«No sé qué pasa con la talla del zapato, ¡todos creen tener menos!»

Juan Ángel en el lugar que lo vio nacer y crecer, Calzados Duque, y que ya tiene más de cincuenta años de historia./F. DE LA HERA
Juan Ángel en el lugar que lo vio nacer y crecer, Calzados Duque, y que ya tiene más de cincuenta años de historia. / F. DE LA HERA

Primero fue su ama, luego se sumó su aita y ahora es él quien se calza las botas cada día para sacar adelante una de las zapaterías más míticas

YLENIA BENITO

Aún quedan en Irun algunos lugares añejos. De esos en los que parece que no ha pasado el tiempo, pero que han estado todo el tiempo aquí. Son parte de la historia de esta ciudad, que han visto crecer y cambiar paso a paso. En este caso, con paso firme y con buen calzado. El más cómodo porque 'Duque' es sinónimo de calidad para nuestros pies. La ya mítica zapatería irundarra ha recorrido ya más de 50 años de historia y sigue en pie. Sigue caminando hacia adelante, ahora con Juan Ángel a los mandos de este lugar que, como el buen vino, envejece y sigue sabiendo bien. O mejor.

-Juan Ángel, 50 años...

-Bueno, en realidad son más. Tengo el cartel de los 50 años, de las bodas de plata, pero en realidad la zapatería tiene 52 años.

-Casi nada...

-Sí, sí. Tengo por ahí guardada la hoja de licencia de apertura. Creo que, si no recuerdo mal, es del 4 de septiembre de 1967.

-Seguro que has oído hablar de esos primeros días muchas veces, ¿cómo fueron?

-Pues fue todo a raíz de un compañero del aita. Mi padre trabajaba en Francia y allí conoció a un amigo que tenía un negocio parecido. Él fue quien animó a mi aita a abrir la zapatería.

-¿Pero tu aita trabajaba en el sector del calzado?

-No, ¡nada que ver! Trabajó en varios sitios, pero lo que más trabajó fue la construcción. Ya ves, nada que ver con la construcción.

-¡Qué valiente!

-Sí, sin duda, pero también es verdad que ese amigo le ayudó y asesoró mucho. La idea de mi padre, que estaba a punto de casarse, era que mi ama tuviera un lugar en el que trabajar. Los dos aprendieron el oficio sobre la marcha.

-Pasito a pasito...

-Claro, mi ama aprendió a base de hacer. Así se hacían las cosas antes, poco a poco y fijándote mucho. Y no les fue nada mal. Una vez montado el negocio empezó a funcionar y...¡a volar!

-¿Y sabes por qué eligieron el número 6 de la calle Dunboa?

-Pues supongo que porque vivíamos cerca y porque les gustó el sitio. Aquí antes no había nada, pero estaba la avenida de Navarra y tenía posibilidades de crecer. En seguida empezaron a hacer construcciones y pisos alrededor y el barrio empezó a crecer.

-En eso habéis sido espectadores de lujo, primera fila.

-(Risas) Sí, sí. Aún recuerdo cuando todo esto era terreno, aquí jugábamos en el campo. Luego empezaron a adecentar las parcelas para pisos, también estaban los cuartelillos de la Guardia Civil, he visto cómo han hecho el canal... Todo, lo hemos visto todo.

-El barrio empezó a crecer, pero el negocio también. ¿Verdad?

-Sí, la cosa empezó a ir bien en la tienda y mi padre dejó de trabajar en Francia para venir aquí. En ese momento, abrieron un segundo local en San Miguel. Así tuvimos dos comercios, pero...

-Llega un traspiés...

-Mi padre, desafortunadamente, desapareció cuando éramos muy jóvenes. Falleció en el 85 cuando mi hermano tenía 15 años, mi hermana tenía 10 y yo, 14. Imagínate, con niños tan pequeños y con dos comercios... Mi madre tuvo que trabajar muchísimo y nosotros ayudarla.

