«Seguir siendo punkis a los 52 es patético»

Treinta años separan estas dos imágenes de Pablo Berger y Álex de la Iglesia./José Luis Nocito y Jordi Alemany
Treinta años separan estas dos imágenes de Pablo Berger y Álex de la Iglesia. / José Luis Nocito y Jordi Alemany

Álex de la Iglesia y Pablo Berger se reúnen treinta años después para recordar el Bilbao salvaje de los 80, repasar sus carreras y reivindicar el humor «en estos tiempos de nuevos inquisidores»

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

Pablo Berger y Alex de la Iglesia eran «siameses» hace 30 años, cuando rodaron 'Mama', un cortometraje que el primero dirigió y en el que el segundo firmó la dirección artística. Se conocieron en la Universidad de Deusto, de la que estuvieron a punto de ser expulsados por proyectar 'El último tango en París'. Tras el bombazo de 'Mama', donde convivían el gore y Torrebruno, Berger se marchó a estudiar cine a Nueva York y De la Iglesia encontró en Almodóvar un productor para cambiar la faz del cine español con 'Acción mutante'.

Este periódico ha reunido a los dos directores bilbaínos más exitosos treinta años después de que aparecieran por primera vez en sus páginas. Aunque parezca increíble, en todo esto tiempo no habían vuelto a posar juntos ni a repasar sus inicios en el Bilbao de mediados de los 80, cuando vivían de noche y hacer cine era una quimera. La reunión ha sido posible gracias al Festival Ja!, que homenajea a De la Iglesia este sábado, el mismo día en el que Berger elegirá sus secuencias de humor favoritas.

–¿Cuándo se conocieron?

–Álex: A los 18 o 20 años en el cineclub de la Universidad de Deusto. Pablo estudiaba Informática y yo Filosofía. Inmediatamente nos hicimos amigos. Por aquel entonces, en un cineclub había que proyectar cosas como 'Portero de noche', ese tipo de cine que entonces odiaba y ahora me encanta. Nosotros queríamos dar 'Asalto a la comisaría del distrito 13', de Carpenter, que no habíamos visto. Reivindicábamos un cine 'idiota' como manera de llevar la contraria, que es lo que hemos hecho siempre.

–Pablo: Recuerdo los carteles maravillosos que dibujaba Álex para promocionar el cineclub en la uni. Fue un momento clave en el que nos dividíamos las funciones; Álex hacía la publicidad y yo redactaba las hojitas con la ayuda de mi enciclopedia del cine.

–Álex: ¿Te acuerdas de la que se montó con 'El último tango en París'? La dimos y salimos en el telediario, fue un momento maravilloso. No me acuerdo exactamente de qué pasó...

–Pablo: La proyectamos, cerraron el cineclub y nos amenazaron con expulsarnos a todos de la universidad. Fue la primera vez que salimos en televisión. En Deusto les parecía que no era una película adecuada para mostrar en la universidad. Recuerdo decírselo a mis padres: a lo mejor me echan por haber proyectado 'El último tango en París'... Ahora nos reímos, pero estábamos en tercero de carrera.

–Álex: Yo no me lo creía. Luego no pasó nada.

–¿Cómo era aquel Bilbao de mediados de los 80?

–Álex: Indefinible. Radicalmente opuesto al actual. Un lugar negro, como mucho gris, todavía sigo descubriendo el color de los edificios. Recuerdo Altos Hornos iluminando la noche... Te acostumbrabas a que el cielo fuera rojo los miércoles. Un sitio con opiniones diametralmente opuestas y todas parecían verdad. Todos estábamos dentro y por eso no nos podíamos reír, solo lo hemos hecho cuando hemos establecido una distancia. Cuando ibas a Madrid descubrías cómo eran las cosas de verdad.

–Pablo: Llovía, era 'Blade Runner'. Y nos guarecíamos de la lluvia en los cines, porque entonces había uno en cada esquina: el Capitol, el Buenos Aires, el Actualidades, el Gran Vía, el Urrutia, el Consulado, el Astoria...

–Álex: El Campos...

–Pablo: Bilbao era una ciudad donde tú y yo nos escapábamos de la realidad a través del cine.

–¿Había agitación cultural?

–Álex: Nosotros hacíamos esa agitación pero porque nos divertía, no buscábamos participar en nada especial. Organizábamos fiestas en la galería Safi, que estaba en las Cortes. Había gente tan loca como nosotros que se hacían amigos al instante: Arri, Biaffra, Berto, Bada... Los sigo admirando porque no he encontrado gente mejor que la que conocí en aquella época.

–Pablo: Yo frecuento menos la Safi. También éramos satélite del grupo de teatro Karraka, que era un referente: Álex Angulo, Ramón Barea, César Sarachu...

–La Safi ha adquirido proporciones míticas para los que no la conocimos.

–Álex: Yo no he vivido nada igual. Hicimos un pase de modas en el que unos iban desnudos y otros vestían trozos de chapa que les hacían heridas. Yo llevaba una boina de carlista con antenas y un traje folclórico con pintura acrílica por encima. El dadá, el nihilismo alegre, era esencial. Y todo eso en la Palanca, con prostitutas que eran muy amigas nuestras. Siempre llegaba un momento, como en mis películas, en que todo se volvía loco: se incendiaba, venía la policía... Todo nos parecía normal.

