Érase una vez... en Hollywood

Un espectacular homenaje al cine

Fotograma de 'Érase una vez... en Hollywood'.

Borja Crespo
BORJA CRESPO

Si hablamos de cine de autor realizado dentro de la maquinaria de Hollywood, cual caballo de Troya, pocos nombres pueden citarse. Entre ese privilegiado puñado de firmas, aguanta estoico un tal Quentin Tarantino, el mismo al que ahora algunos quieren 'cancelar', despachándose su filmografía de manera irracional para ser los primeros en llevar las antorchas en la caza de brujas. Mal que les pese a algunos fans, ahora convertidos en 'haters', el autor de 'Kill Bill' se adelantó a la actual tendencia de retratar personajes femeninos empoderados: ahí está la soberbia 'Jackie Brown', con una protagonista que aún, a día de hoy, rompe todas las reglas del cine 'mainstream', o la, para muchos, desconcertante 'Death Proof', donde desmonta los mecanismos del 'slasher' y da la vuelta al rol de macho. Es difícil mantener la personalidad en el negocio del séptimo arte, pero el artífice de clásicos como 'Reservoir Dogs' o 'Pulp Fiction' sigue fiel a sus obsesiones y no pierde su voz en un panorama audiovisual poco generoso con lo diferente. Con 'Lo odiosos ocho', su última apuesta, reafirmó su amor por el western y su reivindicable pasión por devorar películas en pantalla grande, como un ritual en la sala oscura, algo que, desgraciadamente, se está perdiendo.

Es su empeño por ofrecer espectáculo a través de obras que definen a un país, forjado a base de violencia, Quentin estrena su noveno largometraje sin el sello Weinstein que ha manchado su expediente. 'Érase una vez en Hollywood' cosecha buenas críticas por doquier. Si entiendes el hecho cinematográfico como un arte, es difícil no caer en los brazos de la última apuesta del francotirador Tarantino, un 'DJ' de inusual talento visual, capaz de triturar referencias y crear su propia obra, rompiendo esquemas y transitando vías de expresión inesperadas de la mano del cine de género, sea thriller, western o comedia negra. Esta vez se recrea en los parámetros de las buddy movies, con un dueto protagonista de excepción, Brad Pitt y Leonardo DiCaprio, que exudan carisma a raudales, además de su habitual estrella. En el trabajo actoral excepcional de ambos astros se apoya un argumento que refleja el Hollywood de finales de lo años 60, excusa perfecta para que el artífice de 'Malditos bastardos' se monte una fiesta de citas a una época. Nostalgia cinéfila por los poros, exhibida en Cannes gracias a la cabezonería de su máximo responsable, 25 años después de volar la cabeza al personal con 'Pulp Fiction'. Cine dentro del cine, el tema favorito del realizador estadounidense, que diserta sobre las expectativas frustradas, el éxito y el fracaso, temas que casan a la perfección con un escenario tan jugoso como la meca «donde se hacen realidad los sueños». El desfile de rostros populares de la historia del medio, reencarnados por actores convenientemente caracterizados, es inconmensurable.

DiCaprio interpreta a un actor de televisión en horas bajas mientras Pitt aparenta ser su colega y asistente, aunque su trabajo real es ejercer de especialista en escenas de riesgo, muchas veces sustituyendo a su compañero de borracheras. También entra en escena Sharon Tate, a quien pone en juego Margot Robbie. Afortunadamente, la sombra de Charles Manson, instigador del asesinato de la artista, no es alargada en un relato que no se centra en tan trágico acontecimiento. Tarantino, más contenido y sensible de lo habitual, despliega con buen afán su memoria cinematográfica, con guiños inspirados y algunos pasajes brillantes, exhibiendo un poderío visual embriagador. Esperemos que sea un vacile su intención de abandonar la profesión de director en su décima película. No se cansa de repetirlo.