-Os tocó coger el calzado de adultos antes de tiempo...

-Claro, le hemos echado una mano a mi ama siempre. Recuerdo cuando estábamos continuamente entrando y saliendo de la tienda. Andábamos por el barrio jugando, entrábamos a merendar, nos íbamos, volvíamos a jugar otro rato... Pero al fallecer mi padre, que fue un duro golpe, nos centramos más en ayudar a la ama. Tanto yo como mi hermano, que éramos los mayores, estuvimos muy pendientes de ella para ayudarle en todo lo que pudiéramos.

-Te has criado entre zapatos, ¿verdad, Juan Ángel?

-Sin duda. Yo he mamado la leche de mi madre aquí, me han salido los dientes aquí, se me han caído... ¡Todo! (Risas) Aquí nos hemos criado los tres hermanos. Este ha sido nuestro día a día.

-Y sigue porque dejaste los juegos para estar detrás del mostrador.

-Sí, cuando la ama se jubiló en el 2000, fui yo el que se embarcó en la aventura de seguir con el negocio. Y aquí estoy solo desde entonces.

-No se te escapará el nombre de ningún cliente, ¿verdad?

-¡Uy! Para los nombres soy muy despistado, pero las caras sí. Conozco a la gente de toda la vida del barrio, aquí he visto venir diferentes generaciones. Hay quien viene contando que su amona compraba siempre aquí o la ama... Imagínate, los años que han pasado y aún hay gente que recuerda a mi aita.

-Te sabrás la talla de zapato de medio barrio...

-(Risas) Mmmm... si miro el pie, sé el número que calzan. Eso seguro. Esto lo aprendes con los años.

-Supongo que la táctica de tocar la punta del zapato es infalible.

-Sí, pero lo que importa son las sensaciones de cada uno. ¡No somos adivinos!

-Bueno... adivinas la talla.

-(Risas) Sí y aún así intentan 'engañarme'. No sé qué nos pasa con la talla del zapato, ¡todo el mundo dice que tiene menos de lo que realmente tiene!

-Somos coquetos desde los pies y hasta la cabeza.

-Sin duda. Cada semana viene alguien que me dice: «Yo tengo un 40-41, más o menos». Yo le miro el pie y me digo: «¿40? ¡Pero si tiene una albarca!» (Risas) Yo le saco el 40-41, claro, pero... En seguida veo que no le va bien y ya tengo preparado el 43. ¡Es muy divertido!

-Supongo que como el barrio, también habrás notado cambio en el mundo del calzado.

-Ha cambiado mucho, sí, pero lo que más ha cambiado es la gente. Es una pena. Antes el cliente quería calidad y que le durara, no le importaba tener el mismo calzado tres o cuatro años. Ahora todo tiene que ser más económico y rotar todo el tiempo. Queremos cambiar continuamente de calzado y claro, esto para el pequeño comercio es nefasto. No se puede cambiar tan rápido de zapatos si son caros, pero si son de calidad tienen que ser caros. ¿Cuántos zapatos bonitos tienes en el armario, que no te puedes poner porque te hacen un daño horrible?

-Unos cuantos... Pero es que las modas también cambian rápido.

-Cierto, pero a la contra sigue habiendo gente que no quiere cambiar. Si un calzado le ha salido bueno, quieren el mismo. Hace poco vino un señor diciéndome: «Hace doce años te compré este zapato comodísimo, ¡quiero el mismo!» (Risas)

-La de historias que habrás escuchado aquí en Calzados Duque, ¡tantas como pares de zapatos habéis vendido!

-Muchas, sí. El comercio es toda mi vida. Es duro, pero tiene sus cosas buenas. Hay gente que no compra, pero pasa a saludar y dar los buenos días. Eso es un aliciente también. Me siento parte del barrio y eso es algo muy bonito también.

-¿A por otros 50 años, entonces?

-(Risas) No, no. El cartel de cien años no voy a poner, ¡con veinte más me conformo!