–Pablo: De ese nihilismo punk surge 'Mama'. Recuerdo días y días sin dormir... Reivindicábamos el costumbrismo, los 70, nuestros mitos de infancia. No mirábamos hacia fuera, sino hacia donde habíamos crecido. Gracias a 'Mama', Álex y yo descubrimos que si hacemos lo que nos gusta y nuestro trabajo sale de las entrañas siempre habrá un público que conecte con él. Con el corto ganamos el Festival de Alcalá de Henares y fuimos a Clermont Ferrand.

–Álex: Pablo tuvo por primera vez la visión moderna de lo retro. Nadie había reivindicado hasta entonces la serie de 'Batman', la cultura popular. No nos interesaba el éxito, solo pasarlo bien.

Pablo Berger y Álex de la Iglesia se dan un abrazo.
Pablo Berger y Álex de la Iglesia se dan un abrazo. / Jordi Alemany

–Escribieron un guion juntos titulado '2.000 vascos'.

–Pablo: Sí. Alaska y todos los modernos de Madrid nos recibían con los brazos abiertos: estos locos de Bilbao son los únicos que hacen cine salvaje, pensaban. Y en uno de esos fines de semana fuimos a la estación de la Avenida de América a coger el primer autobús que fuera a un pueblo, estaríamos de gaupasa. Y nos pasamos un fin de semana en una pensión de un pueblo de La Mancha escribiendo un 'remake' de '2.000 maníacos' de Herschell Gordon Lewis.

–Álex: Iba de un grupo de madrileños que en los 70 viaja a Biarritz a ver 'El último tango'. Y en el camino caen en un pueblo de Euskadi, donde son atacados por un grupo de vascos que les van matando mediante sus tradiciones: arrastre de piedras, pelota vasca... Era de detenernos.

–En 1990, Pablo se marcha a estudiar cine a Nueva York becado por la Diputación de Bizkaia.

–Pablo: Sí. Yo trabajaba en Arthur Andersen y el éxito de 'Mama' había hecho que hasta nos llamaran productores. Poco después Álex rueda 'Mirindas asesinas'.

–Álex: De hecho hicimos una performance en Arthur Andersen mítica... Yo tengo que agradecerle a Pablo que se fuera a Nueva York, porque si no yo hubiera sido siempre su decorador. Yo quería hacer cine, me daba igual dónde. Con ayudarle en sus películas hubiese tenido suficiente.

–Pablo: De los dieciocho a los veintipocos, Álex y yo fuimos como hermanos siameses que compartimos noches y obsesiones. Cuando yo me voy, Álex empieza a hacer películas.

–Álex: Estabas en formol, y cuando regresas diez años después lo haces con una fuerza increíble.

Arriba, 'Mama'; debajo, 'Mirindas asesinas' y 'Acción mutante'.

–Sus personalidades son muy diferentes.

–Pablo: El yin y el yan. Yo soy la reflexión y Álex el frenesí. Él es feliz rodando y yo sufro en los rodajes. Pero nuestras obsesiones son las mismas. Yo le miro y le entiendo.

–Álex: 'Torremolinos 73' podría ser un proyecto mío, y mis películas ser suyas, aunque con realizaciones distintas. 'Blancanieves' me la contaste con 18 años, siempre has querido hacer una película con el bombero torero.

–¿Qué les parece el cine del otro?

–Álex: Veo sus películas y siento que me pertenecen, que son parte de mí. No puedo decir que me gustan o no, es mucho más que eso. Cuando vi 'Blancanieves' pensé: la ha hecho. Y 'Torremolinos 73' es alucinante.

–Pablo: A mí me pasa lo mismo. Veo cosas de mi cine en sus películas y seguro que a él le pasa lo mismo. Dos siameses se separan y uno hace muchas películas y el otro muy pocas. Nuestra mirada después va por derroteros diferentes.

–Corren malos tiempos para el humor, indisociable de la obra de ambos.

–Álex: Los ofendiditos, como dicen en Twitter. Siento temor y decepción, porque eran batallas ya ganadas. Es como si cada cierto tiempo tuviéramos que recuperar algo que nos quitan. La lucha contra el humor es la lucha contra la libertad. Si uno no se puede reír no se puede expresar. ¿Hay razones para la indignación y la gravedad? Claro, pero es triste que gane la conversación seria, que no es más que aburrimiento.

–Pablo: Vivimos un nuevo puritanismo, una censura con nuevos inquisidores. Penalizar el humor es un paso atrás.

–Álex de la Iglesia fue pionero en Twitter, mientras Pablo Berger no está en las redes sociales.

–Pablo: Lo máximo que tengo es WhatsApp. Intento vivir aislado, en mi burbuja. Cuando toca promocionar una película lo doy todo, pero el resto del tiempo desaparezco.

–Álex: Te ahorras muchos problemas.

–Aquellos salvajes de la Safi hoy son padres de familia aburguesados.

–Álex: Totalmente. Somo excrecencias, basura. Seguir siendo un punki a los 52 años como los heavies de la Gran Vía es patético.

–Pablo: Somos 'BoBos', bohemios burgueses como dicen los franceses... Por otro lado, seguimos siendo fieles a la hora de contar historias desde la libertad.

–Álex: El público es infinitamente más inteligente de lo que creemos. Yo quiero volver a experimentar el sabor de 'Mama', esa sensación de camaradería con los amigos. Esa ilusión infantil.

–Pablo: Se me van a saltar las lágrimas... Nadie sabe nada en este negocio, ya lo dijo William Goldman. Nuestra única arma como cineastas es la intuición y el corazón.

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