron sucediendo al tiempo que el chaval aprendía del padre las técnicas de una 'profesión' tan especializada que apenas la ejercían un puñado de atracadores. Así es como el aprendiz se fue metiendo de lleno en el negocio, desplegando un sexto sentido para orientarse y una memoria prodigiosa: conocía bien las bocas de acceso a la red general, las galerías subterráneas, los conductos que discurrían bajo las oficinas bancarias, las salidas del agua, los respiraderos… Le bastaba con echar un ojo a una tapa de alcantarilla para saber si era 'santa', especialmente indicada para acceder a un corredor central sin ser visto. Para asegurarse, colocaba encima la furgoneta de la pescadería en la que trabajaba y descendía por el agujero. Se desenvolvía con soltura por las cloacas y aprendió a guiarse por ese 'callejero' subterráneo donde las condiciones (humedad, oscuridad, aguas fecales, ratas…) alcanzan lo insoportable.

En una ocasión permaneció 16 horas de mierda en aquel infierno irrespirable. En sus decenas de incursiones se encontró de todo: una maleta vacía, un hueso que parecía humano y lo más inquietante: las huellas frescas de las botas de la Unidad de Subsuelo de la Policía. «Ahí sí que se te ponían los pelos de punta». Su estrategia podía durar meses, pero seguía siempre los mismos pasos antes del golpe final: observación, inspección, expedición y la fase última de picado. «Si llovía arriba, abajo lo notábamos. El agua nos llegaba a la cintura y la corriente te arrastraba».

Hace tiempo que Flako decidió dejar aquella vida atrás. Por su mujer, por su hijo. También por él mismo y por la gente que le ha brindado su confianza, como León. De algún modo, el documental ha tenido su efecto catártico. De los años de cárcel le ha quedado el gusto por leer y escribir. Escribe con una mezcla de furia y ternura que asombra en un joven que no terminó el Bachillerato. También aprendió a coser y a repujar cuero. A León le ha regalado un tarjetero de piel que confeccionó entre rejas. Un trabajo artesanal y castizo. Como el de valerse del alcantarillado para butronear el Bankia de Usera, o fraguar con su banda el atraco al Santander del elitista barrio de Salamanca entre cañas y bocadillos de calamares en la barra de un bar obrero de Vallecas. «Pero, lamentablemente, la cárcel también es un lugar donde se aprende a hacer contactos para seguir delinquiendo. Ahora que estoy fuera me bastarían dos llamadas para conseguir unas pistolas o diez kilos de cocaína». Ni se le ocurre descolgar el teléfono.

Resulta que va a ser cierto que el tipo con cara de buena persona, en el fondo, lo es. Ameno conversador, habla con energía desbordante y posee un talento natural para contar historias que ha sorprendido a León y a sus próximos editores («igual no sabe dónde poner una coma o la tilde, pero escribe con frescura, con honestidad y con mucha fuerza y originalidad»). Pero Flako es sobre todo un padrazo que mira la hora para poder estar con su mujer y su hijo, el puerto familiar donde ahora quiere atracar su vida. Para siempre, para empezar de nuevo. El atraque perfecto.

El director que siempre quiso hacer una peli de atracos

«Siempre quise hacer una película de atracos». Así arranca 'Apuntes para una película de atracos». Es una frase de su director, el cántabro León Siminiani, que ha plasmado en su documental todas las vicisitudes por las que pasó hasta llevar a buen puerto la historia de Flako, incluida la numantina resistencia de la mujer del atracador a divulgar el pasado de su marido, ahora que su nueva vida está felizmente encauzada. Ella, finalmente, cedió, «aunque tampoco te creas que está muy convencida», bromea León. Para preservar el anonimato de Flako, que trabaja ahora en una fábrica en la que nadie conoce sus andanzas delictivas, sale siempre con una máscara de látex, que no hace justicia a una cara con más rasgos inocentes que culpables. Parece mentira que este tipo fuera un atracador peligroso. Lo cierto es que lo fue. Y León, en el documental, ha conseguido tomar distancia y retratar a la persona sin olvidarse del delincuente.

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